El llamado “síndrome de Estocolmo laboral” puede llevar a una persona a justificar malos tratos y aceptar dinámicas dañinas por miedo a perder su empleo, según explicó el neurocientífico Marco Ratti en el podcast de Marco Antonio Regil. Este fenómeno, que combina miedo, dependencia económica y maltrato intermitente, puede normalizar conductas que afectan el bienestar del trabajador.
¿Qué es el síndrome de Estocolmo laboral?
Marco Ratti, experto en neurociencia, explicó que esta dinámica aparece cuando existe una relación de poder en la que la persona siente que su estabilidad económica depende de su jefe o de la empresa. “Es interesante por dos grandes razones. La primera es de supervivencia, es decir, si mi sueldo depende de mi jefe, yo prefiero priorizar mi sueldo. Entonces, a veces comienza aceptando pequeñas cosas que luego van escalando y de repente el maltrato es más grande de como empezó”, detalló.
Ante el temor de perder el empleo y los ingresos, algunas personas pueden comenzar a tolerar comportamientos que inicialmente habrían considerado inaceptables, señaló el especialista.
¿Por qué se justifica el maltrato del jefe?
De acuerdo con Ratti, detrás de esta dinámica suele existir miedo. “En el fondo hay miedo. El fondo es un miedo, es una manipulación de poder donde, como yo no siento que tengo derechos o no sé expresar mis derechos o realmente no los tengo, necesito actuar de una forma para garantizar mi integridad psicológica y física”, afirmó.
Esto puede provocar que el trabajador priorice mantener su salario antes que poner límites a determinadas conductas, agregó.
Maltrato intermitente y confusión mental
Uno de los puntos destacados fue que estas dinámicas no necesariamente se presentan mediante agresiones constantes. Ratti explicó que puede existir un patrón de maltrato intermitente, en el que los momentos negativos se mezclan con periodos de amabilidad o reconocimiento. “Hay otra parte importante de eso: normalmente el Síndrome de Estocolmo no es un maltrato constante, se llama maltrato intermitente, y eso genera mucha confusión en nuestro cerebro”, dijo.
Esta incertidumbre puede hacer que el trabajador permanezca atento a los cambios de comportamiento de su superior: “No es continuamente, es en diferentes lapsos de tiempo. Nunca sabes qué te va a tocar: ¿me va a tocar la sonrisa o me va a tocar el regaño? ¿Me va a tocar el cariño o me va a tocar la frase pasivo-agresiva? ¿Me va a manipular o realmente me está dando el regalo porque me quiere?”, cuestionó.
Señales de normalización del abuso laboral
Para Ratti, una de las principales señales aparece cuando la propia persona comienza a justificar las conductas de quien la maltrata. En lugar de reconocer que existe un problema, puede buscar explicaciones para restarle importancia. “Los síntomas son normalmente que yo me convenzo y justifico esa conducta, porque es muy difícil aceptar que estoy haciendo eso, nadie quiere aceptar eso porque no lo queremos hacer. Entonces comienzo a pensar cosas como: ‘pues en el fondo es buena persona’, ¿no? O ‘pues me conviene hacerlo así’, ‘o no es tan grave, no es para tanto’, ‘no va a durar mucho’, ‘hoy fue su día malo, tiene otros días buenos’, ‘él así es’”, explicó.
Frases como “así es” pueden contribuir a normalizar comportamientos que deberían ser cuestionados, agregó el experto.
Amistad con el jefe y límites saludables
Durante la conversación, Marco Antonio Regil planteó si establecer vínculos de amistad con los jefes puede hacer más difícil distinguir entre una relación profesional y una personal. Ratti explicó que tampoco se trata de evitar cualquier vínculo afectivo en el trabajo, sino de establecer límites saludables. “Es por eso que hay personas que también ponen límites ultra rígidos diciendo: ‘No, yo ninguna relación amistosa en el entorno laboral’, que tampoco es la solución, ¿no? Que necesitamos vincularnos, pero para protegernos a veces ponemos límites ultra rígidos”, señaló.
La influencia del pasado en la respuesta al abuso
Otro tema abordado fue la influencia de las experiencias de la infancia en las relaciones adultas. Ratti explicó que algunas experiencias difíciles pueden quedar almacenadas como recuerdos implícitos y posteriormente influir en la manera en que reaccionamos ante determinadas situaciones, incluso sin identificar de dónde proviene esa respuesta. “Cuando tengo una experiencia difícil que me rebasa, que no puedo procesar, la mando a este cajón del olvido, a este cuarto de cuarentena que llamamos memoria implícita. Se llama implícita porque está, pero yo no sé qué está”, dijo.
Estos aprendizajes pueden influir en la manera en que una persona se relaciona con sus parejas, familiares o compañeros de trabajo. Ratti señaló que el cerebro puede priorizar aquello que resulta familiar, incluso cuando esa familiaridad está relacionada con experiencias negativas. “Entonces parte del Síndrome de Estocolmo en la pareja puede ser incluso buscar a alguien que abuse de ti deliberadamente porque eso es lo que conoces”, afirmó.
El especialista concluyó que sí tiene solución: “Es reconocer, porque normalmente entonces aprendo a sobreextenderme, que yo tengo que ser el paraguas emocional de todas las personas en mi vida, o que si las personas están mal de alguna forma yo estoy implicado o responsable en eso”.
La conversación entre Marco Antonio Regil, Rebeca de Alba y Marco Ratti puso sobre la mesa la importancia de identificar aquellas conductas que pueden confundirse con lealtad, compromiso o responsabilidad, pero que en realidad podrían estar relacionadas con miedo, dependencia o dificultad para establecer límites.



