Momento de definiciones estratégicas: CJNG declara guerra abierta tras muerte de El Mencho
CJNG declara guerra abierta tras muerte de El Mencho

Momento de definiciones estratégicas frente a la guerra irregular del CJNG

Es un momento crucial para definiciones estratégicas en México, no para pleitos callejeros entre radicales de todos los colores. Mientras se leen estas líneas, se mantiene una cacería en varios estados del Pacífico, donde los grupos paramilitares del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) están literalmente a la caza de soldados, guardias nacionales y policías estatales. Esta ofensiva violenta es una represalia directa por la muerte de Nemesio Oseguera, conocido como El Mencho, ocurrida el domingo pasado.

Una cacería con dianas pintadas en la frente

Decenas de elementos de las fuerzas de seguridad tienen colocado sobre su frente una diana central, marcándolos como objetivos. En los últimos cinco días, más de 60 de ellos —algunas fuentes apuntan a más de 100— han sido ejecutados en varios estados tras operativos del cártel. El Gobierno federal ha reconocido únicamente 25 bajas, cuyas vidas fueron valoradas criminalmente en 20 mil pesos cada una. Esta confrontación está creciendo rápidamente entre las fuerzas del Estado y las milicias del CJNG, que cuentan con respaldo de mercenarios extranjeros y asesoría de colombianos y venezolanos con experiencia en conflictos como la invasión rusa a Ucrania.

El choque político que se expresa en la prensa y las redes sociales debe detenerse para encontrar un frente de unidad que fortalezca al Estado mexicano. La unidad nacional, en este momento coyuntural crítico, no es una consigna hueca, sino una condición de supervivencia cuando el Estado es desafiado de manera frontal. La muerte de Oseguera no cerró un capítulo, sino que abrió otro más peligroso.

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Estructuras en red y guerra irregular

Los cárteles no funcionan como ejércitos regulares que se desmoronan al caer su comandante en jefe. Son estructuras en red, con mandos regionales, células autónomas y una capacidad de adaptación violenta. En especial, el CJNG ha perfeccionado lo que otros cárteles intentaron sin éxito: la guerra irregular. Aunque jurídicamente no es un actor beligerante reconocido, se ajusta a los principios clásicos de este tipo de conflicto.

  • Emplea tácticas como emboscadas, sabotaje, terrorismo y guerra psicológica.
  • Utiliza francotiradores en zonas serranas y desarrolla inteligencia criminal infiltrada en comunidades.
  • Se mimetiza con la población para erosionar la legitimidad y capacidad operativa del Estado.

El CJNG, como otros cárteles, no pretende tomar el poder político formal, pero sí disputa el control territorial y la autoridad efectiva. Tras la operación contra El Mencho, de las zonas oscuras de la organización emergió su músculo con acciones violentas en más de 110 municipios de 20 estados, mostrando alianzas poco conocidas hasta ahora.

Capacidades que exceden el crimen trasnacional

Este cártel ha demostrado capacidades que van más allá de las empleadas por el crimen trasnacional convencional:

  1. Uso de artefactos explosivos improvisados y derribo de aeronaves con misiles, como sucedió con un Blackhawk militar en 2015.
  2. Emboscadas con planeación táctica contra marinos en Jalisco y Michoacán.
  3. Bloqueos coordinados e incendios simultáneos en múltiples municipios, como ocurrió el domingo pasado.
  4. Propaganda armada para proyectar poder y estampas falsas que generan percepción de ingobernabilidad.

Esta empresa criminal —que ha rebasado el límite de ser un mero cártel de drogas— no busca sustituir constitucionalmente al Gobierno, sino arrebatarle el control institucional para maximizar sus utilidades ilícitas. Estas tácticas elevan la calidad de su violencia y generan el riesgo de una militarización prolongada en México.

El mensaje inequívoco del CJNG

El Estado mexicano no está enfrentando a una organización criminal común. Cuando pierden a su vértice, reaccionan con sangre para demostrar que siguen vivos, y lo están haciendo específicamente contra soldados. El mensaje es claro: el Estado que se atreve a tocar la cúspide paga un costo inmediato en el terreno. La ejecución de militares y los ataques contra al menos 50 sucursales del Banco del Bienestar establecieron a quién, específicamente, le declaró la guerra abierta este cártel de terror.

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En este contexto, la discusión pública no puede degradarse a la mezquindad político-ideológica. El respaldo al Ejército no es un cheque en blanco, ni implica renunciar a la fiscalización democrática. Significa entender que cuando un grupo criminal asesina militares en represalia, el objetivo no es sólo la tropa: es erosionar la moral institucional y fracturar a la sociedad. La estrategia del terror es política, busca dividir, y cada acción tiene como propósito sembrar la percepción de que el Estado perdió el control.

La unidad como condición de supervivencia

Por eso la unidad importa. Unidad no significa silencio frente a errores operativos ni indulgencia ante abusos. Equivale a cerrar filas ante la agresión y mantener la legitimidad de la institución que, guste o no, ha sido el último recurso del Estado mexicano frente a organizaciones con capacidad paramilitar. La crítica es necesaria; la deslegitimación sistemática en medio del fuego cruzado es suicida.

Los militares y policías que están muriendo no son abstracciones. Cuando caen en emboscadas diseñadas para enviar un mensaje de desafío, el país entero está siendo puesto a prueba. La historia muestra que los cárteles prosperan cuando detectan vacíos políticos. Si perciben titubeo, profundizan la ofensiva. Si observan cohesión institucional y respaldo social, recalculan por costo-beneficio.

Hoy el cálculo es claro: el asesinato de militares busca obligar al gobierno a retroceder y dividir a la sociedad. No podemos dejar que triunfen. La respuesta no puede ser el repliegue ni la fractura. Debe ser firmeza con legalidad, inteligencia estratégica y una narrativa pública que no romantice al criminal ni trivialice la muerte del soldado.

Afirmación elemental de soberanía

El Estado no puede darse el lujo de la ambigüedad. Respaldar al Ejército en este momento no es un acto de militarismo, sino una afirmación elemental de soberanía. Es inadmisible que en el enanismo de una disputa político-electoral pensando en 2027, haya quien olvide que nos estamos jugando la soberanía nacional.

Estamos en un cruce de caminos: debemos decidir si permitimos que la perdamos frente a criminales, o ponemos un alto en la discordia, nos unimos detrás de la lucha contra los asesinos que quieren controlar nuestras vidas, y una vez superado este momento —que puede durar meses—, en otro hábitat, regresar a nuestros desacuerdos encendidos.