Remembranza de una infancia: el día que competí con Chabelo y perdí
El día que competí con Chabelo y perdí: una remembranza

Remembranza de una infancia: el día que competí con Chabelo y perdí

Han transcurrido cinco décadas desde aquella mañana de domingo en 1973, cuando un grupo de niños, incluido yo, de apenas 12 años, emprendimos una aventura que marcaría nuestras vidas. Desde la colonia Condesa, nos subimos al camión Roma Mérida, pagando 30 centavos, con destino a Televicentro, donde se grababa en vivo "En Familia con Chabelo". La emoción era palpable, pero también los nervios, al pensar en enfrentarnos al ídolo de todos los niños.

El viaje y la condición para entrar

Éramos un equipo indisoluble de amigos, entre ellos mi hermano Darío, tres años menor, y compañeros como Juan Carlos Martínez Esquer, Ramón, y Héctor Zertuche García, a quien apodábamos 'La Dona'. Para ingresar al programa, había una condición obligatoria: llevar un yoyo de la marca Duncan. Yo solo tenía un Yomi, pero mi hermano sí portaba el Duncan requerido. Sin más miramientos, se lo exigí, y él se quedó afuera, esperando durante horas desde la reja de Río de la Loza, mientras yo entraba al foro.

Al acceder por la puerta trasera de Televicentro, una simple estructura de lámina y malla, nos recibieron los colaboradores del programa. Formados en fila, nos entregaron un pequeño cartón con un número escrito con crayola. A mí me tocó el 238, y cuando escuché ese número por los altavoces, supe que sería uno de los "amiguitos" seleccionados para competir. La emoción me invadió, y corrí hacia el foro, donde me recibió una edecán de cabello lacio negro y rostro inolvidable: Verónica Castro, quien años después se convertiría en una figura icónica de la televisión mexicana.

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La competencia y la derrota

Frente a Chabelo, que se veía enorme e imponente, participé en un concurso patrocinado por Editorial Novaro. Consistía en elegir portadas de cuentos para encontrar sílabas que formaran un premio. Mi rival era una niña más alta y con mejor tino que yo. A pesar de mis intentos con opciones como Fantomas y Archie, solo encontré espacios en blanco, mientras ella formaba las sílabas con éxito. El premio era una estufa, y aunque no me entusiasmaba del todo, era El Premio. Chabelo, con su característico buen humor, me dijo: "Ni modo, mi cuate, hoy no diste al clavo".

Como consolación, me entregaron un radio de transistores AM y una bota de dulces Tutsi Pop. Al salir, compartí los dulces con mis amigos y mi hermano, quien nunca mostró rencor por el incidente del yoyo. De regreso a casa en el camión, reflexionaba sobre la aventura vivida, sintiéndome orgulloso de haber aparecido en televisión. Mi madre colocó la radio en el altar de la cocina, junto al niño Dios, y guardó el cartón con el número 238, con la esperanza de que trajera suerte en la lotería.

Reflexiones y legado

Esta experiencia no solo fue un concurso perdido, sino un vistazo a la amistad y las clases sociales de la época. Nací en la Condesa, en un edificio donde mis padres eran conserjes, pero nunca sentí discriminación entre mis amigos, unidos por la aventura y la camaradería. Chabelo se convirtió en un ícono, y cada domingo su nombre resurge en redes sociales, recordándonos su legado.

Los personajes de aquel día siguieron caminos diversos: Héctor Zertuche aspiró a la política en Nuevo León, aunque falleció en 2021; Juan Carlos Martínez Esquer se vio envuelto en escándalos de contrabando; y mi hermano Darío emigró a Estados Unidos para estudiar. Yo, por mi parte, me convertí en cronista, escribiendo hasta la última gota de mis recuerdos.

Hoy, al evocar aquel día, comprendo que más que ganar o perder, lo que perdura son los momentos compartidos y la magia de una infancia donde Chabelo era el amigo de todos. Su fallecimiento reciente nos hace valorar aún más estas historias, que se niegan a desvanecerse con el tiempo.

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