Chilapa en llamas: el infierno que nadie detiene
En Chilapa, Guerrero, se impone otra ley, la de Los Ardillos, la de Los Rojos, la del cobro de piso y la del retén en la carretera. Los muertos se cuentan por semana; los desaparecidos, por mes; los desplazados, por siempre. Los nahuas de la sierra de Guerrero huyen con lo puesto; los sacerdotes caen a balazos en la sacristía; los maestros enseñan con el corazón en un puño.
La presidencia municipal no puede con la crisis, el gobierno estatal solo emite boletines y la Federación, bien gracias. El vacío se llena solo, lo llena la metralleta. Lo llena la policía comunitaria con niños de doce años cargando rifles más altos que ellos; lo llena la fotografía que dio la vuelta al mundo, aquella de los menores formados como soldaditos de plomo, encapuchados, exhibidos ante la prensa porque ya no quedaba a quién pedir auxilio.
La Guardia Nacional patrulla y sale corriendo; el Ejército levanta retenes que el crimen evade a carcajadas; la Fiscalía acumula carpetas como quien acumula polvo. En Chilapa no hay abrazos, solo balazos y velorios.
¿Quién gobierna Chilapa?
No la alcaldesa, no la gobernadora, no la Federación. Gobiernan Los Ardillos de lunes a viernes, en eterna disputa con Los Rojos de sábado y domingo. Gobierna el silencio impuesto a punta de cuerno de chivo. Lo demás es coreografía para el discurso mañanero.
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