Yo, señores, soy Teseo Ramírez. Levanto mi vaso de mezcal y los convido a escuchar la verdad, porque la gente que ha escrito sobre mí exagera –como verán–, por el afán de inmortalizar los hechos y endilgar en mi nombre una hazaña contada con mentiras. ¡Pero ustedes, los de aquellas mesas rinconeras, arrímense! veo que tuercen el pescuezo sin entender bien mis palabras. Ya se está llenando la cantina y el sol se anda metiendo entre los cerros. Y sin más, me arranco con la historia.
El laberinto de Santa Creta
Todos en Minostitlán –y en los pueblos circunvecinos– conocen el amasijo de adobe donde vive el monstruo: ese laberinto que se extiende, enorme, en el mero cerro de Santa Creta, al cual un día decidí entrar. Para entonces yo era un chamaco tierno, inocente; y quizá por eso –por la juventud– me animé a meterme en esos berenjenales.
El pueblo entero salió a darse gusto con la noticia: –¡Un muchacho va a entrar al laberinto! La multitud comenzó a gritar: –¡Teseo! ¡Teseo! Y me daban palmadas de valor. Una muchacha de estos lados me echó el ojo. Se llamaba Adriana y era muy bonita la condenada. A escondidas me dio un ovillo de mecate muy delgado y me dijo en secreto: –”Para que vuelvas”. Luego amarró la punta en la mera entrada sin que nadie se diera cuenta.
Así que me acomodé bien el sombrero, el itacate colgado del hombro y mi machete recién afilado. Entré.
El encuentro con el monstruo
Debo detenerme aquí pa´ echarnos unos tragos de mezcal. Veo que ya anochece. Prendan los quinqués de la cantina –puedo ver que está llena, puedo ver el bulto de sus cuerpos–. Pero ahora sí, con luz los distingo bien. Sigo contando lo que me encontré.
El camino empedrado pronto se hizo doble. Tuve que decidir: ¿izquierda o derecha? daba igual. Más adelante otra bifurcación, y luego otra, y así por todos lados. Las paredes de adobe se alzaban hasta el cielo: imposible subir por ellas. Y sí me dejó pensativo aquella construcción. ¿Quién la habrá hecho? ¡Cuánta sabiduría para perder a los hombres en la desesperanza!
Caminé mucho, y, cuando estuve cansado, me senté en una piedra boloncha. Desamarré el itacate y saqué unas tortillas tiesas; los frijoles ya resecos, pero me quitaron el hambre. Entonces me puse a calcular el tiempo y pensé que habían pasado tres días. Seguí mi camino, desenrollando siempre el mecate de Adriana, hasta que al mediodía, al dar vuelta en una bifurcación, escuché algo. Paré la oreja.
Era un bufido, un resoplar en el aire. Un olor de animal grande, de estiércol y barro seco y el tronar de unas pezuñas sobre el empedrado. Un animal hediondo. Alto como un cerro. La cabeza de toro maciza, con el hocico lleno de baba. Los cuernos como de diablo, puntiagudos, ensortijados. La nariz dilatada por donde salían chorros de vapor apestoso. Un cuello como tronco. Pero el cuerpo era de hombre. De un gigante musculoso. Las patas terminaban en pezuñas. Pero los ojos… Esos globos a cada lado de la cabeza no pertenecen a una bestia. Tenía los párpados abiertos, las pupilas dilatadas, y sus brazos de hombre temblaban.
La lucha desigual
A medida que me iba acercando a él, retrocedía hasta topar con los muros de adobe. Saqué el machete y se puso a llorar. Chorros de lágrimas y bufidos agudos. Primero le solté unas cachetadas que resonaron en el aire como chicotazos. Luego lo tumbé y lo estuve pateando en el suelo. El animal estaba aterrado, hecho bola, chillando como un escuincle. Ahí nomás me quebré, amigos. No pude matarlo. Le arranqué la cola con el machete y lo dejé tirado en el lodo de su tristeza. Con el mecate de Adriana me regresé por los caminos y salí al aire del cerro de Santa Creta. Y aquí estoy. Enemigo de las mentiras, siempre dispuesto a contar mi historia a quien quiera escucharla.
Y digamos salud. Pidamos otra ronda de mezcal y que todo el mundo sepa que Teseo Ramírez se enfrentó al Toro… pero que la lucha fue desigual por la cobardía del monstruo. Porque yo no mato a quien no se defiende. Para quien no crea, miren: en aquella esquina está colgada la cola del animal. Pueden tocarla si quieren. Yo la miro a veces cuando la cantina se queda sola. Y entonces me acuerdo de sus ojos. No eran de bestia. Eran de hombre.



