En medio del conflicto bélico que enfrenta a Estados Unidos e Irán desde finales de febrero de 2026, la administración del presidente Donald Trump ha implementado una estrategia diplomática y militar caracterizada por una oscilación constante entre retórica agresiva y aperturas al diálogo. Este enfoque, descrito por expertos como una forma coercitiva de negociación, ha permitido a Washington ajustar los plazos de confrontación sin renunciar a sus demandas máximas.
La táctica de la "Opción Estructurada"
El mandatario republicano, de 80 años, utiliza repetidamente declaraciones de victoria absoluta para luego modificar las reglas del juego. Según análisis especializados, incluido el artículo Art of the Power Deal: The Four Negotiation Roles of Donald J. Trump, esta dinámica se basa en lo que se denomina "Opción Estructurada". En este esquema, Trump presenta a Teherán una dicotomía binaria y drástica: aceptar los términos estadounidenses o enfrentar consecuencias devastadoras.
Al reducir el abanico de decisiones posibles, la estrategia busca que la capitulación parezca la alternativa más viable para la contraparte iraní. Sin embargo, esta táctica no es lineal. El presidente ha declarado en múltiples ocasiones que las capacidades militares iraníes han sido completamente derrotadas, solo para revertir esa posición días después y anunciar nuevas fases de ataque o, paradójicamente, reanudar conversaciones.
Evolución de los ultimátums: Del Estrecho de Ormuz a la aniquilación
El primer gran ultimátum ocurrió entre el 23 de marzo y el 7 de abril. Tras casi un mes de guerra, Trump amenazó con destruir las plantas de energía de Irán si no abrían completamente el Estrecho de Ormuz, vía marítima crucial por donde transita el 20% de los hidrocarburos globales. La amenaza, publicada en su plataforma Truth Social, establecía un plazo de 48 horas.
Ante la inacción inicial, Trump extendió el plazo cinco días citing "conversaciones muy buenas", pero posteriormente amplió la pausa de destrucción por otros diez días hasta el 6 de abril, alegando progreso diplomático. No obstante, la retórica escaló dramáticamente el Domingo de Pascua, cuando el presidente utilizó un lenguaje cargado de insultos, instando a abrir el estrecho bajo pena de vivir "en el infierno". Para el 7 de abril, la amenaza alcanzó su punto máximo retórico, advirtiendo que "toda una civilización morirá esta noche" si no cedían. Horas después, sin embargo, anunció una tregua de dos semanas mediada por Pakistán.
Negociación basada en la alternancia emocional
Esta fluctuación entre halagos y denigración es un componente clave del estilo de Trump. Arlene Ramírez Uresti, especialista en negociaciones internacionales, señala que el mandatario suele elogiar a los líderes rivales si los percibe como dispuestos a ceder, calificándolos incluso de "muy inteligentes". Esto contrasta con su declaración del 8 de julio, donde afirmó que "ya no quería tratar con ellos" porque son "basura", una reacción típica ante la resistencia percibida.
En junio, cuando las negociaciones estaban estancadas, Trump volvió a amenazar con ataques nocturnos masivos y la toma de la isla de Jark. Cinco horas después de publicar estas advertencias en redes sociales, anunció la cancelación de los bombardeos debido a avances en las conversaciones. Aunque se firmó un acuerdo provisional el 14 de junio, el conflicto se reavivó un mes después tras ataques iraníes a instalaciones estadounidenses en Oriente Medio y bombardeos de Washington contra infraestructuras costeras iraníes.
El último ultimátum y la disputa sobre las intenciones
La estrategia se reiteró el fin de semana del 31 de julio y 1 de agosto, con el objetivo de acelerar la reapertura del Estrecho de Ormuz. Trump declaró a su gabinete que estarían siendo golpeados "muy fuerte" y que Irán eventualmente llegaría a un límite insostenible. Alegó que Teherán y otros países de la región le habían pedido aplazar cualquier ataque, afirmación que negó enfáticamente la prensa estatal iraní.
Este patrón de amenaza-negociación-amenaza demuestra que, para la administración Trump, la guerra no es solo un conflicto militar, sino una herramienta de presión psicológica continua. Al mantener a la contraparte en un estado de incertidumbre extrema, busca forzar concesiones territoriales y energéticas que, de otra manera, podrían ser rechazadas en un entorno de negociación convencional. La capacidad de retractarse de amenazas que, según expertos en derecho internacional humanitario, podrían constituir violaciones graves de las Convenciones de Ginebra, subraya la naturaleza impredecible y volátil de esta fase del conflicto global.



