La Feria Aquel día era mi cumpleaños número siete. Caro y yo jugábamos mientras llegaba la hora de mi pequeñísima celebración. Hacían unos 27 grados, no hacía tanto calor en marzo, pero persistía la humedad de la costa. Era la primera vez que llegaba una feria al pueblo, en aquellos años treinta. Los pregoneros con sus rostros pintados de vivos colores, acompañados de una banda que desafinaba constantemente, anunciaba la llegada del espectáculo, provocando una gran algarabía entre los habitantes. Poco a poco, los pobladores se iban sumando al alegre contingente para seguir a la caravana compuesta por diecisiete carretas repletas, que recorrían la pequeña plaza y las cinco calles empedradas del pueblo. Finalmente, la caravana se detuvo en la explana donde el circo se instalaría. La curiosidad de los niños y jóvenes se desbordaba; sus mentes imaginaban todo lo que pudiera suceder bajo la gran carpa, que de la noche a la mañana apareció.
La oposición del párroco
Sin embargo, el párroco de la iglesia fue el único oponente a tan sorpresiva distracción. En misa de doce, criticó abiertamente lo que consideraba una barbarie cometida por desconocidos, una invasión a la tranquilidad de sus vidas. El sermón se alargó más de lo usual aquel sábado. —¡La niña con dos cabezas! ¡Una mujer con cuerpo de lagarto es obra del diablo! Si Dios nuestro señor no creo a la mujer así. —Exclamaba el padre Esteban. Los feligreses se volteaban a ver las caras entre ellos, y las mujeres de más edad se persignaban al escuchar la palabra “diablo”. Pero al término de misa todos corrieron a sus casas para no enfrentar al padre Esteban a la salida. La plaza, que normalmente se llenaba de personas al término del oficio, quedó vacía en cuestión de minutos. Solo permanecieron los vendedores de algodón de azúcar y algunos globeros, quienes aguardaban la llegada de algún cliente.
La curiosidad del padre
Mientras tanto, en la sacristía, el padre Esteban, con la ayuda de su monaguillo, comenzó a cambiarse la sotana y a guardar cuidadosamente los enseres utilizados durante la eucaristía. El padre, con su habitual mal humor, no tardó en reprender al muchacho que le asistía, por no doblar los paños litúrgicos correctamente. Hasta que hizo una pausa para interrogar al chiquillo: —Ramón, ¿tú qué sabes de ese circo perdulario? ¿Cuándo se va del pueblo? ¿A caso vas a asistir? ¿Qué se rumora en el pueblo? —preguntó, procurando sonar cordial. —Han dicho que se quedan aquí en San Vicente, por una semana. Van de paso y todos ya han comprado boletos para las funciones de magia y ver a los anormales. —Le soltó Ramón el chisme. El padre, con la curiosidad encendida, insistió: —¿Qué son los anormales, Ramón? —Padre, si usted mismo lo mencionó en misa; La mujer Barbuda, la que tiene cuerpo de lagarto, los Siameses de Indonesia, el Gigante embalsamado y no sé qué otras cosas más. —Ramón, emocionado le contaba al padre lo que sabía.
La visita nocturna a la feria
El padre Esteban quedó con curiosidad de aquel espectáculo. Así, cuando cayó la noche, decidió ir a la feria. Pidió prestado un caballo y, para no ser reconocido, cambió el cuello clerical por un zarape. Al llegar a la explanada de la feria avanzó con cautela e inició el recorrido por la orilla para que no lo vieran. Caminaba despacio, analizando cada una de las atracciones, pero su inquietud era confirmar con sus propios ojos la existencia de aquellos fenómenos que mencionaba Ramón, dudando que tales aberraciones de la naturaleza pudieran ser reales. Sus pasos se abrían camino entre el estiércol de los caballos y las cuerdas que cruzaban en diagonal las pequeñas carpas, donde descansaba la caravana de gitanos. Mientras avanzaba, el padre no podía evitar rezongar, persignarse y pedir perdón a Dios, por los quejidos de actos sexuales que se escuchaban en una de las carpas que le causaban turbación y repulsión. Trató de avanzar entre la maleza con mayor rapidez, deseando alejarse de aquel ambiente, hasta que, distraído por lo que ocurría tropezó y cayó de bruces al suelo.
