Un homenaje que celebra al lector, no solo al poeta
Rendir tributo al poeta Jaime Sabines en el centenario de su nacimiento es, sin duda alguna, una obligación moral y cultural. Sin embargo, es preciso aclarar que la palabra "homenaje" resulta abominable para el espíritu del propio Sabines, quien seguramente sería el primero en rechazarla. Aunque el poeta chiapaneco no se encuentra físicamente presente, su esencia habita entre nosotros a través de ese misterioso mecanismo de transmigración que solo logran los poetas y los santos.
Sabines: Un poeta sin primera persona
Jaime Sabines pertenece a esa privilegiada y escasa categoría de poetas que carecen de primera persona y se funden con la experiencia colectiva. Por esta razón, este homenaje organizado en El Colegio Nacional no está dirigido exclusivamente al poeta, sino principalmente a nosotros, sus lectores. Las palabras que aquí se encienden no arden para el creador, sino para su cómplice: ese animal amargo que lo encuentra, lo acecha y finalmente lo devora en la intimidad de la lectura.
El auténtico lector de Sabines nace, no se hace. Sus lugares de crianza son rincones de la ciudad antigua: cafés donde anidan las tristezas más profundas; cantinas que sirven como bastiones para aquellos valientes de quienes nadie escribirá jamás una biografía. Este lector cautivo llega nimbado por el ángel oscuro, con un libro de versos bajo el brazo -el viejo y siempre nuevo Recuento de poemas- donde todo parece subrayado porque nada sobra en la marimba que nos toca los huesos con la Tarumba.
La voz que transforma
El lector de Sabines nace joven, amargo y poderoso. Sus huesos y su carne son de vidrio transparente que permite ver su corazón en llamas. Se le queman las sábanas, escribe con un ocho el vuelo de los pájaros, y en el sexo amado traza la V de una victoria de la que solo él puede rendir testimonio. Este lector debe mantener cierta ingenuidad, porque Sabines se dirige directamente a los puntos cardinales de nuestra sensibilidad más próxima e inmediata.
Cuando la pluma de Sabines toca el papel, cuando arranca su garra literaria, es como sal en la llaga abierta de "herida de los ojos / abierta al alcohol del sol". Personajes como Tía Chofi, Tarumba, el mayor Sabines o Doña Luz se convierten en testimonios colectivos del desastre cotidiano que significa vivir sabiéndonos futuros de la muerte inevitable.
El sacerdote del verbo
Sabines abre la llave emocional, pero no nos enseña cómo cerrarla. Para comprender plenamente su impacto, hay que escuchar atentamente su voz grabada en el disco Voz Viva, donde se percibe la carne del poeta a través de un timbre grave y profundo que parece más propio de un sacerdote que de un simple creador literario. Sacerdote del verbo, creyente en la primera persona oculta dentro del hipócrita "nosotros" colectivo.
El yo poético de Sabines es adánico: nombra todas las cosas en presente absoluto. Al leerlo, escucharlo o "cogerlo" literariamente, experimentamos la certeza inquietante de haberlo oído antes, de haberlo olido en algún momento perdido de nuestra memoria sensorial.
Poesía peligrosa y transformadora
Como el poeta bíblico que inspiró parte de su obra, Sabines ataca las realidades más próximas, la sabiduría nacida de la carne que combate -en guerra inútil pero necesaria- contra la muerte. Sus "amorosos" no están simplemente enamorados: son el amor mismo encarnado en versos. Y si la gran poesía, desde la Biblia hasta Walt Whitman, está poblada de lugares comunes, Sabines los hace pasar por el tamiz del poeta que escribe exactamente como siente.
Sabines representa un poeta peligroso en el mejor sentido literario. Mientras Lautréamont al menos tuvo la gentileza de prevenirnos contra el filo traicionero de sus Cantos, Sabines es poeta para heridos, para aquellos que llevan como larga cauda la furia del mariachi convertida en bólidos de fuego emocional. Su mayor virtud quizás sea haber "maleducado" a la señorita casta y reprimida de nuestra tradición poética, abriendo caminos para generaciones posteriores.
Legado permanente
Con frecuencia se argumenta que la retórica de Sabines no sobrevivirá al paso del tiempo, al igual que no sobrevivió completamente la poética de Amado Nervo, otro poeta profundamente popular. Sin embargo, cierta vena de Eduardo Lizalde, el Rubén Bonifaz Ñuño de Los demonios y los días o Fuego de pobres, y absolutamente toda una generación de poetas mexicanos, no podrían haber dicho ciertas cosas esenciales si Sabines no hubiera descubierto -o redescubierto- que lo más próximo a la carne es lo único que merece la pena ser dicho poéticamente.
William Faulkner, otro gran explorador de la conciencia humana, expresó esta misma idea en su brevísimo y sabio discurso de recepción del premio Nobel en 1950: "El joven escritor o escritora de nuestro tiempo ha olvidado que los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo son lo único que conduce a la buena escritura". Mientras Faulkner pronunciaba estas palabras en Estocolmo, en una tienda de telas en Tuxtla Gutiérrez, propiedad de una familia de ascendencia libanesa, el joven Jaime Sabines acariciaba la tinta sobre su libro Horal, publicado cuando tenía apenas veinticuatro años, encarnando precisamente a ese joven escritor al que se refería el novelista estadounidense.
Lectores que se reconocen
El lector auténtico de Sabines, cuando aplaude, aplaude por el Hombre con mayúscula y por sus muertos personales. Todos llevamos dentro un "mayor Sabines", a todos nos mutilan el linaje en algún momento, y se extingue esa Luz que nos dio vida pero que continúa brillando calladamente dentro del corazón. Este lector aplaude hasta que el teatro, el foro o la plazuela se convierten en un incendio literario inextinguible.
Sin saberlo completamente, el lector de Sabines aplaude para sí mismo, como ocurre en las peleas de boxeo o en los palenques tradicionales. Por esta razón, al verdadero lector de Sabines le tiene sin cuidado la labor de los críticos literarios, por más respetables que estos puedan ser ocasionalmente. Como los "amorosos" de sus poemas, el lector de Sabines no debe comprender intelectualmente: su misión verdadera es coger el agua emocional, tatuar el humo de la experiencia, y simplemente irse transformado.
El lector busca a Sabines en su antigua tienda de telas, en las fotografías de Daisy Ascher donde el poeta fuma con el placer del tango y la amargura ritual, en los diccionarios y manuales de literatura, incluso en las listas de diputados donde figuró brevemente. Pero siempre regresa, finalmente, al conocimiento anónimo del libro, a los versos donde se reconoce a sí mismo. Porque Uno es el Hombre y la poesía, el relámpago fugaz que nos quema el alma en forma permanente, como ese joven lector que abandona la cantina, el café o el desastre amoroso, armado literariamente para el combate más duradero de la existencia.



