Metro CDMX: entre el acoso y la cotidianidad
Metro CDMX: acoso y cotidianidad

Los rostros cansados sincronizan sus respiraciones por la falta de espacio. Un cuerpo más en el apretado vagón del metro de la Ciudad de México a las siete de la mañana sería condenarnos a todos a conocernos un poco más debido a la proximidad. Contemplo el semblante derruido por el cansancio de la mujer frente a mí. Mi cuerpo deja de pertenecerme del todo y se convierte en una simbiosis con el resto de los pasajeros, pero mis ojos, que aún me obedecen, se anclan en ella. No debe tener más de cuarenta años, sin embargo, carga en su expresión el peso de la vida de alguien que lleva a cuestas la responsabilidad de una familia. Busco su sonrisa con la mía, un gesto que suele ser un efecto espejo, pero no consigo nada. En su lugar, obtengo un suspiro de molestia cuando, sin previo aviso, el metro se detiene y las puertas se abren.

Una parada inesperada

No estamos en ninguna estación. Frente a mí se extiende la negrura del interior del metro. La gente se apretuja; los de las puertas hacen un esfuerzo por seguir dentro. La gente se queda callada unos segundos, después, musitan algunas quejas, pero no más. Se trata, al parecer, de algo cotidiano. Giro un poco la cabeza, la proximidad es tanta que me apena romper la intimidad tácita con las palabras. “¿Qué está pasando?” pregunto ante la imperante necesidad de saber si estamos varados. Un joven en sus veintes me mira y dice: “Es normal, a veces pasa”. Frunzo el ceño. Él insiste: “Debe haber pasado algo, ahorita nos movemos”. Y yo me apuro a responder: “¿Ahorita? ¿Ahorita cuándo?” Y él se ríe. Seguro ya dedujo que vengo de provincia. “No sé, puede durar minutos, quizá un poco más”.

Esperas prolongadas

Anonadada, pregunto cuánto es el mayor tiempo de espera que él ha experimentado y, tras rumiar un rato, asegura que alrededor de hora y media. Sugiere que pasa cuando en otras estaciones hay problemas. “A veces es porque se avientan a los rieles”, lo dice con tanta naturalidad que no me atrevo a preguntar si me está tomando el pelo. En eso, las puertas se cierran y volvemos a avanzar.

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Acoso en el vagón

El hombre tras de mí se pega demasiado en una posición incómoda en la que su miembro se encuentra en mi trasero. Me pregunto si no habrá otra manera de posicionarse, pero cuando me doy cuenta de que es intencionado, comienza una batalla silenciosa donde mi codo lo aparta con fuerza apenas el metro arranca y parece que es un accidente. Él regresa a su sitio y la batalla continúa hasta llegar a una estación donde más gente entra y el acto parece de lo más normal al tener que apretujarnos, pero, en su lugar, le propino un aventón que hace que salga del vagón. Él se queja, pero mi mirada inquisitiva lo hace comprender que no hay posibilidad de diálogo. Termino por voltearme y mirarlo con reproche; él, en cambio, se dedica a ignorarme el resto del camino. Busco distraerme, pensar en otra cosa, pero, tristemente, llego a una conclusión que me revuelve el estómago: “Era lo que tenía que pasar”. Y repaso esta idea en mi cabeza hasta que la mastico y me sabe rancia. Pues sí, ¿no? Porque todas deben sufrir esto en el metro, ¿no? ¿O es que acaso existe alguna opción? Mis cavilaciones me enfurecen.

Conversaciones ajenas

Escucho entonces una conversación al fondo. Una mujer que va sentada habla en altavoz por teléfono. Ahora sé que Juan está en prisión porque se dedicaba al robo de casa habitación. Las palabras fluyen con naturalidad. Charla con otra mujer, ambas muy interesadas, ambas seguras de ser la voz de la razón y la encarnación de la moral. Pienso en el lenguaje, en las conversaciones y sus voces en los distintos transportes públicos; vuelvo mentalmente a Guadalajara. Las palabras, la naturalidad, las conversaciones son distintas, pero, aun así, existe un estereotipo de cómo hablan las personas y yo, como guionista de televisión mexicana, formo parte del grupo que busca homologar el lenguaje para que funcione, pero no, eso no es posible. Ningún diálogo mío podrá igualar la acalorada conversación de esta mujer con la otra.

Llegada al destino

Llego a mi destino. El hombre se ha ido. Afuera, una decena de personas aguardan ansiosas por entrar. Salgo. Nuestros cuerpos se rozan en una frenética despedida que nadie pidió. Estas cosas no pasan en Guadalajara… porque no tenemos metro.

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