La semana pasada, mientras montaba guardia de honor junto al féretro de un familiar, miraba a un pequeño juguetear entre el dolor de los deudos, con una prístina sonrisa inocente. En el drama que se desarrolla entre la cuna y la tumba, pensé, están entrelazadas la tragedia y la comedia. La vida está llena de contrastes; es más, ella misma es uno que se repite ininterrumpidamente, porque como individuos nacemos y morimos linealmente, pero como sociedad se suceden ambos eventos cíclicamente y, en el ínterin, no tenemos más remedio que simultanear la aflicción y la jocundidad.
El Mundial en medio de protestas y desastres
El 11 de junio, en México comenzó la mayor fiesta deportiva a nivel planetario, en medio de protestas y actos simbólicos contra el olvido de personas desaparecidas, entre otros colectivos y causas. El siguiente evento discordante fue el ingreso de la selección de Irán a Estados Unidos, el 13 de junio, porque, aunque ya había sucedido antes que países en conflicto grave disputaran eventos deportivos en el territorio del adversario (Juegos Olímpicos de Berlín de 1936), esta vez se trató del ingreso del combinado de un país en guerra abierta, con relaciones diplomáticas rotas y siendo simultáneamente bombardeado por su propio anfitrión.
Terremotos en Venezuela: cifras y solidaridad
El más reciente evento antagónico, en medio de la celebración mundialista, se registró el 24 de junio, cuando dos terremotos sacudieron la región centro-norte de Venezuela. Las estadísticas señalan que el seísmo, hasta ahora, ha dejado 1,719 personas fallecidas, cerca de 5,034 heridas, más de 15 mil personas damnificadas, 855 estructuras dañadas o perdidas y 157 desaparecidos, según cifras oficiales (más de 46 mil, según otras fuentes). Pero de la desgracia florece la gracia y otro Mundial comenzó a desarrollarse. México envió a su equipo: rescatistas, médicos, un contingente de 250 militares, binomios caninos y los famosos Topos Aztecas, junto con ayuda humanitaria. Del mismo modo, Brasil, Chile, Argentina, Colombia, El Salvador, República Dominicana, Guatemala, Honduras, Cuba, Costa Rica, Ecuador, Panamá y Uruguay han enviado voluntarios especializados en rescate y suministros. Por su parte, Francia, España, Alemania, Italia, Portugal y Japón han aportado, además, asistencia de emergencia y apoyo tecnológico. Gracias a estos esfuerzos, hemos conocido noticias como las del niño que fue rescatado por elementos del Ejército mexicano el fin de semana pasado.
La dualidad del mexicano: fiesta y solidaridad
Recientemente leí este retruécano, tan zafio como cierto, en una red social: “Los mexicanos destacamos en la peda y en el pedo”. Las situaciones límite borran nuestras diferencias. En el festejo mundialista podemos lanzar sombreros estéticamente, “nadar” en las avenidas inundadas, hacer “volar” a nacionales y extranjeros, levantar a una joven en silla de ruedas, hacer peleas dentro de conos de tránsito, lanzar espuma a desconocidos, bailar disfrazados, guiar a turistas y compartir nuestra comida y bebida con cualquiera. Por otra parte, durante los terremotos de 1985 y 2017 se demostró que haremos cualquier cosa para ayudar: podemos hacer cadenas humanas para liberar cascajo, donar nuestras medicinas o herramientas, trasladar a médicos o a extraños, aportar agua y comida para los rescatistas, desvelarnos o guardar perfecto silencio, durante días enteros. En ambos momentos somos capaces de realizar grandes sacrificios anónimos. Contrastantemente, festejamos un triunfo deportivo con gritos estridentes o una vida salvada, con mudos abrazos. Es entre los extremos donde perdemos la noción de comunidad, durante la cotidiana monotonía.
¿Puede el Mundial mejorar a México?
Hace poco me preguntaron si creía que ganar el Mundial podría mejorar en algo a México. “Sí”, respondí. Contrario a la opinión del Vasco, pienso que identificarnos como campeones mundiales sí podría aproximarnos a resolver, al menos, un problema: el de sentido de unidad temporal.
YUMARE: el agrupamiento que salvó a un niño
Así se llama el Agrupamiento de Ayuda Humanitaria del Ejército mexicano que ha salvado a un niño. A ellos va dedicada la siguiente sentencia talmúdica: “Quien salva una vida salva al mundo entero”.



