La ciencia defiende a los gamers mayores de 30 años: no son inmaduros
Ciencia defiende a gamers mayores de 30 años

La ciencia defiende a los gamers mayores de 30 años: no son inmaduros

Como bien señalaba María Montessori, el niño aprende jugando; a través del esparcimiento emprende un viaje de exploración de su entorno donde adquiere significados y reglas mediante la actividad lúdica. Incluso los animales, como los cachorros de diversas especies de mamíferos, atraviesan una etapa donde jugar constituye su única y más importante actividad. Sin embargo, el juego ya no es exclusivo de la infancia; hoy tenemos un homo ludens que integra en sus rutinas diarias una constante dosis de juego y, dada nuestra sociedad hipertecnologizada, el videojuego domina este panorama. Nuestro homo ludens se transforma así en homo gamer.

El estigma del adulto que juega videojuegos

En ocasiones anteriores hemos abordado cómo los videojuegos pueden convertirse en una verdadera adicción y los peligros que el ecosistema lúdico digital representa para los niños, al ser infiltrado por depredadores que falsifican su identidad en juegos en línea como Roblox y Minecraft. No se requieren grandes reflexiones antropológicas para concluir que a los niños de las generaciones nativas digitales, por razones de crianza, los videojuegos les apasionan. Y uno esperaría que, así como jugar es una actividad que relegamos con la edad, los videojuegos también fueran una etapa superada en jóvenes adultos mayores de 30 años.

Persistir en esta afición ha puesto en entredicho la madurez de muchos, etiquetándolos despectivamente como kidults o adultos-niños. No pocos homo gamers de este subtipo practican un coleccionismo nostálgico, adquiriendo consolas retro por puro gusto, a pesar de existir emuladores para esos títulos antiguos. La ciencia, sin embargo, sale en defensa de estos gamers, sosteniendo que su gusto por los videojuegos no los convierte en un Peter Pan del entretenimiento virtual.

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Factores complejos detrás del gaming adulto

Por estigma social, se entendía que mantener el gusto por los videojuegos después de la adolescencia revelaba a alguien inmaduro que seguía perdiendo el tiempo cuando las exigencias sociales obligan a asumir responsabilidades. No obstante, la ciencia ha demostrado que seguir siendo gamer después de los 30 obedece a factores más complejos que una simple evasión.

Para las nuevas generaciones —millennials, centennials y alfa—, las posibilidades de destacar y sobresalir en esta posmodernidad son bastante limitadas. Los nacidos después de los años 80 llegaron a un mundo ya conquistado, donde, a lo sumo, solo podían arrendar. La tierra y sus riquezas ya pertenecían a alguien más. Triunfar en una profesión, lograr relevancia o darse notoriedad en un mundo cada vez más competitivo se convirtió en la excepción y no en la constante. La cima del éxito solo tiene lugar para unos cuantos, generando una humanidad frustrada bajo los estándares de una sociedad regida por el mercado.

La psicología señala que el videojuego ofrece un paliativo eficaz para este sentimiento de insatisfacción. En la realidad virtual del videojuego existe un entorno controlado, con reglas claras, donde tus habilidades y destrezas son recompensadas con gratificaciones inmediatas y justas.

El paradigma del fracaso como motor de aprendizaje

Los videojuegos de los años 80 y 90 educaron a toda una generación. Su alto grado de dificultad, con pocas oportunidades de guardar partidas, impartió lecciones de resiliencia y tolerancia a la frustración a los viejos gamers, quienes enfrentaron títulos sumamente complicados, sin tutoriales y con vidas limitadas. Inmersos en la dinámica del ensayo y error, conocida como el ciclo del fracaso y la mejora, el videojuego ayudó al desarrollo de habilidades cognitivas y emocionales.

Jesper Juul, diseñador de juegos danés, conceptualizó el "paradigma del fracaso" como el motor real detrás del atractivo de los videojuegos. Aunque la derrota genera malestar, los jugadores la buscan porque representa una oportunidad de aprendizaje y superación personal. Así, el fracaso en un videojuego revela una carencia en la estrategia o habilidad del jugador, quien se siente motivado a intentarlo de nuevo hasta perfeccionar su desempeño.

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Esta dinámica es fundamental: los juegos no solo permiten experimentar el fracaso en un entorno seguro, sino que enseñan que es posible levantarse, corregir errores y mejorar con cada intento. El ciclo se repite:

  • Enfrentar un reto
  • Fallar
  • Analizar la causa
  • Probar otra estrategia

Lo importante no es que los jugadores aprendan habilidades aplicables directamente fuera del juego, sino que interioricen la idea de que la mejora es posible y que el esfuerzo trae recompensas.

Beneficios y riesgos de los videojuegos

Los videojuegos tienen aspectos negativos, como habituarnos a la violencia virtual y su potencial adictivo, pero también poseen un lado amigable y provechoso. Por ejemplo:

  1. Los videojuegos de acción pueden incrementar hasta en un 25% la capacidad de reacción.
  2. Los juegos en línea colaborativos, donde cada jugador asume un rol como en Warcraft, fomentan el trabajo en equipo, la coordinación entre pares y la colaboración.
  3. Los del tipo Minecraft estimulan la creatividad, la resolución de problemas e incluso habilidades básicas de programación.

En sí mismos, los videojuegos no son buenos ni malos; todo depende del uso que se haga de ellos: ya sea como un medio de evasión o escape de la realidad, o como un campo de entrenamiento para desarrollar habilidades tanto emocionales como intelectuales. La ciencia respalda así a aquellos adultos que, lejos de ser inmaduros, encuentran en los videojuegos una herramienta valiosa para navegar las complejidades del mundo moderno.