Woldenberg advierte sobre la erosión institucional y el riesgo para el desarrollo en México
En el marco del Seminario Universitario de la Cuestión Social, se llevó a cabo una conversación profunda con José Woldenberg como invitado central y el Dr. Rolando Cordera Campos, coordinador del Seminario, como comentarista. Este diálogo planteó una reflexión intensa sobre los dilemas del desarrollo en un mundo que parece haber perdido sus reglas fundamentales.
El eje articulador del diálogo
La discusión giró en torno a una pregunta inquietante: ¿cómo pensar el desarrollo cuando las coordenadas institucionales que lo hacían posible se erosionan o se destruyen? Esta cuestión remite a la esencia misma de la política como espacio de mediación entre conflicto y orden.
Woldenberg, con su característica claridad conceptual, subrayó que uno de los problemas fundamentales del México contemporáneo es la demolición sistemática de las instituciones. Estas, a pesar de sus insuficiencias, permitían un funcionamiento democrático mínimo. La democracia, según él, es un entramado de reglas, contrapesos y procedimientos que hacen posible la coexistencia pacífica de proyectos antagónicos.
La destrucción de esas mediaciones—como órganos autónomos, reglas electorales y equilibrios entre poderes—implica la pretensión de anular el pluralismo democrático como principio estructurante de la vida pública. En la tradición del pensamiento político clásico, desde Aristóteles hasta los modernos analistas del constitucionalismo, la política es inseparable del reconocimiento de la pluralidad.
La importancia del pluralismo y las instituciones
Leo Strauss recordaba que la filosofía política nace del asombro ante la diversidad de regímenes y la tensión entre verdad y opinión. Georges H. Sabine, por su parte, mostró que las instituciones son cristalizaciones históricas de conflictos que no desaparecen, sino que se canalizan. En este sentido, el pluralismo no es una concesión graciosa del poder, sino la condición ontológica de la política.
Pretender que México es “un solo pueblo” representado de manera exclusiva por un solo partido o movimiento constituye, en términos clásicos, una forma de negación de la politeia como comunidad de ciudadanos libres y desiguales.
El segundo eje de preocupación
Un segundo eje de preocupación destacado en el seminario es la imposibilidad creciente de dar cumplimiento efectivo al mandato constitucional en materia de desarrollo. La Constitución mexicana no sólo consagra derechos individuales, sino que establece un horizonte normativo para la organización económica y social del país.
El desarrollo, entendido como ampliación de capacidades, reducción de desigualdades y construcción de bienestar colectivo, es un mandato jurídico-político. Sin embargo, cuando los mecanismos institucionales que permiten exigir ese mandato se debilitan o se neutralizan, la Constitución corre el riesgo de convertirse en retórica sin fuerza vinculante.
En los hechos, se señaló que los mecanismos de control constitucional—como las controversias constitucionales y las acciones de inconstitucionalidad—se han vuelto materialmente impracticables. Esto se debe a un clima político en el que las minorías no tienen la posibilidad de activarlos. A ello se suma la captura del tribunal constitucional, lo cual, en términos de teoría política, implica la anulación del último reducto de contención frente al poder mayoritario del actual régimen.
La teoría del constitucionalismo y su aplicación
Sabine insistía en que la teoría del constitucionalismo moderno descansa en la desconfianza hacia el poder concentrado. El control judicial de la constitucionalidad debería funcionar como el dispositivo que traduce en práctica la idea de gobierno limitado. En este sentido, la imposibilidad fáctica de que prosperen controversias y acciones de inconstitucionalidad equivale a una suspensión silenciosa del principio de supremacía constitucional.
El desarrollo en un mundo sin reglas
En este contexto, hablar de desarrollo en un mundo sin reglas adquiere una densidad casi trágica. El desarrollo requiere estabilidad normativa, previsibilidad institucional y confianza en que los acuerdos serán respetados. Cuando el marco jurídico se percibe como maleable al arbitrio del poder político, la inversión se retrae. Más aún, la ciudadanía pierde el incentivo para participar en la deliberación pública si sospecha que las reglas del juego pueden ser alteradas unilateralmente.
El llamado es entonces a reconstruir el entramado institucional que hace posible una convivencia democrática civilizada. Pero ese reconstruir implica reconocer que el pluralismo político no es una amenaza a la unidad nacional, sino su expresión más genuina. México es una comunidad atravesada por diferencias ideológicas, regionales, culturales y económicas; pretender homogeneizar esa diversidad bajo la ficción de una voluntad única es desconocer la complejidad histórica del país.
La degradación de la política y la tarea urgente
Strauss advertía que la política se degrada cuando se absolutiza una parte y se la identifica con el todo. La tentación de convertir al partido en el poder en encarnación exclusiva del pueblo recuerda los momentos más problemáticos del pensamiento político moderno, cuando la voluntad general se confundió con la voluntad de quien decía interpretarla.
Frente a ello, la tarea consiste en revalorizar las instituciones como espacios de mediación. La reconstrucción institucional exige, en primer lugar, reabrir el espacio de los contrapesos. Ello implica recuperar la autonomía de los órganos constitucionales, garantizar la independencia judicial y restituir la vigencia efectiva de los mecanismos de control constitucional del poder.
En segundo término, demanda una cultura política que asuma el disenso como componente legítimo de la vida pública. El pluralismo no debe tolerarse a regañadientes, sino celebrarse como fuente de creatividad política. Finalmente, el desarrollo en un mundo sin reglas sólo puede replantearse si se reinstalan las reglas como horizonte compartido: reglas fruto de deliberación, acuerdo y respeto a la Constitución.
Conclusión del seminario
En ello reside la posibilidad de que México no derive hacia una forma de unilateralismo autoritario, sino que recupere la senda de una democracia. La lección del seminario es clara: sin instituciones, no hay desarrollo; sin pluralismo, no hay política; sin control constitucional, no hay Estado de derecho. Reconstruir esos pilares es, hoy, una tarea urgente e ineludible, como señaló el investigador del PUED-UNAM.