Guadalajara respira profundo tras la conmoción de los bloqueos
La ciudad de Guadalajara se percibe transformada después del domingo 22 de febrero. No es una transformación en su trazado urbano ni en su ritmo vital —que inevitablemente regresa—, sino en ese regusto peculiar que permanece cuando un evento sacude los cimientos de la rutina diaria. Los bloqueos simultáneos en múltiples puntos de la zona metropolitana y del estado encendieron todas las alarmas, modificaron planes de miles de personas y alteraron trayectorias cotidianas.
Un día después: la tensa calma se instala en las calles
Al día siguiente, la calma tensa era palpable en el ambiente: un tráfico notablemente reducido, avenidas y calles secundarias inusualmente solitarias, establecimientos comerciales que optaron por abrir solo parcialmente y muchos otros que prefirieron mantener sus puertas cerradas, esperando mejores condiciones. La ciudad, en un gesto similar al de quien recibe un impacto inesperado, tomó un respiro colectivo para procesar lo ocurrido.
La semana transcurrió con sucesivos ajustes y reprogramaciones. Algunas actividades, tanto del sector público como del privado, lograron realizarse, mientras que la mayoría fueron pospuestas para la primera semana de marzo; otras, carentes aún de fecha definida, permanecen suspendidas indefinidamente. Este fenómeno no respondió únicamente a consideraciones logísticas, sino que representó un esfuerzo colectivo por recuperar esa normalidad tan esencial para la identidad tapatía.
Porque en Guadalajara la normalidad no equivale a monotonía: significa salir a trabajar cada mañana, asistir a los centros educativos, pasear por el vecindario, sentarse tranquilamente en la banca de un parque. Es, en esencia, el derecho fundamental a vivir el día a día sin sobresaltos ni interrupciones violentas.El llamado a la acción comunitaria de la alcaldesa Vero Delgadillo
En medio de este clima generalizado de cuidado mutuo y precaución, cobra especial relevancia retomar las propuestas de la presidenta municipal, Vero Delgadillo. Ella enfatiza la importancia de aquellas acciones que, aunque puedan parecer menores, tienen un impacto profundo en el espacio público:
- Barrer la banqueta frente a cada domicilio
- Reparar el tramo de acera que corresponde a cada propiedad
- Participar en el mantenimiento de parques o unidades deportivas comunitarias
- Cuidar y podar los árboles del entorno inmediato
Sí, arreglar la banqueta podría considerarse tarea exclusiva del Ayuntamiento, pero también constituye un gesto individual de enorme valor. Un pequeño arreglo puede evitar que una persona adulta mayor tenga que descender al arroyo vehicular, arriesgándose entre el tránsito. Reportar una luminaria fundida o un bache peligroso no es un acto insignificante; es una forma tangible de respeto hacia el entorno compartido y, en el fondo, una declaración de afecto hacia la ciudad que se habita.
La elección entre destruir y construir
Porque mientras una minoría opta por quemar y destruir, la inmensa mayoría elige cuidar y proteger. Y en esa elección radica la diferencia fundamental. No podemos permitir que la imprudencia se normalice, como ocurre con esos motociclistas que ignoran los semáforos en rojo, poniendo en riesgo no solo sus propias vidas, sino también la de quienes, respetando las señales, podrían verse involucrados en un accidente. Ese tipo de irresponsabilidad es justo lo que no debe propagarse.
El verdadero desafío es otro: ser audaces, sí, pero para apostar firmemente por la concordia, para insistir en el orden cívico, para defender con tenacidad lo que es común y nos pertenece a todos.
El mensaje del Teatro Degollado: un llamado a la unidad
En la majestuosa fachada del Teatro Degollado se lee una inscripción que estos días resuena con una fuerza especial: “Que nunca llegue el rumor de la discordia”. Es un deseo ancestral de paz y unidad, una advertencia solemne contra los chismes divisivos, las fracturas sociales y los conflictos que desgastan el tejido comunitario.
Guadalajara se mantiene en pie. Se sacude el polvo del susto, reacomoda meticulosamente su agenda colectiva y vuelve a abrir sus puertas, física y simbólicamente. Y quizás, en ese gesto aparentemente sencillo de barrer la acera propia o reportar una lámpara pública apagada, se esté construyendo algo mucho más profundo: la certeza inquebrantable de que esta ciudad pertenece, genuinamente, a quienes la aman y la sostienen con sus acciones, cada día.
