El ascenso de la derecha en Colombia: hartazgo y rabia como capital político
Ascenso de la derecha en Colombia: hartazgo y rabia política

Las recientes elecciones en Colombia ponen de manifiesto el desgaste de los gobiernos progresistas en la región. Los discursos de justicia social e institucionalidad democrática generan hartazgo y desilusión frente a las crisis permanentes, la corrupción estructural, la inseguridad y la incapacidad de convertir las promesas de campaña en prosperidad tangible. Los discursos ya no son suficientes. El ascenso del candidato colombiano de derecha Abelardo de Espriella es consecuencia directa de ese vacío que surge del cansancio popular.

La fatiga de los grandes relatos ideológicos

Durante décadas, la política latinoamericana giró en torno a grandes narrativas ideológicas. La izquierda prometía reivindicación social, redistribución, dignidad y pertenencia al pueblo; la derecha impulsaba el mercado, el orden y la estabilidad. Frente a ambas retóricas arrogantes, la inseguridad aumentó, los Estados se volvieron más ineficientes y la economía popular se tornó más frágil. Uno de los errores más notorios de la izquierda latinoamericana es gobernar atrapada en una narrativa ideológica permanente, culpando a los antecesores, construyendo símbolos, discursos y confrontaciones mientras la realidad cotidiana las supera.

El progresismo latinoamericano ha convertido la ideología en identidad emocional; todo se interpreta desde la resistencia, la lucha cultural o la superioridad moral autoproclamada, dejando de lado lo pragmático y la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía. Y es precisamente ahí donde la derecha ha comenzado a ganar terreno. La desconexión de la izquierda radical responde con teorías o estructuras históricas a la realidad de la inseguridad, la precarización del empleo o el aumento del crimen organizado. Un ejemplo claro es El Salvador, cuya población prefiere ceder en derechos humanos y libertades a cambio de la seguridad prometida por el gobierno de Nayib Bukele.

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Nuevos liderazgos disruptivos

José Antonio Kast, Javier Milei, Nayib Bukele, Laura Fernández, Luis Abinader y ahora Abelardo de la Espriella son figuras que llegan al poder con apoyo popular porque dejan de lado los discursos históricos y sociológicos para hablar de imponer orden y progreso, al estilo del porfiriato. De la Espriella coincide precisamente con ese hartazgo regional y conecta con una parte importante del electorado que siente que el sistema les ha fallado.

La rabia como capital político

Parece que muchos políticos anclados en el pasado intentan conectar con las audiencias usando códigos desgastados, sin comprender que ahora se premia la disrupción. La rabia se ha convertido en capital político y expresa el sentir popular. Por eso la nueva derecha latinoamericana resulta tan atractiva: confronta constantemente, representa una ruptura emocional y señala enemigos visibles. De la Espriella, al igual que Trump y Milei, sabe cómo ocupar el espacio mediático. No busca la conciliación ni los discursos institucionales; busca parecer fuerte, y eso es actualmente uno de los atributos políticos más redituables. La confrontación genera audiencia y poder, y su máximo exponente es el presidente estadounidense.

Estos nuevos liderazgos crecen gracias a los errores de la izquierda al imponer hegemonías culturales y una retórica revolucionaria, mientras la inseguridad aumenta y la economía se debilita. Las abstracciones han agotado a la ciudadanía. En el discurso se olvidó lo pragmático y lo útil. América Latina ha entrado en una nueva fase donde está dispuesta a sacrificar la moderación y los consensos para recuperar el control y, en ese camino, terminar con los políticos tradicionales del centro y encontrar su voz en los extremos ideológicos.

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