La extranjera: escape de un prostíbulo en México
Escape de un prostíbulo: la historia de la extranjera

Su mirada apiñada de lágrimas rancias era iluminada por el parpadear rojizo de las letras que rezaban el nombre del lugar. La mujer contemplaba, sumida en un silencio desolador, cómo el humo que expedían sus labios ascendía hasta impregnarse en la manta grisácea que componía el cielo. Era una noche de calor húmedo; el pavimento aún era testigo de la llovizna de hacía unas horas. Percibió el hedor etílico que desprendían los hombres dentro del bar, y sus risotadas ebrias retumbaron en su pecho vacío, creando un eco infinito. Se repasó el brazo desnudo con la yema de sus dedos ásperos, sintiendo sus músculos flácidos. El hambre rugió en su estómago como una bestia encabritada que la arañaba, ávida de alimento. Fumó una vez más, esperando que aquel veneno sosegara el dolor que se desataba en su interior, o que al menos lo terminase antes.

Llevó la vista a lo alto de la construcción abandonada de enfrente, y ahí encontró a Carlos, el hombre de seguridad, quien la vigilaba cual un águila avezada, cuidando a su presa. Ella torció una sonrisa, le mostró el dedo medio preñado de rencor.

El llamado de Chita

—¿Dónde está La extranjera? —la voz adusta de Chita la espabiló. Abandonó el estado de sopor, tiró lo que quedaba del cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela del tacón de plástico barato. Las uñas pintadas de color verde fosforescente le provocaron tal desagrado que le sobrevinieron arcadas, dándole un atisbo de quien solía ser. I don't like green (No me gusta el verde), pensó. I don't like green (No me gusta el verde), repitió en voz baja, esperanzada de dar con un indicio de su verdadera personalidad.

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—Afuera —replicó una de sus compañeras, quien, a juzgar por el tono chillante, era Clarita.

—¡¿Qué hace ahí?! ¡La quiero aquí! —Escuchó el traqueteo de un par de tacones de aguja contra las baldosas, cada vez más próximo. La extranjera se quedó muy quieta, apreciando el cambio de luz en el semáforo: rojo. Siempre rojo. Nunca en su larga estancia en aquel prostíbulo había visto una luz verde en aquel semáforo.

—¡Extranjera! —la llamó Clarita—. ¡Vente pa adentro, güerita!

—No —murmuró con el acento bien marcado.

—¡Ya, pinche güera! —la riñó su compañera de aspecto bajo y piel morena—. Luego nos va a pegar a las dos. Ándale, hazlo por mí.

La extranjera encaró a Clarita, reconociendo una aliada en ese semblante de grandes ojos de ceniza. La mujer le sonrió para animarla a entrar y movió las manos en su dirección.

—Estás re-flaca, güerita.

Le gustaba más güerita que la extranjera. Incluso se atrevería a decir que sentía el cariño implícito en aquel sobrenombre. Anduvieron juntas por el estrecho corredor, oscuro como boca de lobo, hasta que llegaron a un cuarto iluminado por focos violeta. No, this fucking room again (No, este cuarto de mierda otra vez).

En el cuarto violeta

Elena y Sasha bailoteaban en un intento fallido de sensualidad al fondo, luciendo un vestido escotado y ceñido como el de ella. No podía ver casi nada; sus ojos escocían por la cantidad de humo que abundaba en el cuarto.

—¡Mire, ella es la extranjera! —Chita estiró la mano en su dirección, haciéndole señas para que se acercara y poder presentársela a un hombre orondo de mejillas rubicundas. La extranjera no se movió. Aquella osadía le supo familiar, y sintió un aleteo orgulloso en su corazón. Maybe, just maybe, I was that way (Tal vez, sólo tal vez, yo era de esa manera).

—Muévete —gesticuló. Nada sucedió. La extranjera no dio indicios de querer acercarse a su nuevo amigo.

—¡Move, bitch! —insistió Chita.

La chispa iracunda que ardía dentro de los agujeros negros del jefe fue lo que la obligó a caminar. Dio un par de pasos trémulos. Chita la jaló toscamente y la sentó en las piernas del cliente. Los labios le temblaron, pero hizo lo imposible por reprimir el llanto.

—Quédate aquí y haz feliz a este buen hombre.

Chita se marchó junto con Clarita, quien se giró una última vez para verla y dedicarle un gesto de compasión.

