Mi decisión de ser madre soltera: tres generaciones de libertad
Tres generaciones de madres solteras: mi historia

Soy Noelia, tengo treinta años y estoy embarazada. Desde que cumplí veinte, tuve claro que, si a los treinta no me había casado, iba a tener un hijo. Como la mujer de palabra que soy, me conseguí un semental para tal efecto. ¿Suena feo? Pues así fue, ni modo de mentir. También podría llamarlo "donante voluntario", pero siendo honesta, no sabría decir qué tan voluntario fue. Tuve novios, pero ninguno me pareció adecuado para ser padre de mis hijos: borrachos, irresponsables, flojos, mantenidos, agresivos, machistas y un largo etcétera. Los que no cojeaban de una pata, cojeaban de la otra. Difícil encontrar a alguien que valiera la pena.

La confirmación de mi decisión

En los diez años entre mi decisión y el embarazo, la vida me confirmó que tenía razón. Algunas amigas o conocidas duraban más tiempo planeando la boda que casadas. Después de varias decepciones, tanto ellas como ellos prefirieron adoptar un perro o un gato. Como no soy socióloga para entender la metamorfosis de los afectos en esta época, yo prefiero un bebé de carne y hueso. No fue fácil elegir al hombre con las características que deseaba, como una alquimista de la vida.

El secreto familiar

No soy introvertida, pero nunca compartí mi plan de vida con amigas ni familia. Al contarle a mi madre que estaba embarazada por decisión propia, consciente y autónoma, sin padre presente, una vez pasado el asombro, me dijo que me contaría algunos secretos familiares. Así, como rezando el rosario, me relató que mi abuela Rosenda conoció el amor al mismo tiempo que el miedo. A sus diecisiete años, su embarazo fue un secreto a voces en Teotitlán, donde el cura marcaba el ritmo de la moral. Mi bisabuela quiso tapar la "mancha" familiar con fajas apretadas y encierros.

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El legado de libertad

Por eso, cuando mi madre, Catalina, se embarazó de aquel hombre que vino "del norte" a las fiestas patronales, mi abuela no la recriminó. No quería que su hija sufriera los tormentos que ella vivió por el temor al juicio ajeno. Gracias a que mi abuela barrió con prejuicios, críticas y estereotipos, nací yo, producto de un embarazo sin culpa, una palabra que no comprendo. De pequeña, cuando preguntaba por mi papá, no me mentían: decían que se había ido a trabajar a Estados Unidos y que estaba arreglando papeles para venir. Crecí sin figura paterna, pero con la presencia incondicional de mujeres amorosas. Con el tiempo, me acostumbré a su ausencia y a nuestro estilo de vida.

La evolución de los métodos anticonceptivos

Cuando mi abuela Rosenda se embarazó, aún no existían las pastillas anticonceptivas. Cuando mi madre tuvo relaciones con mi padre, ya eran conocidas pero prohibidas por la iglesia. Desde el púlpito decían que ingerirlas era herejía. Mi madre, mujer inteligente y sabia, tomándome las manos me dijo: "Tu libertad es un milagro que reconozco. Ninguna ley de los hombres, por más sagrada que la quieran hacer creer, deberá dictar las decisiones sobre tu vientre. Tu cuerpo es un territorio soberano". Le agradecí con una mirada cómplice y un abrazo.

Un nuevo siglo, una nueva oportunidad

Agradezco haber nacido en este siglo, y la decisión materna de mudarnos a la ciudad cuando yo era bebé, lejos de habladurías, para que pudiera crecer en otro ambiente e ingresar a la universidad. La maternidad solitaria ha dejado de ser un estigma impuesto por la sociedad a nuestras abuelas. Aunque seré la tercera generación de madres solteras en mi linaje, renuncio a creer que soy producto de un destino inevitable o de una predestinación divina o cósmica. Yo escribí mi propio libreto.

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