El sake, la japonesa y el sueño que reveló la realidad
El sake, la japonesa y el sueño que reveló la realidad

Sali del trabajo cuando ya era de noche, pero no tanto, pues para esa temporada del año oscurecía alrededor de las cinco de la tarde. Extrañamente había terminado mis labores con antelación en la fábrica y me dispuse para regresar a casa. Desde allá llamaría a mi familia en México. Hablaba casi a diario, sobre todo con mi esposa, los sentimientos encontrados de emoción y soledad por mi estancia en Japón me habían acostumbrado a ello. Llegué a la estación sin contratiempos. Tomé el tren que me dejaría en una estación cercana para de allí, en bicicleta, arribar a mi departamento. El vagón estaba casi vacío, excepto por un par de japoneses: un hombre que leía una revista de manga muy seguramente con mujeres vestidas de colegialas, otro que reposaba profundamente y en cada arrancón o frenazo del tren se iba de un lado para el otro como campana, pues no había nadie a sus costados que lo contuviera. Me senté y revisé mis cosas dentro de la mochila: la chamarra y las llaves estaban al fondo, el celular se encontraba en otro compartimiento. Al levantar la vista para dar un hondo suspiro, previo a inclinar la cabeza a fin de dormitar un poco, pues había sido un día de intenso pero provechoso trabajo y estaba muy cansado, fue que la vi.

Era una joven japonesa que me observaba, presiento que lo hizo desde que entré al vagón. Ella era de rasgos finos: piel suave y tersa, cabello corto y oscuro, de una delgadez y blancura de piel que caracterizan a los japoneses. Traía un vestido rosa claro y unos botines de agujetas negros. Me miraba sin expresión alguna, quizá solo era de curiosidad. Luego se volvía para otra parte. Tampoco miraba su celular, aunque lo llevaba en el bolsillo. Si bien estaba tranquila también se notaba ebria. Durante minutos todo fue así, nuestras miradas cruzándose de vez en cuando. Hasta que el tren se detuvo en una estación que no reconocí y, al abrirse las puertas, ella salió. Su caminar era lento, acaso para asegurar el equilibrio. Yo la veía alejarse desde mi asiento dentro del tren. De pronto se volvió y mirándome fijamente levantó su mano y con el dedo índice me dijo que fuera hacia ella. Entonces sonaron las puertas del tren para su cierre, y sin pensarlo ni un instante, tomé mi mochila y salté afuera, justo cuando las puertas se cerraban detrás de mí. Me acerqué a ella y sin comentar nada me dio la espalda y caminó hacia la salida de la estación. Yo la seguí a escasos metros por detrás de ella.

Anduvimos varias cuadras hasta que llegamos a unos departamentos. Ella, por momentos, giraba un poco su cabeza y con el rabillo del ojo se aseguraba que la siguiera. Subimos unas escaleras y caminamos por un pasillo. Luego sacó una llave y abrió la puerta de un departamento. Entramos. La chica encendió una lampara a media luz, y antes de que pudiera mencionar palabra alguna o intentar entablar conversación, ella con el mismo dedo me indicó que guardara silencio. Después se fue hacia una vitrina, extrajo una botella con un líquido transparente y una tacita blanca. Frente a mí vertió el líquido en la taza y me lo ofreció. El aroma que comenzó a sublimarse en el ambiente me fue familiar, era el dulce olor a cereal del sake barato. Lo bebí sin chistar. Luego me ofreció más tragos que tampoco rechacé. Dejó todo en la mesita donde se encontraba la lámpara. Con sutileza, me tomó de los dedos y me condujo dentro de una habitación. Ahí había una cama donde hizo que me sentara y me dijo en tono de pregunta: “¿massage?”. Me acordé que a la salida de algunas estaciones del tren se acercaban mujeres asiáticas que ofrecían lo mismo, algunas incluso se atrevían a tomar a los caballeros de una muñeca para conducirlos a donde se realizaban esos servicios, por lo que era probable que ella trabajara para esos lugares. Asentí sin la menor preocupación. Qué más daba, mi esposa estaba en México, nadie se enteraría. Además, era una afortunada oportunidad para disfrutar de esa curiosa experiencia. Entonces ella, con suavidad, empujó mis hombros y quedé recostado boca arriba en la cama. Al volver mi vista hacia ella logré apreciar sus pechos diminutos, pues no traía sostén. Luego vi que ella se retiró, quizás iba a cambiarse de ropa o quitársela, qué se yo. Sin embargo, para ese momento, el sake ya estaba haciendo su soporífero efecto y me quedé dormido.

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De pronto sentí que alguien con levedad me golpeaba el hombro. Era un oficial de la estación, con seguridad habíamos llegado al final de la ruta y debía bajarme del vagón. Así lo hice y me dirigí rumbo a la salida. Me dolía la cabeza. Entonces recordé a la chica del tren, cuando salió del vagón con dificultad pues le costaba mantenerse en pie, cuando se volvió hacia mí para decirme con su dedito que saliera. También me acordé que desde mi asiento, yo con mi dedito moviéndolo de un lado para el otro, le dije que “no”. Yo estaba casado, tenía a mi familia en México. Además, qué chingados iba a hacer conmigo, qué tal si acababa sin un riñón. De cualquier manera, mientas iba rumbo a mi departamento, la sola idea de haber acompañado a esa bella japonesita, para luego tener una noche tormentosa con ella, vestida de Sailor Moon, me excitó.

Así, al llegar al barrio donde vivía, me detuve en una esquina. Subí las escaleras y recorrí el pasillo. Llegué a la puerta. Introduje la llave y giré el cerrojo. Y al abrirse, justo frente a mí, ahí estaba ella, la joven japonesa del tren. Solo que esta vez su mirada no era vaga ni de sorpresa, aunque tal vez la mía sí lo fue. Hasta que recordé. Recordé todo. Recordé que no tenía una esposa ni familia en México. Tampoco trabajaba para una fábrica. Por el contrario, ella, la bella japonesita era mi esposa. Trabajaba —a escondidas de mí— para esos lugares que dan masajes, pues mi paga como taxista no alcanzaba para los gastos. Laboraba todo el día y casi toda la noche, a fin de mantener a medias esta modesta vivienda y la vida tan cara de este país —aunque le escuché a un pasajero decir que en México todo es baratísimo—, donde al llegar a casa ni siquiera podía estar un rato a solas con ella en la cama, ya que al encontrarme tan cansado, cuando me acostaba, me quedaba profundamente dormido.