La guerra en que estamos: Un conflicto sin fronteras ni fin
El mensaje emitido por Donald Trump en su red social el 5 de abril de 2026, un ultimátum explícito a Irán acompañado de amenazas de destruir infraestructura civil estratégica, manifiesta una profunda transformación en la lógica bélica contemporánea. La guerra ya no se ejerce mediante enfrentamientos convencionales, sino fragmentada en operaciones encubiertas, sanciones económicas, sabotajes tecnológicos y declaraciones públicas que funcionan como dispositivos bélicos en sí mismos.
Escalada en un conflicto abierto
Esta declaración forma parte de una escalada sostenida en el marco de un conflicto abierto entre Estados Unidos, Israel e Irán, que ha incluido bombardeos selectivos, el cierre temporal del Estrecho de Ormuz y una alteración significativa del mercado energético global. La amenaza de atacar plantas eléctricas y puentes introduce, además, una dimensión jurídica inquietante: la disolución progresiva de los límites que el derecho internacional humanitario había intentado preservar para proteger a civiles y bienes esenciales.
El punto central de este mensaje es que la guerra no es un evento futuro, sino una condición estructural del presente. Este conflicto está configurando un nuevo tipo de guerra: una guerra sin declaración formal, sin fronteras claras, sin un inicio reconocible y, lo más preocupante, sin un horizonte de cierre definido. Lo que se observa es un desplazamiento del principio clásico de Clausewitz, según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Hoy, la política parece haber sido absorbida por la lógica de la guerra permanente, donde no hay mediación efectiva, interrupciones significativas ni diplomacia que logre contener la escalada.
La centralidad del sector energético
En este contexto, la centralidad decisiva se encuentra en el sector energético. El control del flujo de hidrocarburos, y en particular de corredores estratégicos como el Estrecho de Ormuz, se muestra con toda su crudeza como el verdadero motivo del conflicto. No es casual que Irán y Venezuela, dos de los principales proveedores energéticos de China, se encuentren en el centro de la presión geopolítica ejercida por Estados Unidos y sus aliados.
La guerra ya no se libra estrictamente por territorios, sino por circuitos: rutas marítimas, infraestructuras críticas, cadenas de suministro y redes informáticas. Desde esta perspectiva, no se trata únicamente de un conflicto regional en Medio Oriente, sino de una reconfiguración del orden mundial en la que la energía y la tecnología operan como los principales vectores del poder. Quien controle los flujos energéticos condiciona la arquitectura productiva global; quien controle la tecnología, determina la forma de la dominación futura.
Nueva cartografía de alianzas y tensiones
Lo que emerge, entonces, es una nueva cartografía de alianzas y tensiones. Europa, y particularmente Alemania, se orientan hacia un proceso de rearme que debe leerse como preparación para escenarios de confrontación ampliada. Sin embargo, esta dinámica no reproduce mecánicamente los bloques del siglo XX. No hay una reedición de la Guerra Fría, sino una constelación más inestable, donde los alineamientos son contingentes y los intereses, volátiles.
En este marco, resulta particularmente inquietante la ausencia de un "segundo piso democrático", es decir, de instancias institucionales capaces de contener o regular la escalada. La guerra contemporánea se despliega en un mundo donde las instituciones multilaterales han perdido eficacia, y donde la lógica de la decisión unilateral se impone como principio ordenador.
Dimensión simbólica y percepción desde América Latina
Hay, además, una dimensión simbólica crucial. La descomposición del lenguaje político es paralela a la descomposición del orden internacional. Cada vez más, la sociedad contemporánea tiende a estetizar la violencia y a convertirla en espectáculo, normalizando la agresión en el discurso público.
De este modo, desde América Latina, y particularmente desde México, la percepción de estos procesos se ve atravesada por una paradoja significativa. Mientras el sistema internacional entra en una fase de reconfiguración violenta, el debate público interno se diluye en trivialidades y temas de corto alcance. Esta disonancia no es menor: implica una pérdida de capacidad para comprender el mundo en su complejidad y, por tanto, para actuar en él de manera estratégica.
La frase que sintetiza esta condición es brutal en su precisión: más que estar frente a la antesala de la guerra, estamos en su interior; es el medio en el que ya nos movemos. Y en ese medio, los países que no logren inscribirse en las nuevas órbitas de poder -energético, tecnológico, militar- no serán sino meros objetos del poder global. No participantes activos, sino territorio en disputa, sujetos a las decisiones de otros sin capacidad de influencia real.



