La crueldad de la indiferencia: cuando la muerte de un migrante ya no sorprende
La crueldad de la indiferencia: muerte de migrante ya no sorprende

La muerte de un migrante mexicano durante un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos no debería convertirse en un hecho rutinario. Más allá de la investigación para esclarecer responsabilidades y las reacciones diplomáticas, surge una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de sorprenderse ante estas noticias?

La comunidad imaginada y sus límites

Las democracias suelen medirse por la solidez de sus instituciones, la celebración de elecciones o el respeto al Estado de derecho. Sin embargo, desde la teoría política existe una prueba quizá más exigente: la forma en que responden frente a quienes no son reconocidos plenamente como parte de su comunidad política. El historiador Benedict Anderson sostenía que las naciones son comunidades imaginadas: millones de personas que jamás se conocerán comparten un sentimiento de pertenencia que les permite reconocerse como parte de un mismo “nosotros”. Esa idea explica la solidaridad, pero también establece un límite: define quién pertenece y quién queda fuera.

El migrante: dentro del territorio, fuera de la comunidad

El migrante habita un espacio ambiguo: está físicamente dentro del territorio, pero simbólicamente fuera de la comunidad. Esa exclusión tiene consecuencias profundas. Como advirtió Hannah Arendt, el primer derecho es el derecho a tener derechos. Cuando una persona deja de ser reconocida como parte de una comunidad política, incluso los derechos universales comienzan a perder eficacia. No desaparecen en el papel; se debilitan en la práctica.

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Las palabras importan. Antes de que una sociedad normalice la violencia, suele normalizar el lenguaje que la hace imaginable. Durante años, el discurso político y mediático ha sustituido nombres e historias por categorías: “ilegales”, “oleadas”, “crisis fronteriza”, “invasión”. Poco a poco dejamos de hablar de personas y comenzamos a hablar de problemas que administrar. El migrante deja de ser un individuo con familia, miedos y proyectos para convertirse en una categoría política. Y cuando alguien se convierte en una categoría, resulta más fácil aceptar que sus derechos también puedan convertirse en una excepción.

Vidas desperdiciadas en la modernidad líquida

El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a este fenómeno la producción de vidas desperdiciadas. La modernidad no sólo genera riqueza y progreso; también produce poblaciones consideradas sobrantes: refugiados, desplazados, migrantes indocumentados. Personas para las que el sistema parece no encontrar un lugar y que terminan tratadas como residuos que deben contenerse, deportarse o simplemente desaparecer del horizonte público.

Quizá esa sea una de las expresiones más inquietantes de la modernidad líquida. No sólo consumimos información a una velocidad inédita; también consumimos el dolor ajeno. Cada tragedia ocupa nuestra atención durante unas horas antes de ser desplazada por el siguiente escándalo, la siguiente polémica o el siguiente video viral. La memoria pública se ha vuelto tan fugaz como el movimiento del dedo sobre la pantalla.

Más allá del agente individual

Por eso el problema no se agota en la actuación del agente que, amparado por una placa y un arma, hizo un uso letal y desproporcionado de la fuerza frente a una persona en total vulnerabilidad. Ese hecho debe investigarse con rigor y, de acreditarse responsabilidades, sancionarse conforme a la ley. Pero reducir la discusión a la conducta de un solo individuo sería ignorar el contexto que hace posible que estas tragedias se repitan sin alterar demasiado nuestra conciencia colectiva.

Toda violencia estatal tiene un ejecutor. Pero también necesita una sociedad que deje de verla como excepcional.

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La erosión de la democracia

La rapidez con la que olvidamos estas historias no es un accidente menor. Es el síntoma de una época que ha aprendido a convivir con aquello que antes habría considerado intolerable. Quizá sea también una forma de evitar una pregunta incómoda: ¿qué dice de nosotros un sistema político que, en nombre de la seguridad, el orden o incluso el bienestar colectivo, termina produciendo formas de violencia que recaen, una y otra vez, sobre quienes ocupan los márgenes de la comunidad? Resulta más sencillo pasar al siguiente tema que preguntarnos cuánto estamos dispuestos a tolerar cuando esas vidas dejan de parecernos plenamente nuestras.

Las democracias no sólo se deterioran cuando el Estado ejerce violencia desproporcionada contra quienes se encuentran en mayor vulnerabilidad. También se erosionan cuando esa violencia deja de conmover a la sociedad que dice creer en la igualdad, la dignidad humana y los derechos universales.

Hay noticias que nunca deberían convertirse en rutina. Porque toda violencia estatal tiene un ejecutor, pero también necesita una sociedad que deje de verla como excepcional. El día que la muerte de un migrante a manos del Estado apenas consiga detener nuestra atención antes de ser sustituida por el siguiente titular, el problema ya no será únicamente la violencia de un agente o de una institución. Será el silencio de una comunidad que, casi sin darse cuenta, aprendió a convivir con lo que nunca debió aceptar como normal.