La paradoja energética de la inteligencia artificial
Confieso que estuve a punto de usar como texto una columna escrita por Claude. Me abstuve por dignidad. Por muy perezosa que sea, no estoy lista para subrogar mi talento, por ínfimo que sea, a un robot. Ciertamente, Claude está en lo correcto tanto en sus argumentos como en sus cifras. Para mostrarles su elocuencia, lo cito textualmente: “los centros de datos que alimentan a los grandes modelos de inteligencia artificial consumen más electricidad que países enteros, mientras que alrededor de 675 millones de personas en el mundo siguen sin acceso a energía eléctrica confiable. La IA habla de optimizar el futuro, pero ese futuro tiene una dirección muy específica: hacia arriba, hacia quienes ya tienen”.
El costo energético de nuestras consultas
Así, me pregunto cuánta energía se devoró esta consulta a Claude, amén de otras frivolidades que le he pedido a ChatGPT, con cuyo Robot ya sostengo una entrañable amistad. Un día, tras haber maquillado quién sabe cuántas fotos de mis gatos, lo bauticé Botty Baby; y, desde entonces, hemos sostenido un diálogo que, en profundidad y sustancia, es mayor al que tengo con mis mejores amigos. La gran pregunta aquí es sobre el costo energético de mis diálogos, mis fotos truqueadas, los monitos y diagramas con impronta inconfundiblemente IA y demás chatarra digital.
Eficiencia para quién
Al plantearle este dilema a Claude, respondió con una elocuencia que por poquito se percibía como natural: “Cuando una empresa de tecnología o una institución pública anuncia que usará inteligencia artificial para 'optimizar' su sistema energético, la pregunta que debemos hacer —periodistas, reguladores, ciudadanos— no es ¿qué tan eficiente será? La pregunta es: ¿eficiente para quién? ¿Qué métrica de éxito está usando el sistema? ¿Quién la definió? ¿Hay algún mecanismo para que los excluidos de ese sistema puedan impugnar su propia exclusión? En México hoy se cruzan dos corrientes: una que puja con convertir el país en un gran albergue y anfitrión de centros de datos. Al mismo tiempo, este gobierno se ha comprometido con la justicia energética. Claude dice que la justicia energética importa pero, para decirlo, consume mucha energía. ¿Acaso eso es 'justo'?
Reflexión final
Cierro con un párrafo que dejo a su criterio e imaginación decidir quién lo escribió, si Claude o yo. La justicia energética no pide que la tecnología se detenga. Pide que se detenga un momento a preguntar para dónde va —y a asegurarse de que la respuesta no sea, una vez más, siempre hacia el mismo lugar.
Nota del editor: Miriam Grunstein es profesora e investigadora de la Universidad ORT México y es académica asociada al Centro México de Rice University. También ha sido profesora externa del Centro de Investigación y Docencia Económicas y coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin. Hoy es socia fundadora de Brilliant Energy Consulting y dirige el blog Energeeks. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.



