Trump propone reparto del mundo en esferas de influencia, Canadá resiste
Trump propone reparto mundial, Canadá resiste con dignidad

Trump revive el colonialismo con propuesta de reparto mundial en esferas de influencia

En el escenario geopolítico actual, el presidente Donald Trump enfrenta el dilema entre multilateralismo y unilateralismo con una propuesta que no es novedosa, sino un reciclaje del colonialismo decimonónico. Esta visión implica repartir el planeta Tierra entre las potencias por áreas de influencia, similar a lo ocurrido con África o Indochina en el pasado, o como sucedió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo quedó dividido entre bloques capitalistas y comunistas, con sus respectivos países satélites y naciones no alineadas que, en última instancia, terminaban por alinearse de un modo u otro.

El multilateralismo versus la hegemonía trumpista

El multilateralismo, por su parte, aboga por una liberación completa de las naciones, permitiéndoles vincularse con la potencia de su elección sin compromisos políticos vinculantes. Se trataría de una relación predominantemente económica y comercial, pero sin contratos de exclusividad, en contraste con los sistemas hegemónicos dominantes que han prevalecido históricamente.

Trump, sin embargo, pugna por un mundo dividido al máximo entre tres ejes principales: Estados Unidos, que se quedaría con Occidente; Rusia, con toda la Europa Oriental y su porción asiática; y China, con su área de influencia, incluyendo Taiwán, cuya independencia utópica es más un producto de la ficción política occidental que un acto histórico sostenible. En esta visión, Europa no constituiría un cuarto eje, sino que formaría parte del dominio norteamericano, aunque con un trato deferente debido a su tradición y capacidades económicas y tecnológicas respetables.

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El sueño de una hegemonía total y la respuesta canadiense

El sueño dorado de Trump sería lograr un eje único y absoluto, una hegemonía total sobre el planeta, pero de momento esto resulta imposible, incluso si se consiguiera la gratitud rusa por Ucrania, la de China por Taiwán, y la de Europa por una renovada protección a cambio de Groenlandia. En este contexto, la OTAN perdería su razón de ser, ya que nació para defender a Occidente de la Unión Soviética, ahora desaparecida, aunque Trump parezca ignorarlo.

Frente a este reacomodo casi violento de las hegemonías mundiales y el afán sostenido de renovar y fortalecer el dominio norteamericano, Canadá ha sorprendido al mundo. Su actual primer ministro no solo pronunció un extraordinario y breve discurso en Davos, sino que ha tomado una serie de acciones y decisiones ante esta volcadura del tablero político impulsada por Trump. Mientras la mayoría de los países latinoamericanos peregrinan a Washington para renovar su pleitesía, Canadá demuestra con palabras y hechos lo que significa tener dignidad, aunque no se sea una gran potencia.

El vasallaje latinoamericano y la franqueza de Trump

Este vasallaje latinoamericano se ha mostrado casi universal, con excepción de Brasil. Así, vemos que Nicaragua niega visas a Cuba, Cuba pide dialogar con su mayor oponente, Venezuela se entrega sin dilación al gobierno de Trump, México deja de enviar petróleo a la isla comunista (aunque ahora envía despensas), Colombia presume las fotos de su mandatario en la Oficina Oval, y Argentina es casi el Estado cincuenta y uno y medio de la Unión Americana. Los demás países del continente hacen cola para seguir este ejemplo, en un tiempo donde el clásico concepto de dignidad nacional puede alegremente sacrificarse en el ara de los aranceles.

Una virtud de Trump es su odiosa franqueza, con la que dice lo que piensa y confiesa lo que hace, junto con las razones reales de por qué lo hace, y además publica a los cuatro vientos lo que seguirá haciendo porque quiere y porque puede. Al parecer, en su país, modelo de democracia, no tenían antídotos legales para prevenir el surgimiento de un dictador o controlarlo en caso de aparecer.

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