Solaz: Antonio Ruz lleva la danza a Chapultepec en performance participativo y democrático
Solaz: Danza participativa de Antonio Ruz en Chapultepec

Solaz: La danza recupera el espacio público en Chapultepec con Antonio Ruz

Durante la intensa Semana del Arte en la Ciudad de México, cuando galerías, ferias y museos concentran toda la atención cultural y generan debates sobre accesibilidad, el reconocido coreógrafo español Antonio Ruz propone un camino completamente opuesto. Su proyecto Solaz busca sacar la danza de la tradicional caja negra teatral, eliminar su solemnidad y devolverla al espacio público donde originalmente nació.

Un encuentro democrático en el Jardín Escénico

El punto de reunión es el Jardín Escénico de Chapultepec, donde no existen protocolos complicados ni códigos de vestimenta exclusivos. El acceso es tan natural como caminar por un parque cualquiera. Los bailarines ya se encuentran mezclados con el público, calentando, conversando y ocupando el espacio como si fuera una plaza comunitaria. Este gesto, explica Ruz, constituye la esencia política de Solaz, la performance que presenta por primera vez en México junto a la organización Ruta del Castor.

"Es totalmente participativa", afirma Ruz mientras observa el terreno donde se activará la pieza. Habla con naturalidad, convencido de que la danza siempre debió existir de esta manera. Para él, sacar el movimiento del escenario frontal no representa una ruptura radical, sino más bien un regreso a los orígenes.

"La danza, desde la antigüedad, ocurría en la naturaleza, en rituales, en patios, en plazas. Meterla en la caja escénica vino después. Entonces volver a sacarla es un proceso muy natural", reflexiona el coreógrafo.

La génesis de una experiencia porosa

La idea de Solaz nació precisamente de una inquietud fundamental: ¿qué sucede cuando el público no tiene que pagar un boleto ni sentarse en silencio frente a un escenario? La respuesta se materializa en una experiencia más porosa donde la gente entra y sale libremente, se sienta donde desea, rodea a los intérpretes, los observa de cerca y, en algún momento, termina moviéndose junto a ellos.

Tras su exitoso estreno en Matadero Madrid en 2024, la pieza llega a México con una versión situada que integra a 20 bailarines de distintos países:

  • México
  • España
  • Colombia
  • Estados Unidos
  • Costa Rica

Además, suma la colaboración del productor musical Aire y de la diseñadora Gabrielle Venguer. El resultado no es un espectáculo tradicional, sino más bien un organismo vivo que se construye a partir del juego, la improvisación y el contacto humano.

Estructura y libertad en movimiento

Durante los ensayos se percibe claramente esa fascinante mezcla entre estructura coreográfica y libertad creativa. Existen momentos de coreografía precisa, casi geométrica, y otros donde los cuerpos parecen decidir sus movimientos en tiempo real. Ruz sonríe cuando se le menciona esta dualidad fundamental.

"Nosotros usamos la improvisación como herramienta creativa", explica detalladamente. "No es improvisar por improvisar. Hay pautas muy claras, recorridos espaciales definidos, una musicalidad específica. Pero dentro de ese marco, los bailarines tienen absoluta libertad para proponer y crear".

Esta libertad se manifiesta palpablemente en la energía del performance. Los intérpretes se persiguen, se toman de las manos, se dispersan estratégicamente y vuelven a reunirse. El espacio se transforma en tridimensional, eliminando la tradicional frontalidad teatral. El público no solo observa a los bailarines, sino también a otros espectadores reaccionando.

"Hay algo muy democrático en la mirada", afirma Ruz con convicción. "La luz refleja las caras de todos. No solo miras a los bailarines, también ves cómo mira la persona que tienes enfrente. Es una experiencia compartida en múltiples niveles".

Democratización y postura política

El término "democratización" aparece recurrentemente en la conversación con el coreógrafo. En una semana del arte frecuentemente señalada por su carácter elitista, Solaz apuesta decididamente por la accesibilidad radical: es gratuita, completamente abierta y profundamente comunitaria. Pero Ruz insiste en que este gesto no es meramente logístico, sino esencialmente ideológico.

