Alicia lucha contra el miedo a desaparecer en su realidad
Alicia y el miedo a desaparecer: una historia de ausencia

Alicia se cepilla los dientes frente al espejo mientras una frase resuena en su mente: no quiere parecerse a ninguna ausencia. Ese pensamiento despierta un miedo que le retuerce los nervios. Para olvidarse, mantiene la pasta en su boca hasta sentir ardor, luego la escupe. Una notificación de Julieta ilumina la pantalla de su celular: "Creo que se te va a declarar hoy. Mejor ni vengas". Alicia intenta concentrarse, pero sus ojos se fijan en el fondo de pantalla: una foto de su mejor amiga desaparecida, Fátima, abrazándola con fuerza. No puede cambiarla; sería un acto monstruoso. Piensa que esa foto captura un momento genuino, donde ambas sintieron que la vida sería así: juntas, divertidas, abrazadas, surcando la secundaria.

Otra notificación de Julieta llega: "No manches, trae hasta un cartel, qué oso". Alicia suspira, elimina las notificaciones y piensa que Julieta es una perra. Fátima no está y Julieta finge demencia, mientras la tortura diciéndole que Raúl, el hermano de ese, quiere con ella. Cada semana cambia de opinión sobre si Alicia debería estar con Raúl. A Alicia no le gusta nadie; a sus quince años, sus preocupaciones son cuidarse: no estar tarde en la calle, no juntarse con gente que se lleve con esos, no llamar la atención. Cuidarse de no desaparecer.

Mientras se pone las calcetas azules, reflexiona que desde que Fátima es una ausencia, ella también ha empezado a desaparecer. Sale de casa y pasa por la tienda de Don Chuy, donde hay un cartel que dice: "¿Cansado de buscar? ¡Ven a Purgatorio!". Debajo, fichas de búsqueda. Alicia desvía la mirada y ve a Luis, el hermano de Raúl, jugando en una máquina tragamonedas. Escucha sus maldiciones cuando pierde y patea la máquina. Luis hurga en sus bolsillos y saca un imán. Alicia se ajusta la mochila y se va, aliviada de que la atención de Luis esté en otra cosa.

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El celular de Luis suena cuando el imán está por hacer que la máquina expulse monedas. Es el patrón. Contesta con voz débil: "Ey, ¿qué pasó?". Las palabras son concisas: "Ven". Cuelgan. Las monedas salen a borbotones. Don Chuy sale enojado, pero Luis se ríe cuando Don Chuy amenaza con acusarlo. "¿Con quién?" pregunta Luis, serio. Don Chuy mira el bulto en la espalda baja de Luis y se muerde la lengua. Ambos se marchan: uno a la tienda, el otro a la bodega.

En la bodega, Bruno y Jaime están sentados frente a Luis. Jaime pone sobre la mesa un montón de fotografías con nombres. Luis se hace el desinteresado. "¿Estas morras qué o qué?" pregunta. Bruno se encoge de hombros: "Chance vivas, chance muertas… el caso es que en su casa no están". Luis asiente. Piensa en Fátima, que fue a su casa a comer una vez. Hace semanas que su hermano Raúl le dijo que Fátima estaba desaparecida. Luis pensó que seguro ya estaba en otro estado: "Muerta no creo. ¿De qué sirven muertas?". Raúl apretó los puños, pero no pelearon porque sonó el celular del patrón.

Jaime explica: "Por estas morras ofrecen buena lana…". Luis frunce el ceño. "¿Por encontrarlas?" Jaime chista: "O a alguien similar. Buscamos en las fosas y vendemos los cuerpos, igual, la mayoría de esos monos están ahí por nosotros". Luis no entiende. "¿Buscamos muertas, entonces?" pregunta. Bruno azota la palma en la mesa: "Por eso, tarado, nos están comiendo el mandado. Somos casi proveedores y no nos toca nada". Luis mastica la idea y asiente. Piensa en la gente de Purgatorio, que se le hacen gandallas. "¿Entonces qué?" "Vas a empezar a buscar muertitas que se parezcan a esta gente, porque por estas hay lana". Luis asiente.

El cuerpo inerte se suspende en el aire. Luis tiene miedo de que se rompa el cadáver, que así valdrá menos. Sus manos de diecisiete años se aferran a la batalla contra Margarita, una madre que cree haber encontrado al hijo de su compañera de búsqueda, Fabiola. "Ya suéltelo, doña, neta…" Margarita se resiste. Luis da un último tirón y se hace con el cuerpo. Margarita se abalanza, pero Luis saca una pistola. No está cargada, pero ella no lo sabe. "Ya estuvo, vieja loca… Este es mío. Allá hay más, váyase a buscar". Margarita siente la garganta seca, entiende que las palabras no la han acercado al final de su búsqueda. Se da media vuelta, dedicándole una mirada lastimera a Luis, con la certeza de que algún día él descansará en una fosa.

