Madres Buscadoras de Veracruz Bordan para Resistir y Sanar su Dolor
Desde Veracruz, decenas de mujeres que han sido afectadas física y psicológicamente por la ausencia de sus seres queridos plasman su sufrimiento con hilos y prendas, utilizando el bordado como una herramienta para no olvidar y ordenar sus pensamientos. Esta práctica se ha convertido en una forma de resistencia y terapia colectiva en medio de un vacío institucional.
El Dolor que se Vuelve Cuerpo y Memoria
En Veracruz, como en gran parte de México, la desaparición de una persona no solo fractura familias, sino que también enferma a quienes la buscan. Entre las madres buscadoras, el dolor se manifiesta en memorias que se deshilachan, voces que tiemblan y manos que bordan para evitar quebrarse. Algunas no pueden contar su historia sin romper en llanto, mientras otras cargan con lagunas de memoria provocadas por los tranquilizantes que recibieron para sobrevivir a la ansiedad.
Psiquiatras advierten que se trata de un shock traumático prolongado que exige atención integral. Aunque líderes religiosos ofrecen consuelo, reconocen que la fe no sustituye la urgencia clínica. En este contexto, las madres han encontrado una forma de sostenerse entre ellas: bordar para no olvidar. Reúnen hilos, telas y fotografías para tejer una manta enorme con los nombres de sus desaparecidos, una pieza que exhibirán el 10 de mayo. Puntada a puntada, ordenan pensamientos, calman la mente y transforman la angustia en memoria colectiva.
Historias de Búsqueda y Sufrimiento
En el memorial de los desaparecidos, Patricia borda el nombre de su hija Verónica Zavaleta, desaparecida en 2019. Las lágrimas le escurren y la voz se le quiebra al recordar que su hija regresaba de la preparatoria cuando "se perdió". La Fiscalía no ha mostrado avances, y ella teme que el novio de su hija, quien vendía droga, la haya entregado a tratantes, algo que "la autoridad no lo ve". Con su tristeza a cuestas, toma el bastidor y borda el nombre de Verónica en rosa, recibiendo atención psiquiátrica esporádica, pero admitiendo que quizá "no lo suficiente".
Araceli López busca a su hijo, Jonathan Uriel Miranda, desde 2012. Habla con la serenidad rota de quien ha vivido demasiado tiempo en un territorio donde el dolor se vuelve rutina. La desaparición reorganizó su cuerpo, su mente y su forma de estar en el mundo. Durante ocho años dependió de medicamentos que la mantuvieron a flote, pero también le robaron memoria y claridad. "Los fármacos fueron tan fuertes que hoy necesita que alguien la acompañe para entender lo que le dicen en las instituciones", explica. Su duelo quedó suspendido en un presente que no avanza.
El Desgaste Crónico y la Incertidumbre
Victoria Delgadillo, del colectivo Familiares Enlaces Xalapa, resume la situación con honestidad: "Sí, es cierto, están afectadas, muchas estamos afectadas". No se trata de un duelo común, sino de un desgaste crónico alimentado por la incertidumbre. La diferencia entre un duelo con cuerpo y un duelo sin éste es abismal. La incertidumbre es una forma de tortura emocional que se vuelve física, causando insomnio, ansiedad, pérdida de memoria y agotamiento extremo.
Victoria lo dice con conocimiento de causa: en 2024 falleció Carlos Saldaña, quien era parte del colectivo. Ambos buscaban a sus hijos y en el dolor se encontraron, se hicieron pareja y juntos se sostenían en la lucha. Sin embargo, el desgaste para Saldaña fue peor; las largas jornadas en lugares inhóspitos, sin suficiente hidratación, le provocaron un mal renal que rápidamente acabó con su vida. Ahora Victoria lidia con otra ausencia más.
La Búsqueda como Responsabilidad Forzada
Las marchas se vuelven desahogo para estas madres, donde gritan lo que no pueden gritar en casa ni en la Fiscalía. No rompen vidrios ni pintan paredes: su fuerza está en la voz. Mientras cargan con ese dolor, también sostienen las investigaciones. Si ellas no van, la carpeta se empolva; si no preguntan, nadie responde; si no insisten, nada avanza. La carga emocional se mezcla con la carga institucional, formando un peso que ninguna persona debería soportar.
El colectivo ha encontrado restos, pero no los de sus hijos. Han entregado paz a otras familias mientras la suya sigue esperando. Cada hallazgo ajeno es un recordatorio de lo que falta. Las madres buscan mientras se quiebran, se enferman, y el Estado las obliga a cargar con una responsabilidad que no les corresponde. Y aun así, siguen.
Sanar el Alma y Ocupar la Mente
La desaparición de un hijo deja una herida que no cicatriza. Guillermo Trujillo, presidente de la Red Evangélica de Veracruz, observa esto en las mujeres que llegan a las iglesias buscando un respiro. "Es un impacto mental, psicológico, en el alma de la persona", dice. La fe les da fuerza, pero no alcanza para sanar una herida que sigue abierta. Aunque reconoce que necesitan atención clínica, duda que recurran a ella debido al sistema de salud colapsado, la desconfianza y la falta de tiempo.
El psiquiatra Víctor Villanueva, director de la Unidad de Salud Mental, confirma lo que las madres han dicho desde la experiencia: "Cuando tenemos eventos traumáticos podemos tener una reacción de estrés agudo y después viene el trastorno de estrés postraumático, que puede ser crónico". El trauma prolongado fragmenta la mente, causando crisis de ausencia, pérdida de memoria y desconexión. En el caso de las madres buscadoras, el trauma se repite cada vez que van a una búsqueda, cada vez que encuentran restos que no son los de su hijo, cada vez que regresan sin respuestas.
Villanueva es claro: "No está mal que siempre tengan un acompañamiento psicológico o psiquiátrico". No es un lujo, es una necesidad. La ciencia confirma que la desaparición instala una enfermedad emocional que se vuelve parte de la vida, una que no se cura con tiempo ni con voluntad, sino que exige acompañamiento profesional. Y aun así, ellas siguen buscando, sosteniendo a otras familias, enfrentando expedientes, noches sin dormir y restos ajenos, porque la búsqueda es la única forma de no dejar que la ausencia termine de borrar a sus hijos.



