La metáfora del fútbol: cómo el populismo punitivo inclina la cancha contra los derechos humanos
Populismo punitivo: la cancha inclinada contra derechos humanos

La metáfora del fútbol: cómo el populismo punitivo inclina la cancha contra los derechos humanos

Imaginemos un partido de fútbol donde, en un lado, compiten varios países de América Latina y el Caribe, con cada jugador representando a un Estado. En el otro lado, se enfrenta el equipo de los derechos humanos, integrado por personas sin nacionalidad específica. Suena el silbatazo inicial y, casi de inmediato, comienzan a suceder eventos extraños y preocupantes que reflejan una realidad política y social alarmante.

El inicio del juego y la inclinación imperceptible

En el instante mismo en que arranca el encuentro, el estadio empieza a inclinarse lentamente, de forma casi imperceptible, a favor del equipo latinoamericano. Al principio, nadie lo advierte y el juego continúa como si nada estuviera mal. Esta inclinación simboliza cómo las reglas del juego cambian cada día, empujadas por el populismo punitivo, creando un terreno desigual desde el inicio.

Cambios de camiseta y protestas ignoradas

De pronto, uno de los jugadores del bando de América Latina pide salir unos minutos para cambiarse la camiseta. Cuando regresa, en el pecho ya no lleva el nombre de su país, sino el del populismo punitivo. El equipo de derechos humanos, desconcertado, reclama al árbitro, pero no obtiene respuesta. El partido sigue y, poco después, desde su banca notan que la inclinación del estadio ya es evidente. Vuelven a protestar, pero otra vez son ignorados, mostrando cómo la justicia abandona progresivamente su función de salvaguarda constitucional.

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La afición y los goles en contra

Hay algo más: con el estadio lleno, la mayoría de la afición aplaude el juego desigual en favor del adversario de los derechos humanos. No solo celebra las ventajas obtenidas fuera de las reglas; tampoco protesta por las faltas que se cometen y no se sancionan. Los goles en contra de los derechos humanos no tardan en llegar. Cada anotación repite el mismo ritual: el jugador que marca se ha cambiado previamente la casaca. Termina el primer tiempo y el marcador ya es 6–0 a favor del equipo latinoamericano del populismo punitivo.

El descanso y el árbitro cambiado

En el descanso, en el vestidor, el equipo de derechos humanos no logra diseñar una estrategia distinta frente al embate desigual. Regresa al campo con el mismo planteamiento. Entonces descubre que el árbitro también ha cambiado de uniforme: ahora viste los colores del equipo latinoamericano del populismo punitivo. Esto simboliza cómo la clase política, en un número creciente de países, prefiere la rentabilidad electoral del castigo y la prisión a la construcción de seguridad ciudadana con derechos humanos.

El resultado final y la reflexión

El partido concluye 11–0. La cancha ha quedado completamente inclinada. La mayoría del público celebra el resultado. El equipo de derechos humanos se retira sin haber modificado la alineación ni la estrategia. Con el Mundial de fútbol como telón de fondo, esta metáfora surge después de entrevistar a especialistas de México, El Salvador, España, Estados Unidos, Chile, Perú, Argentina y Colombia en la serie El populismo punitivo en mi país, con grabaciones adicionales de Guatemala, Honduras y Ecuador.

El ADN del populismo punitivo

El estadio se inclina porque las reglas del juego cambian cada día, empujadas por el populismo punitivo. El arbitraje no marca las faltas porque la justicia abandona progresivamente su función de salvaguarda constitucional. Cada jugador se cambia la camiseta porque la clase política, en un número creciente de países, prefiere la rentabilidad electoral del castigo y la prisión a la construcción de seguridad ciudadana con derechos humanos. Mientras tanto, el sector de los derechos humanos se desgasta intentando anotar en una cancha que se ha convertido en una pendiente casi imposible.

Estrategias paralizadas y aplausos desde las gradas

Peor aún: las mentes desde donde deberían surgir nuevas estrategias —tanto en la dirigencia como en el propio equipo de los derechos humanos— parecen paralizadas, repitiendo jugadas pensadas para un terreno de juego que ya no existe. El desconcierto se profundiza cuando desde las gradas se aplaude con mayor entusiasmo el desmoronamiento de las reglas que conocíamos, exactamente como ocurre bajo un estado de excepción.

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La realidad detrás de la metáfora

No, el populismo punitivo no gana porque construye mayor seguridad. Ocurre más bien lo contrario. Como explican especialistas de varios países en la serie del pódcast, el endurecimiento penal montado sobre el miedo provoca daños masivos a la integridad, al patrimonio, a la vida y a los derechos fundamentales en general, y puede incluso detonar nuevas formas de violencia, tanto estatal como privada, que antes no existían o no tenían esa intensidad.

El ADN del populismo punitivo no es la seguridad: es la rentabilidad política extraída de la manipulación del miedo. Quien gana es quien siembra más miedo y quien pierde es toda persona dominada por el mismo, al punto de ceder el ejercicio de sus propios derechos. El juego ahora está en la disputa ante la construcción del miedo. Es otra cancha y sin otras estrategias a favor de los derechos humanos, el partido está de antemano perdido por goliza.