El encuentro con Mistic
En seguida una joven mujer de complexión robusta se apareció frente a él y, con su ayuda, logró ponerse de pie. Ella vestía una bata de rayas con capucha, y su amabilidad fue agradecida por el padre Esteban, al mismo tiempo que quiso dar otro paso, pero no pudo, su tobillo se había lastimado y casi caía de nuevo, la mujer volvió a sostenerlo. Con un acento extranjero, la mujer le invitó a pasar a su carpa para ayudarle, el padre aceptó y se sentó en un banquillo. La luz trémula de un foco iluminó el rostro de aquella mujer que cubría su cara. Dando un tirón hacia atrás a la capucha, el padre develaba la cara de aquella mujer. —¡Mujer, tienes barba en tu rostro! No me digas que tú eres… —Con extrañeza le observó el padre Esteban —Sí, caballero. Soy la mejor atracción de esta feria, mi nombre es Mistic. ¿Y tú, guapo? — respondió la mujer, con voz sensual que hipnotizó al padre. —Yo, Esteban. —dijo él, fascinado por sus ojos color miel. Mistic se levantó, tomó de una mesilla un puñado de pelos y, con simpatía le explicó: —Me has descubierto. En escena me ayudo con este postizo que llega hasta mi pecho. El padre Esteban quedó boquiabierto al ver la transformación de Mistic, con el postizo en su cara.
La noche de excesos
De pronto, fueron interrumpidos al entrar a la carpa dos enanos, vestidos de arlequines, cada uno llevaba una charola de licor y frutas. La intromisión de esos hombrecillos fue efímera, no hablaron, solo sirvieron unas copas y partieron sin más. Mistic, la anfitriona, alzó su copa en señal de brindis y ambos entrechocaron los cristales antes de beber el licor. Después, llenaron nuevamente las copas, prolongando el peculiar momento de misticismo de la carpa. La actitud del padre Esteban al principio era estoica, pero en la segunda copa se fue soltando poco a poco su simpatía y se le veía más animado. A la tercera copa el párroco vestía la bata de rayas y se encontraba bailando con Mistic, ambos en ropa interior. El tiempo parecía volar, encontrándose en un halo de éxtasis. La rectitud y la formación clériga se había quedado olvidada afuera de la carpa. Por primera vez a sus cuarenta años, el padre Esteban se iniciaba probando la dulzura de unos labios femeninos, pero la barba crespa que los rodeaba le recordaba que nada era convencional en esa noche. Su voluntad cedía ante aquella rara mujer.
El desenlace misterioso
La calidez de los rayos del sol rosaba la cara del padre Esteban mientras despertaba, a la vez que la presencia inesperada de una chiva lamía su mejilla. Se encontraba tirado en una vereda abandonado, trató de incorporarse sintiendo una fuerte jaqueca. Recobró el sentido para poder caminar y regresar a la feria. Los recuerdos eran difusos, todo era confusión, impulsado por una enorme incertidumbre y la necesidad de comprender lo que realmente había sucedido llegó de nuevo a ese lugar. Ahora el campamento gitano estaba tranquilo, la basura rodaba con el viento, las fogatas apagadas eran cenizas. Al escuchar un ruido inesperado, el padre Esteban se ocultó entre una carreta, desde su escondite, vio salir de la carpa a un joven de barba envuelto en su zarape. Del padre Esteban no se supo nada, dejando vacante el altar de la iglesia de san Vicente. Nadie en el pueblo logró averiguar su paradero tras aquella extraña noche en la feria. El misterio se hizo parte de las historias que circulaban entre los habitantes del pueblo.



