La digitalización como refugio: ¿conexión real o ilusión algorítmica?
Digitalización: ¿refugio o ilusión de conexión?

En los últimos años, casi sin darnos cuenta empezamos a resolver la vida desde una pantalla. Ahí trabajamos, compramos, opinamos, ligamos, nos entretenemos, incluso buscamos sentirnos parte de algo. Hoy la digitalización no sólo es una herramienta: también se volvió refugio y coraza. Una forma de mostrar quiénes somos, mientras muchos encuentros físicos se volvieron incómodos, agotadores o prescindibles.

Hiperconectividad, una promesa que salió mal

Nunca había sido tan fácil encontrar personas con nuestros mismos gustos, causas, rutinas o formas de pensar. Y, aun así, cada vez parece más difícil conectar. Me reconozco en esa contradicción. Tengo chats, sigo conversaciones, encuentro afinidades y entiendo perfecto esa ansiedad contemporánea de buscar en internet cómo hacer amigos o cómo integrarse a algo. Un estudio de la OCDE, Social Connections and Loneliness, señala que las relaciones sociales están directamente relacionadas con bienestar, confianza y resultados económicos. La OMS, por su parte, estima que una de cada seis personas experimenta soledad y vincula la desconexión social con impactos en la salud.

A pesar de todas estas herramientas, la pertenencia sigue siendo una tarea pendiente. Porque la vida colectiva no se forma sólo con afinidades, necesita presencia, roce, repetición, espontaneidad y hasta desacuerdo. Las apps no sustituyen la sobremesa, el café improvisado, el debate entre conocidos ni la confianza que nace del trato y de observarnos fuera de la versión editada que mostramos en nuestras redes sociales.

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El algoritmo y la ilusión de compatibilidad

El algoritmo nos conecta con personas de gustos similares e incluso, nos hace creer que puede administrar quién parece confiable, auténtico o compatible. Pero, ¿se puede conectar con alguien sin atravesar contradicciones, miedos y posturas que no siempre caben detrás de la pantalla? ¿Cómo sabemos que eso que consideramos gustos en común no es apenas el techo de un mundo propio? Uno donde empezamos a confundir afinidad con realidad.

En los últimos meses se ha hablado mucho de la fatiga de las apps de ligue y de cómo la Generación Z busca conectar a través de clubs de running, talleres de manualidades o reuniones para leer en silencio. Pero hablar sólo de socializar a través de hobbies deja fuera una conversación incómoda. Mientras convertimos la tecnología en sustituto del encuentro, también crece la presencia de grupos con posturas extremas, aumenta el acoso digital y se profundiza la polarización en temas básicos para la convivencia humana. Hoy existen rincones de internet dedicados a normalizar el odio por género, religión, creencias, cuerpos, o, simplemente, hacia ciertas formas de existir. Un fenómeno que nos obliga a preguntarnos qué está pasando con nuestra capacidad de mirar al otro con humanidad.

¿Qué pierde una sociedad cuando deja de encontrarse?

Quizás cuando una sociedad deja de encontrarse no sólo pierde cercanía, pierde conciencia, pierde el radar ético, pierde esa fricción humana que nos recuerda que del otro lado no hay una idea, hay una persona.

De la conexión a la confianza

La oportunidad, entonces, no está en negar la tecnología, sino en devolverle su lugar: una herramienta para convocar, organizar y amplificar, no para sustituir la vida en común. México ya ha tenido momentos que lo demuestran. Después del 19S, parte de la respuesta ciudadana se organizó en plataformas, chats y redes; su fuerza no estuvo sólo en la velocidad de la información sino en que esa información se convirtió en brigadas, centros de acopio, verificación, cuidado y presencia física. El mensaje fue claro: la digitalización funciona mejor cuando se usa como puente para ampliar el efecto de la comunidad, no cuando pretende reemplazarla.

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La oportunidad no está en inventar comunidad desde cero. Ya hay colectivos, activistas, redes vecinales, organizaciones, bibliotecas, clubes y personas trabajando todos los días sobre problemas que muchas veces sólo vemos cuando nos atraviesan, tales como cuidados, violencia, soledad, movilidad, salud mental, medio ambiente, educación, seguridad o falta de oportunidades. Quizá necesitamos una forma más clara de mapear esas formas de organización y acercarlas a la ciudadanía. Si hoy hacemos match para encontrar pareja, rutas, restaurantes o entretenimiento, también podríamos hacerlo para encontrar una causa, una red de apoyo, un colectivo o un espacio donde participar.

También necesitamos fortalecer terceros espacios: lugares que no sean casa ni trabajo, donde convivir no dependa únicamente de consumir, sino de participar en la vida comunitaria. Bibliotecas, centros culturales, parques, mercados, talleres, clubes, voluntariados o espacios de aprendizaje pueden funcionar como puntos de encuentro entre personas que no necesariamente piensan igual, pero comparten territorio, necesidades o una causa. Porque una sociedad con más plataformas no necesariamente es una sociedad más unida. Pero una sociedad que sabe dónde encontrarse, qué redes la sostienen y cómo puede participar tiene más posibilidades de transformar la conexión digital en algo más valioso: confianza social.

Ilse Canela es Chief Marketing Officer en Solucredit | Cofundadora y CMO en Imagina Lab. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.