Niños mexicanos en Mineápolis recurren a clases virtuales por temor a deportaciones
En un apartamento de Mineápolis, Minnesota, las cortinas permanecen cerradas y una mesa con cuatro computadoras sirve como sustituto rudimentario de un aula escolar para tres hermanos mexicanos. Esmeralda, Kevin y Carlos han abandonado la educación presencial desde que agentes de inmigración federal intensificaron operativos en esta ciudad estadounidense, recreando un escenario de confinamiento que muchos creían superado tras la pandemia.
La educación en línea como necesidad forzada
Al igual que numerosos niños y jóvenes inmigrantes en Mineápolis, estos hermanos han regresado a las clases virtuales, una práctica que las instituciones educativas consideraban residual. La educación a distancia se ha convertido nuevamente en una necesidad imperante, ya que muchas familias permanecen en sus hogares para evadir la campaña de deportaciones masivas impulsada por la administración del presidente Donald Trump.
La familia, que llegó a Estados Unidos desde México hace aproximadamente año y medio para solicitar asilo, aún espera una resolución legal sobre su estatus. Personas en situaciones similares han sido objetivo de redadas de inmigración después de que el gobierno federal iniciara una revisión exhaustiva del estatus legal de alrededor de 5,600 refugiados en Minnesota que no han recibido aún la residencia permanente.
Vida en confinamiento autoimpuesto
Después de una redada en la escuela secundaria de Esmeralda hace aproximadamente un mes, su madre, identificada como Abril, tomó la decisión radical de que ninguno de sus hijos volvería a salir de casa. "No sé cuándo volverán a poner un pie afuera", expresa con preocupación. Toda la familia ha conversado con medios utilizando seudónimos por temor a represalias.
En las mañanas recientes de febrero, los tres hermanos se despiertan para sus clases desde el apartamento. "Despertamos y vamos a clase. Y después, más clases y más clases. Después almorzamos y nos quedamos más tiempo aquí en la computadora haciendo trabajos y tareas", describe Esmeralda, de 14 años, durante una sesión educativa sobre fósiles.
Para la adolescente, transformar su mesa en un aula y su hogar en una especie de búnker resulta "raro, estresante y aburrido". Kevin, de 12 años, añade que extraña profundamente a sus amigos y profesores. "Nos podemos ver, pero no estamos exactamente juntos. No es lo mismo estar en una videollamada que estar con ellos físicamente". Carlos, el menor, recuerda con nostalgia que durante las clases presenciales podía "salir al parque" durante los recreos.
El peso psicológico del miedo constante
Abril y su esposo Rigoberto manifiestan creciente preocupación por cómo sus hijos están sobrellevando este aislamiento forzado. "Preguntan por qué pasa esto, por qué si nosotros no hacemos nada malo nos estamos escondiendo", comenta Rigoberto, quien se dedica a la mecánica y no ha acudido a su taller en más de un mes, aunque se encuentra a solo una cuadra de distancia.
Cientos de agentes federales de inmigración arribaron a Mineápolis en diciembre, y desde entonces la presencia de oficiales fuertemente armados y enmascarados se ha vuelto habitual en diversos vecindarios. Abril relata que cuando detectan que los agentes están cerca de su vivienda, instruyen a sus hijos a apagar el televisor y mantener silencio absoluto. "No son libres ni de reírse", afirma la madre con voz quebrada.
Esta situación de alerta permanente ha pasado factura a la salud de Abril, quien confiesa dormir escasamente. La última vez que salió de su apartamento fue el 3 de diciembre. "Ni para tirar la basura salgo", expresa la mujer, quien añora ir a la iglesia o llevar a sus hijos a disfrutar un helado.
Impacto económico y social
Con Abril trabajando como empleada doméstica y su esposo sin empleo estable, una vecina compasiva les auxilia con las compras de alimentos y suministros básicos. "Como cabeza de familia, para mí es algo muy, muy difícil el no poder hacer nada para ellos", explica Rigoberto con evidente frustración.
A finales del mes pasado, un juez federal bloqueó temporalmente las detenciones de refugiados que esperan la residencia permanente en Minnesota, ofreciendo un respiro legal momentáneo. Sin embargo, las familias migrantes continúan viviendo con temor constante. Rigoberto reflexiona amargamente: "Algún día podremos salir a la calle, pero ya no va a ser lo mismo. Siempre vamos a tener el temor".
La experiencia de esta familia mexicana en Mineápolis ilustra cómo las políticas migratorias afectan no solo el estatus legal de las personas, sino también su bienestar psicológico, desarrollo educativo y cohesión familiar, forzando a niños a renunciar a su infancia por el miedo a la deportación.