El Niño 2026: La vulnerabilidad de México ante el fenómeno climático
El Niño 2026 y la crisis climática en México

La pregunta fundamental respecto al fenómeno climático actual no radica únicamente en su intensidad, sino en las condiciones estructurales del país al momento de su llegada. Bernardo Bastien Olvera, investigador del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, utiliza la metáfora de un niño pequeño que entra a una casa para describir cómo El Niño redistribuye abruptamente la energía, obligando a todo el sistema a reorganizarse. No se trata de una tormenta con daños predeterminados, sino de un alterador de probabilidades que afecta lluvias, sequías, huracanes, cosechas y precios.

Certeza científica y pronósticos para 2026

Las observaciones confirman que El Niño ya está activo. El océano y la atmósfera responden conjuntamente con calentamiento sostenido en el Pacífico ecuatorial, cambios en los vientos y un acoplamiento fuerte entre la circulación oceánica y atmosférica. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), el fenómeno continuará fortaleciéndose durante el resto de 2026 y persistirá hasta comienzos de 2027. Su pronóstico más reciente asigna una probabilidad del 81 por ciento a que alcance una categoría muy fuerte hacia finales de año.

Los impactos en México serán heterogéneos. En verano, puede reducir las lluvias en algunas regiones mientras favorece precipitaciones invernales en el noroeste. Tiende a dificultar la formación de ciclones tropicales en el Atlántico y a favorecer su desarrollo en el Pacífico oriental. Esta variabilidad se traduce en presas con menos agua en unos lugares y lluvias intensas en otros, afectando directamente la pesca, los precios de alimentos, la agricultura de temporal y la tensión de la red eléctrica durante olas de calor.

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Lecciones históricas: El Niño de 1997-1998

México tiene antecedentes claros de cómo interactúan el clima extremo y la vulnerabilidad social. El evento de 1997-1998, uno de los más intensos del registro moderno, coincidió con una de las peores temporadas de incendios en la historia reciente del país. Ese año se registraron 14,445 incendios forestales que afectaron 849,632 hectáreas, la mayor superficie quemada en una sola temporada hasta entonces. El balance humano fue trágico: murieron 72 personas durante las labores de combate.

Estos números demuestran que la catástrofe no fue creada únicamente por el clima. Aunque El Niño cargó los dados, el desastre dependió de factores previos como la cantidad de combustible acumulado, el uso del suelo, las fuentes de ignición, la debilidad institucional y las decisiones tomadas antes de que apareciera la primera llama. La lección es que cuando el fenómeno llega, su impacto revela fragilidades preexistentes como instalaciones eléctricas viejas o puertas que no cierran bien.

Intersección con el cambio climático y desigualdad

Es difícil separar completamente El Niño del cambio climático porque ocurre sobre un sistema ya calentado por la actividad humana. El fenómeno es natural, pero ahora actúa en un contexto donde alguien dejó prendida la calefacción durante décadas. Esto modifica el contexto de sus movimientos, convirtiendo lo que antes era un desorden difícil en una prueba más dura para ecosistemas y comunidades bajo presión.

La preparación debe considerar la flexibilidad y empatía de los sistemas humanos. Una familia con ahorros, seguro y aire acondicionado recibe un verano más caliente o subidas de precios de manera distinta a otra sin agua suficiente o margen económico. La historia del fuego en México muestra que tratar toda llama como enemiga ha sido una reacción insuficiente. En comunidades como Tziscao, Chiapas, existen "corredores de fuego", ancianos y expertos locales que saben conducir quemas controladas, observar el viento y decidir cuándo es posible usar el fuego sin que escape al bosque.

Excluir estos conocimientos corre el riesgo de quitarle las llaves a quienes mejor conocen las habitaciones. Los sistemas humanos se vuelven más flexibles al combinar conocimiento técnico, capacidad institucional y experiencia territorial. Instituciones mexicanas han comenzado a moverse hacia un manejo integral e intercultural del fuego, reconociendo que la prevención y la colaboración comunitaria son respuestas más inteligentes que la supresión pura.

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El Niño que se fortalece ahora pondrá a prueba la plasticidad de nuestros sistemas y la capacidad de nuestras instituciones para cambiar a tiempo. La diferencia entre una temporada difícil y un desastre mayor dependerá de si aprendemos a construir sistemas capaces de absorber el cambio sin romperse y de si mantenemos las herramientas de gestión cerca de quienes realmente conocen el territorio.