"Es difícil hacer arte y no ser político", afirma categóricamente. "Un cuerpo en un espacio ya está contando algo, transmitiendo un mensaje, ocupando un lugar simbólico y físico".

Para el coreógrafo, la pieza también dialoga intensamente con la disidencia, con la posibilidad de habitar el cuerpo sin normas rígidas impuestas. Recuerda vívidamente su adolescencia, cuando escribió en un diario personal la frase "quiero ser normal". Hoy, la repite con una ironía cargada de significado.

"¿Qué es normal? ¿Quién decide cómo debemos vestir, movernos, mirar o bailar?", cuestiona retóricamente. "Solaz es una respuesta lúdica a esa presión social: una invitación abierta a moverse sin juicios, a recuperar el placer puro del movimiento corporal".

Colaboraciones transdisciplinarias

El componente transdisciplinario refuerza poderosamente esa sensación de comunidad creadora. La música electrónica de Aire no funciona como simple acompañamiento: marca rutas emocionales, crea atmósferas específicas, define silencios significativos. A ratos se transforma en pulso urbano, en otros momentos se convierte en ruido ambiental o respiración contenida.

"Él trabaja mucho con las texturas sonoras", explica Ruz sobre el colaborador musical. "Y no busca brillar por encima de la obra. Su música está genuinamente al servicio de la danza, creando un diálogo perfecto entre sonido y movimiento".

Algo similar ocurre con el vestuario diseñado por Gabrielle Venguer. Las prendas se prueban y ajustan en constante diálogo con los bailarines. "La segunda piel tiene que ser cómoda, funcional, pero también hacerlos sentir guapos, seguros, expresivos", comenta la diseñadora. Nada está impuesto verticalmente: todo se construye colectivamente, como si cada elemento fuera una conversación más dentro del proceso creativo.

Ruta del Castor: Conectando artistas y comunidades

Ruta del Castor, la organización que produce este innovador proyecto, comparte completamente esa lógica colaborativa. Su trabajo se enfoca meticulosamente en conectar artistas con comunidades diversas y generar procesos creativos más horizontales e inclusivos. No se trata simplemente de presentar una pieza durante la Semana del Arte, sino de ampliar sustancialmente el diálogo entre las artes escénicas y el espacio público, invitando especialmente a públicos que rara vez cruzan la puerta de un teatro tradicional.

La esencia emocional del arte

Al final de la conversación, surge inevitablemente la pregunta sobre qué espera Ruz que se lleve el público de esta experiencia. El coreógrafo piensa cuidadosamente unos segundos antes de responder. No menciona conceptos técnicos complejos ni teoría coreográfica especializada. Habla directamente desde las emociones.

"Cuando yo me siento como espectador, quiero que me conmuevan profundamente, que me hagan reflexionar, que me inspiren creativamente", comparte sinceramente. "Quiero que me muevan algo por dentro, que despierten sensaciones genuinas".

Hace una pausa significativa y añade una reflexión que resume perfectamente su postura artística: "Estoy en constante búsqueda de la belleza auténtica. Y para mí, la belleza verdadera es esperanza concreta, posibilidad real, transformación palpable".

Cuando cae la noche sobre el Jardín Escénico y la música comienza a expandirse mágicamente por el espacio, esa frase cobra todo su sentido profundo. Los cuerpos se acercan gradualmente, se cruzan armoniosamente, se contagian mutuamente de movimiento puro. Algunos espectadores primero observan con curiosidad. Luego sonríen espontáneamente. Después, casi sin darse cuenta conscientemente, empiezan a bailar ellos mismos. La danza, por fin, vuelve a ser verdaderamente de todos, recuperando su esencia comunitaria originaria.

Solaz se presentará el miércoles 4 de febrero a las 7 PM en el Jardín Escénico Chapultepec, con entrada completamente libre y gratuita para todo el público.