El Papa Francisco y su vínculo con una víctima de la dictadura argentina: una historia de memoria y ternura
El ser humano que atestiguó el horror de la dictadura militar argentina, para luego convertirse en un defensor incansable de la ternura y la unión, tiene una historia profundamente personal que revela sus convicciones más íntimas. Por Jorge Fernández Menéndez, 22 de abril de 2025.
Un encuentro que marcó una vida
La primera vez que supe de Jorge Bergoglio fue en los primeros días de enero de 1977, cuando Esther Ballestrino de Careaga, la madre de Ana María, mi pareja en ese entonces, nos habló de un sacerdote jesuita que era su amigo cercano. Esther, una mujer marxista y luchadora que había huido de Paraguay como asilada política, era bioquímica y dirigía un laboratorio de cosméticos en Buenos Aires. Allí conoció a un joven serio y culto, aficionado a la lectura, el cine, el fútbol y el tango, que dudaba entre seguir su vocación religiosa o una vida secular. Ese joven era Jorge Bergoglio, de apenas 16 años.
Esther le regalaba libros, le recomendaba autores y lo animaba en sus inquietudes. Fue ella quien lo convenció de que, si su verdadero anhelo era el sacerdocio, debía seguir ese llamado, incluso a costa de sacrificar otros aspectos de su vida. Bergoglio mantuvo esa amistad de por vida, hasta que Esther fue secuestrada, torturada y asesinada en diciembre de 1977, arrojada viva al mar desde un avión por la dictadura militar.
Un papel crucial en tiempos oscuros
En ese entonces, Bergoglio era el provincial de los jesuitas en Buenos Aires, mientras Esther era una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. Antes de su muerte, él ayudó a que Ana María y yo nos casáramos en plena clandestinidad, con un jesuita de su equipo oficiando la ceremonia. Poco después, Ana María fue secuestrada y llevada a un campo de concentración, siendo liberada cuatro meses más tarde gracias a gestiones que incluyeron desde Jimmy Carter hasta el propio Bergoglio.
Volvimos a verlo el 7 de agosto pasado, ya como el papa Francisco, en su modesto departamento de 90 metros cuadrados en Santa Marta, Roma. Aunque no soy creyente, entonces y ahora me sorprende su sencillez y afabilidad. Nos recibió como un abuelo cariñoso, sin formalidades, promoviendo el tuteo y recordando con emoción a su amiga Esther, a quien describió como la mujer que le enseñó a pensar, especialmente en términos políticos.
La memoria contra el olvido
Cuando en 2005 se encontraron los restos de Esther y otras madres secuestradas el 8 de diciembre de 1977, Bergoglio, ya cardenal de Buenos Aires, autorizó que descansaran en la Iglesia de la Santa Cruz, el lugar donde fueron secuestradas y, como él mismo dijo, donde vieron por última vez la libertad. Este gesto inédito contrasta con la actitud de la cúpula eclesiástica argentina de la época, que en ocasiones fue cómplice o indiferente ante la represión.
Bergoglio, alejado de esa jerarquía, usó su posición para refugiar y esconder a perseguidos en el seminario de San Miguel. Nos relató cómo, enterado de la detención de un joven vecino, confrontó a un guardia de la fuerza aérea, argumentando que tanto el detenido como sus captores enfrentarían consecuencias espirituales. Esa noche, el joven fue liberado herido pero vivo, y Bergoglio facilitó su huida a Italia en un barco de carga, donde ahora vive y lo visita regularmente.
Indignación ante el negacionismo
Durante nuestra visita, Francisco expresó su indignación por un grupo de diputados argentinos cercanos a la vicepresidenta Victoria Villarruel, una negacionista de la dictadura, que visitaron a represores condenados por delitos de lesa humanidad en la cárcel de Ezeiza. Entre ellos está Alfredo Astiz, el marino que se infiltró en las Madres de Plaza de Mayo y señaló a las víctimas, incluyendo a Esther, para su secuestro y tortura.
El Papa también narró la historia de un sacerdote que participó en torturas durante la dictadura y, tras ser liberado, quiso vivir en un asilo de sacerdotes retirados. Francisco se negó, calificándolo de "terrorífico" y afirmando que no podía ser un hombre de la Iglesia. Al discutir sobre el perdón y la memoria, citó a Milán Kundera: "la historia es la lucha de la memoria contra el olvido". Aunque reconoció que el perdón puede ser individual, insistió en que la memoria colectiva debe permanecer para evitar la repetición de tales hechos.
Diálogo, ternura y alegría como antídotos
Francisco enfatizó la importancia del diálogo para superar la polarización y la ignorancia, valorando el intercambio de ideas y la bondad intrínseca de las personas. Habló de la violencia en México, señalando que muchos niños crecen sin conocer el cariño o la ternura, lo que puede llevar a una vida delictiva. Expresó fe en México, bromeando seriamente que, aunque unos son católicos y otros ateos, todos son guadalupanos, una base para la unión.
Por encima de todo, nos pidió que no olvidemos la alegría. Aquel Bergoglio que conocí en mi juventud nunca la perdió, manteniendo su sencillez, humanidad, sentido de justicia y generosidad. Tampoco olvidó las lealtades y convicciones que lo han acompañado desde Buenos Aires hasta Roma, donde concluyó su travesía con un mensaje de esperanza y reconciliación.



