El 25 de abril de 2026, los territorios palestinos llevaron a cabo elecciones locales para elegir representantes en consejos municipales, en un contexto marcado por una prolongada parálisis política y la ausencia de renovación de autoridades nacionales. Sin embargo, la jornada electoral reveló algo más profundo: cuando una sociedad vota en medio de la guerra, las urnas trascienden su función electoral para convertirse en una prueba de existencia pública.
Participación desigual
La elección no se desarrolló de manera uniforme. La participación se concentró principalmente en Cisjordania, mientras que en la Franja de Gaza tuvo un alcance excepcional y casi simbólico. Solo Deir el Balah, una localidad menos devastada que otras zonas del enclave, pudo instalar votación. Allí, alrededor de 70 mil personas registradas pudieron votar, una cifra mínima frente a los más de dos millones de habitantes de Gaza. La imagen es elocuente: un territorio entero marcado por el desplazamiento, la destrucción y la emergencia humanitaria, reducido electoralmente a una sola ciudad.
Condiciones materiales adversas
Las condiciones materiales explican buena parte de esa excepcionalidad. La organización de una elección suele pensarse desde calendarios, padrones, boletas, casillas y procedimientos. En Gaza, en cambio, el proceso tuvo que abrirse paso entre restricciones de movilidad, escasez de insumos y falta de electricidad. Las urnas fueron construidas con madera por las propias personas electoras; las papeletas se imprimieron en la zona, y los horarios se ajustaron para que el conteo pudiera realizarse con luz natural. Votar, en esas condiciones, dejó de ser un acto ordinario para convertirse en una afirmación mínima de vida pública.
Alcance limitado
El alcance del proceso fue igualmente desigual. La ciudadanía estaba convocada para elegir representantes en 183 consejos locales responsables de servicios básicos como agua, caminos, electricidad y administración municipal. Sin embargo, en numerosas localidades no hubo instalación de urnas ni competencia efectiva. En varios casos, los cargos fueron definidos por aclamación y en 48 de las principales ciudades no se llevó a cabo votación. El dato revela una tensión central: hubo elección, pero no necesariamente competencia plena; hubo convocatoria, pero no todas las comunidades tuvieron condiciones reales para participar.
Niveles de participación
Los niveles de afluencia también muestran esa fractura. En Gaza, la participación se ubicó cerca del 23%, mientras que en Cisjordania alcanzó aproximadamente el 56%. No son cifras que puedan leerse solo como entusiasmo o desinterés ciudadano. En un contexto de guerra, desplazamiento y fragmentación territorial, la participación depende tanto de la voluntad política de acudir a votar como de la posibilidad material de hacerlo.
Resultados y contexto político
Los resultados favorecieron principalmente las listas vinculadas a Al Fatah, fuerza política del presidente Mahmoud Abbas. En Deir el Balah, la lista respaldada por esa fuerza obtuvo seis de los quince escaños, mientras que otras agrupaciones locales se distribuyeron el resto. La ausencia de Hamas como actor formal de la contienda, así como la no participación de otras facciones relevantes, incidió en el nivel de competencia electoral. Por eso, estos comicios deben leerse con cautela. No fueron una elección nacional ni pueden interpretarse como una renovación democrática completa. Palestina no celebra elecciones presidenciales desde 2005, ni legislativas desde 2006. La división política entre Gaza y Cisjordania sigue condicionando cualquier intento de reconstrucción institucional. En ese marco, la jornada del 25 de abril fue menos una fotografía de alternancia que un espejo de las limitaciones actuales de la vida política palestina.
Significado de la jornada
Pero tampoco conviene desestimar su significado. En medio de la devastación, hubo personas que ayudaron a construir urnas, imprimieron boletas, organizaron centros de votación y acudieron a ejercer un derecho que la guerra vuelve precario. Esa participación no borra las restricciones del proceso, pero sí recuerda que la democracia también se sostiene en gestos mínimos cuando las instituciones parecen insuficientes. La elección, por tanto, no cierra ninguna discusión. Los gobiernos locales electos deberán operar con severas limitaciones materiales e institucionales. Su desempeño permitirá observar si estos resultados pueden traducirse en servicios, representación y reconstrucción comunitaria. Porque una urna puede estar casi vacía de votos y, aun así, estar llena de preguntas sobre el futuro político de un pueblo.



