La guerra no convencional: más allá de las bajas militares
La pregunta sobre quién gana en el conflicto que enfrenta a Estados Unidos, Israel e Irán desde finales de febrero de 2026 no puede responderse con los criterios clásicos de las guerras convencionales. Este enfrentamiento, que ha encarecido la energía y interrumpido rutas marítimas clave, pertenece a una gramática de la violencia donde la fuerza militar actúa como instrumento para reconfigurar el orden geopolítico y geoeconómico global.
¿Qué está realmente en disputa?
Si el objetivo fuera únicamente militar, la evaluación sería relativamente simple: degradar la capacidad del adversario, forzarlo a aceptar condiciones e imponerle un costo superior. Sin embargo, cuando la guerra se libra en torno a:
- Corredores marítimos estratégicos
- Cadenas de suministro globales
- Precios del petróleo y seguros navieros
- Mercados financieros y alineamientos regionales
El criterio decisivo deja de ser la aniquilación del enemigo y pasa a ser el control de los flujos económicos. El estrecho de Ormuz, por ejemplo, es uno de los principales puntos de estrangulamiento energético del planeta, lo que convierte este conflicto en una batalla por la capacidad de condicionar la generación de riqueza.
Impactos y actores en juego
Irán ha demostrado que, aun sin imponerse convencionalmente a la superioridad militar estadounidense e israelí, puede afectar el corazón logístico de la economía mundial. No obstante, su capacidad operativa ha sufrido daños significativos, y su reconstrucción, incluso con un cese al fuego prolongado, tardará meses o años.
En una guerra poco convencional, ganar puede significar algo muy distinto a restablecer la paz. Puede implicar:
- Reafirmar la potestad de intervención sobre espacios territoriales estratégicos
- Disciplinar a aliados ambiguos y probar los límites de potencias como Rusia y China
- Elevar el costo de la autonomía regional iraní
- Recordar que la libertad de navegación sigue siendo una prerrogativa determinada por el poder militar
Incluso una guerra costosa para los Estados en pugna puede producir dividendos políticos o corporativos para sectores vinculados al complejo militar, energético, logístico y financiero. Aquí, el costo fiscal se utiliza para beneficiar a intereses privados que controlan al Estado, convirtiendo la inseguridad en renta y la escasez en mejora de precios.
Consecuencias globales y redistribución de costos
Los mercados han reaccionado con una proyección de mediano plazo que fortalece el dólar y genera nuevas presiones inflacionarias debido al encarecimiento energético. Esto muestra que la guerra redistribuye costos y beneficios a escala planetaria, aunque no necesariamente en beneficio de las poblaciones, los Estados en conflicto o el resto del mundo.
La derrota tampoco es unívoca en este contexto. Puede perder quien revela su dependencia estructural de rutas que no controla, quien sobrevive militarmente pero queda cercado económicamente, o quien obtiene una victoria táctica que acelera la deslegitimación del orden que pretendía preservar.
Conclusiones: una victoria sin paz duradera
La respuesta a quién gana en guerras de este tipo es compleja. Nadie gana de manera plena en el sentido moral o civilizatorio. Ganan, en todo caso, quienes consiguen transformar la violencia en capacidad de ordenar flujos, fijar precios, disciplinar regiones y redefinir jerarquías. Pierden las poblaciones atrapadas entre sanciones, bombardeos, inflación y propaganda, y pierde también el derecho internacional cuando la circulación global de bienes vitales queda sometida a la lógica del ultimátum armado.
En una guerra poco convencional, la victoria lamentablemente no es el establecimiento de una paz duradera, sino la facultad de decidir quién puede determinar qué se produce, por qué rutas transita y quién obtiene el beneficio final de unas condiciones así. Este análisis destaca la naturaleza transformadora de los conflictos modernos, donde los intereses económicos y geopolíticos superan los objetivos militares tradicionales.



