¿Cómo pasamos del “se acabó la corrupción” decretado por López Obrador a “no toleraremos la corrupción” del Gobierno de Claudia Sheinbaum? No hubo magia ni truco, sino un baño frío de realidad. Los dos presidentes más populistas del país, Fox y López Obrador, creían firmemente que la corrupción se combatía con discursos y ejemplo. Muchos les creyeron, incluso pensando que ellos no eran corruptos. Los castillos de naipes cayeron al primer soplido y ambos terminaron cojeando de la misma pata: la familia.
El caso de Vicente Fox y López Obrador
En el caso de Vicente Fox, los hijastros pusieron la puntilla a su ya maltrecha fama. En el de López Obrador, sus hijos y excesos son la imagen de la corrupción en la llamada 4T. La humanidad ha aprendido que la corrupción es inherente al poder. En política no hay poderosos buenos o malos, sino acotados o no acotados, con límites o sin ellos.
Mandatarios sin contrapesos
Los mandatarios sin contrapesos, como Donald Trump, Nicolás Maduro, Rubén Rocha Moya, Nayib Bukele, López Obrador o López Portillo, terminan cometiendo y permitiendo más abusos. Los contrapesos son a la democracia lo que las ruedas a la bicicleta: una democracia sin equilibrios institucionales no camina.
Renuncia y rendición de cuentas
No es casual que, en países con democracia funcional, los funcionarios renuncien por nimiedades como el pago de una comida con dinero público. En autocracias, la “renuencia a la renuncia” es parte del habitus político. Aferrarse al cargo es certeza de impunidad, que solo termina cuando un poder mayor exige el cargo por razones políticas, no para rendir cuentas.
El reto de Morena y Sheinbaum
Morena y la Presidenta Sheinbaum ya no pueden presumir que sus gobiernos no son corruptos, como tampoco pudo el PAN. Lo que pueden hacer, y que Acción Nacional no hizo, es castigar la corrupción. Cuando esto sucede, suele haber un voto de castigo y alternancias. Pero cuando se confunde al gobierno con el partido y al proyecto partidista con el país, se perpetúa la corrupción.



