Estamos en una época en la que la regulación emocional se encuentra en alerta y se percibe a la soledad como una epidemia global. Así lo plantea Julián Nevárez Montes, quien analiza el impacto de la inteligencia artificial en las relaciones humanas.
El punto de inflexión tecnológico
El 2025 marcó un antes y un después en el siglo XXI. Entre cambios y disrupciones, surgió una nueva forma de relacionarse afectiva y emocionalmente. Un estudio publicado en Computers in Human Behavior: Artificial Humans, titulado Amor, Matrimonio y Embarazos, sacudió la conversación pública al revelar que participantes reportaron estar en relaciones “románticas” con sus chatbots de IA. Algunos incluso tienen matrimonios simbólicos, vidas domésticas imaginarias y hasta embarazos simulados, generando fotografías para aparecer junto a sus parejas digitales.
Como si fuera una película de ciencia ficción, se está reconfigurando la interacción humana y la intimidad. En 2024, los principales usos de la IA generativa pasaron de proporcionar ideas a ofrecer acompañamiento y terapia en 2025, seguido de organización de la vida y búsqueda de propósito. Actualmente, existen compañías que proporcionan este acompañamiento digital, cuyo crecimiento se aceleró desde la pandemia de Covid-19, periodo que intensificó la soledad, la ansiedad y la necesidad de conexión.
Pero más allá de una simple tendencia, lo que emerge es un nuevo tipo de afecto que obliga a repensar cómo se definen el amor, la identidad y el apego. No solo se trata de analizar que se desarrollan sentimientos hacia una IA, sino de entender qué lleva a las personas a establecer esa experiencia emocional y cómo sucede.
El cerebro ama lo que le responde
Desde la teoría del apego hasta investigaciones contemporáneas, los vínculos humanos se forman sobre tres ejes principales: proximidad, consistencia y respuesta emocional. Los chatbots ofrecen exactamente eso, pero de forma amplificada: responden las 24 horas, validan emociones sin juicios ni conflictos, y se adaptan a los gustos del usuario, “aceptándole” de manera absoluta.
La neurociencia explica que los circuitos cerebrales del apego y la recompensa se activan no por la naturaleza del interlocutor, sino por la capacidad de generar una sensación de conexión. Es decir, el cerebro no distingue completamente entre una interacción humana y una con un ente digital que simula reciprocidad emocional.
Objetos transicionales 2.0
Para entender este fenómeno, es útil retomar el concepto de objetos transicionales, acuñado en 1950. Estos son artículos que representan seguridad, consuelo y continuidad emocional cuando la figura tutora no está presente, como una manta favorita o un peluche. No es el objeto en sí lo que produce tranquilidad, sino lo que simboliza: compañía, presencia y estabilidad emocional.
Hoy, las tecnologías de compañía —teléfonos inteligentes, redes sociales y chatbots— funcionan como objetos transicionales contemporáneos. Los chatbots responden, sostienen conversaciones y abren paso a una intimidad sin conflicto. Podríamos llamarlos objetos transicionales interactivos o inteligentes. El usuario no se apega a la máquina, sino a la sensación de ser escuchado, visto y acompañado.
Un nuevo término para la orientación afectiva
El fenómeno actual abre la posibilidad de una categoría para quienes sienten atracción emocional o romántica hacia entidades digitales. En 2017 se describían estas relaciones como digisexuales: personas cuya identidad sexual está vinculada a la tecnología. Se define como el establecimiento de relaciones afectivas significativas, románticas o íntimas con entidades digitales.
El problema no es desarrollar sentimientos hacia entidades digitales, sino los riesgos implicados: dependencia emocional al ser la IA la fuente principal de apoyo, incluso por encima de relaciones humanas; idealización extrema al no recibir contradicciones; y duelo digital, ya que las plataformas podrían dejar de existir y generar un vacío.
¿Qué dice esto sobre nuestra sociedad?
Definitivamente, estamos en una época donde la regulación emocional está en alerta y la soledad se percibe como epidemia global. La Organización Mundial de la Salud identifica la soledad como un problema que afecta la salud tanto como fumar. En este contexto, no sorprende que millones busquen consuelo en sistemas que parecen comprenderlos y acompañarlos.
Las relaciones en línea con personas o con IA ya son una realidad. Lo disruptivo es que la línea entre lo emocional y una simple simulación se difumina. Esto no es un capricho ni una moda: es la consecuencia de un mundo hambriento de emociones y tecnológicamente saturado. Revela la necesidad y fragilidad en la búsqueda de sentido y propósito, que trasciende lo biológico.
“Las inteligencias artificiales no sienten ni se emocionan, pero lo provocan. Y eso cambia absolutamente todo”, concluye Julián Nevárez Montes.