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La música estaba tan alta que los sentidos de La extranjera se disiparon, dejándose envolver por aquella espiral de tormento, descendiendo a una velocidad desenfrenada. No supo cuánto tiempo discurrió para cuando el hombre sobre el que se mantenía sentada se quisiera levantar y la tomara de la muñeca para arrastrarla hasta una habitación más privada.

Let me go (Déjame ir). Sus súplicas fueron acalladas ante la amenaza de una bofetada por parte del cliente. La extranjera dejó de resistirse, accediendo a subir las escaleras hasta el cuarto piso. Ella se encargó de mostrarle la habitación, resignada a lo que vendría a continuación.

En la habitación

Giró la perilla dorada, encendió la débil luz amarilla. El hombre soltó un espumarajo, le dio una nalgada y le dijo que entraría al baño primero. La extranjera entró, cerró la puerta y volvió a apagar la luz. Se ovilló en la cama y mantuvo la vista fija en la ventana, por donde se apreciaban las luces de la ciudad. Ciudad que una vez anheló conocer, tomarse fotografías, comprar recuerditos y, después de todo eso, volver a casa.

La memoria la traicionaba seguido; eran un millar de piezas de rompecabezas que no lograba encajar. Cuando llegó ahí, Chita le dio tantas sustancias ilícitas que gran parte de sus recuerdos se fueron perdiendo. Y con ellos su esencia, su personalidad.

El sujeto salió del baño. Se quejó por la oscuridad.

—¿Por qué apagas la luz, güera?

Because I wanna go home (Porque quiero volver a casa) —respondió.

—Cállate mejor.

El hombre no sabía hablar inglés ni mucho menos. La extranjera se iba adiestrando poco a poco en el español. Entendía muchas cosas. Era mala en la pronunciación, no obstante, lo intentaba.

Permitió que el sujeto la tomara de los brazos y la recostara. Sus ojos se aferraron a la ventana. Ella no estaba ahí, ya no, nunca lo estaba mientras la lastimaban. En vez de eso se sumergía en la negrura abismal de su mente.

El cliente terminó y se marchó a trompicones, ebrio y drogado. La extranjera se incorporó, se acercó a la ventana y rectificó la vigilia de Carlos. Él seguía ahí, verificando que salieran únicamente aquellos que conservaban su libertad.

La fuga

Alguien hizo rechinar la puerta al entrar. La extranjera se volvió, amedrentada. Era Clarita.

—Güerita —siseó en la oscuridad.

—Clarrita…

—Vístete, rápido —la ansiedad carcomía a la mujer.

La extranjera asintió. Se adecentó lo mejor que pudo.

—Ven aquí, anda.

Ella obedeció. Clarita y la extranjera se desplazaron en la oscuridad cual un par de gatos negros. La mujer la condujo por un montón de escaleras y pasadizos que la extranjera jamás había visto. Había una puerta de metal verde al fondo.

—No es mucho, pero seguro puedes conseguir un taxi, ir al aeropuerto y devolverte a tu país —le estiró los dedos para apretujar en ellos varios billetes.

—¿Q-Qué? —La extranjera se sorbió la nariz y se limpió el llanto con el dorso de la mano mientras negaba repetidamente, incrédula. Murmuraba en voz tan baja que ni ella misma sabía lo que decía.

—Cálmate, güerita.

Clarita contuvo las manos convulsas de La extranjera pegadas a su pecho, como si quisiera que ésta fuera testigo de sus latidos, de su sinceridad. La segunda no podía detener el llanto, contenerlo vibrante en su mirar.

—Ven conmigo —rogó—. Vámonos, Clarrita.

—No, güerita. Tú tienes una vida, seguro que hasta estudiaste, pero esto es todo lo que yo conozco.

Clarita no era mucho mayor que ella, no obstante, la madurez que denotaba al hablar le brindó el respeto de todas las mujeres que ahí yacían encerradas. La extranjera le besó todo el rostro y seguido de eso las manos, sintiendo el sudor en ellas.

—No sé qué d-decir…

La conmoción que emitía su voz, el temblor de su cuerpo y el tamborileo de su corazón expresaban de sobra el agradecimiento que la joven sentía.

—Vete ya, güerita.

Clarita le abrió la puerta de metal verde. La extranjera corrió por la acera, desapareciendo entre los callejones mientras lo último de su silueta era iluminada por la luz verde del semáforo.