El mito de Sísifo, aquel hombre condenado a empujar una piedra eternamente por engañar a los dioses, ha tenido múltiples interpretaciones. Pero ninguna como la actual: el problema del siglo XXI no es que hayamos olvidado a Sísifo, es que le dimos un teléfono.
El absurdo como modelo de negocio
Albert Camus, en su obra sobre el absurdismo de 1942, no pudo prever que las condiciones que definirían este factor surgirían después de 1950. La cuestión es: ¿qué ocurre cuando el absurdo deja de ser un concepto filosófico y se transforma en un modelo de negocio? La respuesta la encontramos al salir a la calle. Con humildad, debemos admitir que lo hemos construido todos en conjunto, eligiendo cada pieza de la arquitectura que hoy nos aplasta: desde ideologías absurdas hasta movimientos políticos que recuerdan la primera mitad del siglo XX, pero exacerbados.
Meursault y el tribunal del gesto
Meursault, protagonista de El extranjero, vivía en contacto directo con las sensaciones: el calor del sol, la cerveza fría, el ruido del mar. Su indiferencia ante la muerte de su madre no era crueldad, sino la incapacidad de representar el duelo cuando no era genuinamente suyo. La muerte de otros, incluso de familiares, puede sernos ajena. La sociedad no le exigía sentir, sino demostrar que sentía. Lo condenaron por negarse a actuar. Era un extranjero en el teatro social, y el tribunal que lo sentenció a muerte juzgó el gesto, no la culpa. Esta distinción define la condición contemporánea: vivimos en una civilización que ha hecho del gesto su moneda de curso legal.
Del existencialismo al neo-existencialismo
El existencialismo clásico, tanto en su versión camusiana como sartreana, planteaba la libertad como una condena. Sartre escribió que estamos condenados a ser libres: ninguna esencia predeterminada nos exime de la responsabilidad. No hay naturaleza humana ni dios que justifique la cobardía. Esa formulación era aterradora para la posguerra, pero también una forma de dignidad. El neo-existencialismo del siglo XXI no hereda esa dignidad. Hereda la angustia sin la libertad, la conciencia sin responsabilidad, el gesto sin experiencia. Es un existencialismo vaciado, relleno con ansiedad de rendimiento.
La angustia atomizada
Ya no se trata de elegir en un universo silencioso, sino en uno que grita sin parar y penaliza con invisibilidad a quien no grita de vuelta. La angustia se atomizó en millones de notificaciones, en la ansiedad de los índices de aprobación, en el pánico de publicar en el momento equivocado. Esto no es libertad existencial, es servidumbre hacia la tecnología. Lo absurdo, para Camus, era la brecha entre el deseo humano de claridad y el silencio del universo. Esa brecha sigue ahí, pero ahora tiene publicidad.
La economía de la atención
La meditación se convirtió en una aplicación de suscripción mensual. La soledad, que Heidegger consideraba necesaria para el pensamiento auténtico, fue redefinida como un problema de salud mental. Los niños ya no saben qué es la soledad; hay un asesinato de la curiosidad infantil. La economía de la atención requiere que nunca estés a solas contigo mismo, porque un usuario a solas no produce datos. Meursault no habría sobrevivido: lo habrían cancelado por una foto riendo después del funeral de su madre. El tribunal contemporáneo opera en tiempo real, sin derecho a réplica. Su veredicto tiene poco que ver con los hechos y mucho con la gestión pública de las emociones.
El colapso del ser y el aparecer
Heidegger advertía sobre la enfermedad central de la modernidad técnica: la distinción entre ser y aparecer. En el mundo contemporáneo, esa distinción se invirtió: el aparecer precede al ser. Identidades enteras se edifican sobre plataformas cuyos algoritmos deciden qué aspectos son rentables. La autenticidad cambió de significado: ahora es el influencer que parece espontáneo, no quien lo es. La angustia neo-existencial no surge de la muerte, sino de la irrelevancia. Se teme desaparecer del flujo, perder seguidores. Esta angustia estadística produce personas que dirán cualquier cosa por visibilidad, que prefieren el odio al silencio. Meursault era indiferente ante la muerte; nosotros somos incapaces de ser indiferentes ante el silencio.
México y la realidad del gesto
En México, la política opera en el registro del gesto: transformación, justicia, soberanía. Los indicadores reales quedan en segundo plano. La ciudadanía responde con sus propios gestos: indignación sin organización, denuncias sin seguimiento. Esto no es apatía, sino mala fe sartreana: el autoengaño de creer que el descontento en redes es participación suficiente. La distancia entre representar y vivir es la misma que entre el gesto y la acción.
Sísifo feliz… con teléfono
Camus concluía que la respuesta al absurdo es la rebelión lúcida: vivir consciente de la ausencia de fundamento sin rendirse. Sísifo debe ser imaginado feliz porque su felicidad no depende de que la roca llegue a la cima, sino de que la tarea sea suya. El problema del siglo XXI no es que hayamos olvidado a Sísifo, es que le dimos un teléfono. Ahora empuja la roca, la fotografía, revisa los likes y se pregunta por qué sigue vacío. La roca llegó a la cima, pero el vacío no se resolvió. Lo que un neo-existencialismo honesto debería ofrecer es precisión diagnóstica: nombrar el mecanismo por el cual construimos la ilusión de presencia plena a través de instrumentos de ausencia. La saturación de información no es lo opuesto del silencio existencial, sino su forma más avanzada: ruido que simula significado para que nadie confronte la ausencia de él.