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Alicia camina de regreso a su casa, evitando la tienda. Tiene la sensación ominosa de que podría encontrarse a Luis, y lo detestaría. Ya suficiente ha sido decirle a Raúl que será su novia ni hoy ni nunca, y ver sus ojos convertirse en lucernas llenas de rencor. "Da más miedo que su hermano", piensa. El sendero que Alicia recorre para evitar a Raúl la conduce hacia Luis, quien espera en una camioneta negra. Se miran por un segundo, pero ninguno se reconoce en la mirada del otro.

Luis llega a comer a su casa. De mal humor, se queja de su trabajo mientras mastica el caldo de pollo que le hizo su mamá. "Pinche día más pendejo", dice, esperando que su madre le pregunte de dónde saca tanto dinero, pero solo recibe una palmada en el hombro. Raúl entra con un cartel arrugado y un ramo marchito, rechazado por Alicia. "Pinche morra…" exclama. Luis, con rabia, ve cómo su madre corre a consolarlo. "¿Partidazo?" pregunta Luis entre risas. "Si las pinches flores se las tuve que disparar yo". Su madre lo ignora, pero Raúl lo mira con interés. "Hablas como si todas las viejas quisieran contigo". Luis se encoge de hombros: "Seguro hasta esa morra que te dijo que no me la traería cortita". Su madre lo reprende, pero Luis se pone de pie, agarra las llaves y se va.

La madre de Fátima come seguido con Alicia y su padre. La mujer se enfoca en Alicia, quien se porta servicial y cariñosa, aunque no le gusta. Siente que debe jugar a ser la hija de una madre que no es su madre. La madre de la ausencia le acaricia el rostro a veces y llora, dice que extraña a Fátima, que se parecen. Pero Alicia se recoge el cabello y señala que Fátima era más bonita, más alta, más delgada. La madre insiste, y sus caricias se vuelven frenéticas, lastimando a Alicia. El padre interviene y rescata a su hija. Alicia se siente sola; quisiera contárselo a Fátima, pero solo está Julieta. La llama por teléfono, buscando complicidad. Julieta la escucha, dice que esa mujer está loca, que se la tragó la tristeza. "A mí también", susurra Alicia. "¿A ti también qué?" "A mí también me comió la tristeza". Julieta, incómoda, cambia el tema y cuelga. Alicia cierra los ojos y duerme. Sueña que le presta su cuerpo a Fátima para habitar el mundo otro día.

Julieta le cuenta a todos en la escuela lo de Alicia, lo de la madre y la ausencia. Raúl escucha y considera que es momento de emprender. Sabe que esos van a su casa los miércoles. Luis lo odia, pero es una rutina. Sabe que su madre no estará. En la noche, la voluta de humo asciende de los labios de Luis y emborrona la silueta de Raúl, quien se mantiene de pie frente a Bruno y Jaime. "Suéltalo ya, ¿cuál es tu gran idea?" se burla Bruno. "Raúl, déjate de mamadas", añade Luis. Raúl carraspea y los mira directamente: "Sé lo que están haciendo". Esos se miran y sueltan una risotada. "Wow, Raúl, neta que estás bien pendejo" dice Luis. "Pierden el tiempo… pueden hacerlo mejor". Esos se callan. "¿Dices que tienes mejores ideas?" "Ustedes están vendiendo muertos… mejor vendan vivos y los convierten en muertos". Luis se levanta y golpea a Raúl. Bruno lo aleja. "¿De qué estás hablando?" Raúl se limpia la sangre: "En la escuela desapareció una morra…" "Raúl, ya cállate" ordena Luis. Jaime agarra a Luis y lo tira al sofá. "Y hay otra vieja que se llama Alicia. Todos decían que si eran gemelas, que son súper parecidas. La Fátima era fresona… su mamá tiene varo, y el otro día le dijo a Alicia que se parece mucho a su hija…" "No mames, Raúl…" Luis se queda sin palabras. "¿Y?" presiona Bruno. "Pues denle a Alicia… estoy seguro de que pagaría una lanota". Bruno y Jaime se miran con ambición. "Si hacemos eso, no tenemos por qué subirlo… seguimos con lo de los muertitos y por afuera hacemos este business…" calcula Bruno. Jaime asiente. "Se los va a cargar la verga", sentencia Luis. "Y a ti también si dices algo", espeta Jaime. Luis le dedica una última mirada a Raúl, imaginándolo muerto en los brazos de su madre. Se convence de que no es su culpa. "Arre pues, mijo, tú cárgate a la morra y nosotros nos arreglamos con la doña…" Raúl traga saliva y tiembla. "¿Y de a cuánto nos toca?" Esos se ríen. "Ahora nos vamos michas porque fue tu idea, ya después vamos viendo". Bruno le da la pistola de Luis a Raúl, quien la sostiene fingiendo valentía. Al día siguiente, Raúl tomará la pistola. Alicia saldrá de su casa cuidando sus pasos. Y la muerte será la sombra de los tres. Después, en un velorio a puerta cerrada, la madre de la ausencia llorará a su hija sobre un cuerpo prestado. Y un padre empezará a buscar.