En su columna "Sin maquillaje", Alfredo La Mont III responde esta semana a tres interrogantes que combinan ciencia, historia y una buena dosis de sentido común. Sus respuestas no solo desmontan mitos, sino que invitan a reflexionar sobre nuestras costumbres y aspiraciones más arraigadas.
Inmortalidad: un espejismo peligroso
¿Qué sucedería si pudiéramos vivir para siempre? Para el columnista, el problema no sería la eternidad en sí, sino todo lo que colapsaría a su alrededor. La inmortalidad suena tentadora en teoría, pero, explica, es un experimento social, biológico y psicológico que se desmorona apenas se examina de cerca.
La superpoblación sería inevitable. Incluso con tasas de natalidad bajas, una humanidad que nunca muere crecería sin límite, ejerciendo una presión insostenible sobre los recursos naturales, los ecosistemas y las urbes. Las ciudades, diseñadas para ciclos de vida finitos, se convertirían en escenarios de hacinamiento y desigualdad.
Pero el impacto no sería solo demográfico. La economía perdería su lógica básica: sin retiro, sin sucesión ni renovación generacional, el poder económico y político quedaría congelado en manos de quienes ya lo poseen. Las oportunidades para las nuevas generaciones simplemente no existirían, y la movilidad social se extinguiría. La innovación, advierte La Mont, se frenaría de manera drástica, pues las sociedades avanzan gracias a que las nuevas generaciones cuestionan y superan a las anteriores.
En lo personal, la inmortalidad traería un agotamiento psicológico profundo, una pérdida de propósito y una acumulación infinita de duelos, errores y cargas emocionales. Ni siquiera las relaciones humanas sobrevivirían intactas: nada resiste mil años sin transformarse en otra cosa. Al final, la vida eterna podría convertirse en una condena silenciosa, una prisión sin paredes de la cual nadie podría escapar.
Láudano: la cura que era veneno
Cambiando de tema, La Mont aborda uno de los remedios más extendidos del siglo XIX: el láudano. Se trataba de una tintura de opio disuelto en alcohol, que contenía morfina, codeína y otros alcaloides capaces de calmar casi cualquier mal. Su versatilidad era asombrosa: se recetaba para el insomnio, la fiebre, el dolor, la diarrea, la tos y hasta para los llamados "nervios femeninos".
Su fama cruzó continentes y México no quedó al margen. Las boticas del país vendían preparados de opio importados de Europa y Estados Unidos, incluidos tónicos y tinturas muy similares al láudano. Si bien no alcanzó la misma notoriedad que en la posguerra estadounidense, donde la adicción entre veteranos se volvió epidémica, sí fue parte fundamental del arsenal médico de la época.
El retrato que pinta el columnista es el de una sustancia barata, accesible y, como muchos remedios decimonónicos, tan eficaz como peligrosa. Sin regulación ni conocimiento de sus efectos adictivos, el láudano se convirtió en una solución que escondía una nueva enfermedad. La historia de este fármaco es un recordatorio de que la medicina, sin ciencia rigurosa, puede ser tan dañina como la dolencia que busca aliviar.
Cotonetes: el enemigo dentro del oído
La tercera pregunta de la columna es una de esas que todos nos hemos hecho: ¿por qué los cotonetes producen más cerilla en lugar de limpiar? La respuesta del autor es contundente: usarlos dentro del oído empeora el problema que pretenden resolver.
El canal auditivo tiene un sistema de limpieza propio. La piel migra lentamente hacia afuera, arrastrando el cerumen como una cinta transportadora. Cuando se introduce un cotonete, se interrumpe ese mecanismo y se empuja la cera hacia el fondo, donde se compacta y resulta mucho más difícil de expulsar. Además, el algodón seco irrita la piel del canal, y esa microinflamación activa las glándulas ceruminosas para producir aún más cera como mecanismo de defensa.
Así se genera un círculo vicioso: cuanto más "limpiamos", más cerumen se produce. Por ello, los especialistas insisten en que los cotonetes nunca deben entrar al canal auditivo. Su uso debe limitarse a la parte externa de la oreja, que es la única zona que realmente necesita atención. La recomendación, como subraya La Mont, es tan simple como difícil de aceptar: dejar que el oído haga su trabajo y resistir la tentación de meter algo en él.
En conjunto, las tres respuestas de esta semana dibujan un patrón común: la naturaleza suele tener sus propios mecanismos, y forzarlos o ignorarlos tiene consecuencias. Ya sea soñando con la inmortalidad, confiando en curas milagrosas o limpiando el oído con un hisopo, el camino más seguro suele ser el menos invasivo. La columna de Alfredo La Mont III es, una vez más, un llamado a la prudencia y al pensamiento crítico.



