La polarización en Colombia está lejos de disminuir. La confrontación entre el presidente saliente, Gustavo Petro, y el presidente electo, Abelardo de la Espriella, apenas comienza. Mientras que el próximo ocupante de la Casa de Nariño prepara su toma de posesión el 7 de agosto en una instalación militar, a propósito de proyectar un mensaje de orden, fuerza y autoridad, para evidenciar así el respaldo de las Fuerzas Armadas, Petro se concentra en encabezar su próxima misión desde el primer día del nuevo gobierno: ser líder de una oposición frontal, reorganizar el Pacto Histórico, defender su legado y preparar a la izquierda para las próximas elecciones.
La primera consigna de Petro: cuestionar la legitimidad
Su primera consigna es criticar la decisión del nuevo presidente de romper con la constitucionalidad de no prestar juramento ante el Congreso. El mismo Petro mantiene su denuncia de un supuesto fraude electoral por 848,000 votos y sostiene que Iván Cepeda fue el verdadero ganador de la segunda vuelta presidencial. Recordemos que la autoridad electoral en Colombia certificó la victoria de Abelardo de la Espriella con una ventaja del 0.96%.
Bajo una estrategia centrada en cuestionar la legitimidad del proceso electoral, el presidente saliente buscará obstaculizar la agenda conservadora y de derecha radical del nuevo gobierno. Su apuesta será abrir una etapa de movilización, resistencia pacífica y desobediencia civil, a fin de activar a su base política y preservar la influencia de su movimiento.
Un duelo de poderes que definirá los próximos cuatro años
Los cuatro años venideros serán testigos del duelo de poderes entre estos dos antagonistas políticos. Aunque en Colombia la reelección está prohibida desde 2015, ello no significa que Petro se retire de la vida pública. Él ha dejado claro que será un actor central en el debate nacional, en la vigilancia de los asuntos públicos y férreo defensor de su legado progresista. No resulta menor los 65 congresistas con los que cuenta el Pacto Histórico en este nuevo periodo legislativo, que lo convierte en la primera fuerza política.
Las tensiones entre la administración entrante y saliente no disminuirán tras el cambio de gobierno. La gobernabilidad en Colombia dependerá de la capacidad para contener la extrema polarización, aquella que dificulta la construcción de consensos en un momento en donde se demandan respuestas urgentes para las problemáticas de la inseguridad, violencia, guerrillas, grupos criminales y la preocupación por el déficit fiscal, alto costo de vida y la agenda de desarrollo.
La polarización condicionará su gestión
La polarización condicionará su gestión, un desafío institucional que se toca en los proyectos ideológicos divergentes y visiones opuestas de la agenda conservadora versus la progresista sobre el rol del Estado, la seguridad, la economía y el rumbo del país.
A estos desafíos, se suma la compleja relación que Abelardo de la Espriella tendrá con la derecha tradicional. Su relación con Álvaro Uribe del Centro Democrático no será fácil, y la eficacia de su gobierno dependerá de la formación de coaliciones en el Congreso y de cómo transforme sus promesas de campañas en políticas viables.
Sin partido en el Congreso, De la Espriella negocia con Uribe
El presidente entrante no tiene partido en el Congreso, Salvación Nacional le dio el aval político, pues él inició su proyecto presidencial mediante la recolección de firmas de su movimiento Defensores de la Patria. De la Espriella cuenta con cinco congresistas frente a los 45 de Álvaro Uribe, la principal fuerza de la derecha que había apoyado a Paloma Valencia como su candidata. Aunque ambos se necesitan, recelan sus parcelas de poder y luchan por dirigir la derecha colombiana.
Las primeras señales de esta disputa ya se manifestaron con la elección de la mesa directiva del Senado. Mientras De la Espriella respaldó la candidatura de Alfredo Deluque (Partido de la U), el Centro Democrático de Álvaro Uribe impulsó una opción distinta.
¿Cómo jugará sus cartas el llamado “Tigre”?
Sin experiencia política, pudiera estar tentado a adoptar un enfoque maximalista: gobernar por decreto y estado de excepción en detrimento de la vida democrática. El desafío para Abelardo de la Espriella no consistirá únicamente en derrotar políticamente al petrismo ni gestionar sus duelos personalistas del poder, sino demostrar su capacidad de gobernanza, pese a las resistencias y obstáculos que le acompañarán en un país profundamente dividido y marcado por altos niveles de violencia política frente a una ciudadanía cada vez más crítica de las élites tradicionales.



