La incómoda realidad política: ¿Viven los gobernantes desconectados de la experiencia ciudadana?
Políticos mexicanos: ¿desconectados de la realidad emocional del pueblo?

La incómoda realidad política: ¿Viven los gobernantes desconectados de la experiencia ciudadana?

En México, existe una tentación casi deportiva: cada vez que un político pronuncia una frase torpe, lo declaramos automáticamente "desconectado del pueblo". Es cómodo, rápido y emocionalmente satisfactorio. Y, siendo honestos, muchas veces es cierto. Pero no siempre. Porque la realidad —como cualquier cronista que haya caminado más de tres calles fuera de zonas privilegiadas puede atestiguar— es más compleja, más incómoda y, sobre todo, menos útil para crear consignas simplistas.

Ejemplos emblemáticos de resbalones políticos

Tomemos ejemplos que se han convertido en parte del museo nacional del tropiezo político. Recordemos cuando Gabriel Quadri afirmó que México sería una potencia emergente sin "cargar" con ciertos estados del sur. La frase explotó, y con razón. Sonó a desprecio territorial, a una visión tecnocrática sin rostro humano, a un Excel sin personas. Pero también reveló algo profundo: existe, dentro y fuera del gobierno, una conversación silenciosa sobre desigualdad regional que nadie sabe cómo nombrar adecuadamente. El problema no fue solo la idea en sí, sino la forma en que se expresó. En política, la forma es el fondo.

Décadas antes, José López Portillo dejó una frase que todavía se repite en redacciones y sobremesas: "No te pago para que me pegues". No era clasismo económico directo, sino algo más profundo: la visión del poder como propietario exclusivo de la narrativa. No es que no entendiera al país; es que creía que entenderlo implicaba controlarlo.

Luego está el caso del expresidente López Obrador, quien, desde otra trinchera ideológica, generó polémica al describir a sectores de clase media con etiquetas morales. No se trata de un clasismo clásico vertical, sino de algo más moderno: polarización horizontal. Dividir para explicar, explicar para gobernar.

Y si alguien piensa que esto es exclusivo de una ideología, basta recordar al gobernador de Nuevo León, Samuel García, cuyo historial de frases —desde comentarios sobre "suelditos" hasta referencias a estilos de vida privilegiados— ha detonado indignación y burla a nivel nacional. No porque la gente espere que los políticos vivan en pobreza franciscana, sino porque anhela que comprendan lo que significa no tener opciones.

El núcleo del problema: información versus comprensión emocional

Ese es el punto crucial. No siempre los políticos viven fuera de la realidad, pero muchos sí viven fuera de la experiencia emocional promedio de los ciudadanos que gobiernan. No es lo mismo saber cuánto cuesta el transporte que depender de él diariamente. No es lo mismo conocer el precio del kilo de tortilla que calcular si alcanza para comprar las de mañana. No es lo mismo estudiar la desigualdad en informes que despertarse dentro de ella cada día.

La política mexicana —sin importar partidos— ha caído en el error de confundir información con comprensión. Muchos políticos sí conocen datos y estadísticas; pocos entienden lo que esos datos se sienten en la piel de la gente. El poder, por naturaleza, aísla. No porque vuelva malvadas a las personas, sino porque reduce la fricción cotidiana. Y es precisamente en esa fricción diaria donde reside la realidad social más cruda.

Por eso surgen frases aspiracionales en contextos totalmente equivocados. Por eso aparecen comparaciones de viajes turísticos soñados cuando el debate central es el transporte público. Por eso la narrativa política suele enfocarse en un futuro hipotético, mientras la ciudadanía calcula angustiosamente su presente dramático.

No todos en una burbuja, pero con memoria corta

Sin embargo, sería intelectualmente flojo afirmar que todos los políticos viven en una burbuja de privilegio. Muchos provienen de contextos modestos, comprenden la precariedad y algunos incluso recorren más la ciudad que el ciudadano promedio. El problema radica en la memoria corta y la agenda larga. Y cuando el poder habla sin calibrar el símbolo, la ciudadanía escucha desprecio, aunque la intención original haya sido marketing, metáfora o simple torpeza verbal.

Al final, la regla es simple: Nadie puede mejorar lo que no conoce. Pero conocer no es haberlo leído en un informe; conocer es haberlo vivido, o al menos haber aprendido a escuchar con empatía para comprender verdaderamente. México no necesita políticos que fomenten la pobreza franciscana como ideal, sino políticos conscientes y conectados emocionalmente. Y esto último, lamentablemente, se ha distinguido por ser la excepción y no la regla en nuestro panorama político.