La Ética como Liturgia: La Distancia entre el Discurso y la Práctica del Poder
Ética y Poder: La Hipocresía en la Política Mexicana

La Ética como Liturgia: La Distancia entre el Discurso y la Práctica del Poder

En el panorama político mexicano, una consigna se repite con insistencia: "No mentir, no robar, no traicionar al pueblo". Este lema, elevado a dogma y pronunciado con solemnidad, funciona como una contraseña de pertenencia en los círculos de poder. Sin embargo, el problema no radica en el principio en sí, sino en la abismal distancia entre lo que se exige públicamente y lo que se vive en la realidad. Cuando la ética se transforma en una liturgia pública, en lugar de una práctica genuina del poder, deja de ordenar la política y comienza a encubrirla.

La Austeridad como Virtud Teórica

La austeridad se predica como una virtud fundacional, pero rara vez se asume como una experiencia compartida. Se insta al pueblo a apretarse el cinturón, mientras que en los márgenes del poder, la excepción se normaliza. Se exige paciencia a quienes cargan con los costos de las decisiones políticas, pero no se demanda renuncia a quienes las toman. Este desbalance no es un simple error de comunicación; es un diseño moral que distribuye el sacrificio hacia abajo y reserva la indulgencia para los de arriba.

Se invoca un "humanismo" que actúa como mera escenografía, un vocabulario noble utilizado para suavizar el impacto de políticas que, en la práctica, despojan, desplazan o silencian. El lenguaje del bien se convierte en coartada del daño cuando la retórica promete dignidad, pero la realidad administra pérdidas. Para unos, hay derecho y acceso inmediato; para otros, solo espera y promesas aplazadas. Para unos, la épica del cambio; para otros, la intemperie de sus consecuencias.

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La Moral Vertical y el Control Público

La moral vertical ordena el espacio público de manera inequívoca:

  • Se exige lealtad y se tilda de traición cualquier crítica.
  • Se pide unidad, pero se condiciona a la obediencia ciega.
  • Se demanda confianza total, mientras se ofrece solo verdades parciales.

De esta forma, la ética deja de ser un límite para el poder y se transforma en su instrumento. La norma ya no opera como un autocontrol del Gobierno, sino como una disciplina impuesta a los gobernados. Este patrón, aunque no es nuevo, se repite en distintas épocas, donde proyectos que se proclamaron redentores terminaron blindándose con una superioridad moral que los volvió refractarios a la rendición de cuentas.

Lecciones Históricas y la Falta de Coherencia

La historia es pródiga en ejemplos de lenguajes de salvación, ya sean religiosos o políticos, que sustituyen la coherencia por el ritual, la justicia por la consigna y la responsabilidad por la épica. El reclamo antiguo contra los fariseos no iba dirigido contra la ley en sí, sino contra su uso selectivo: exigir al pueblo lo que el poder no está dispuesto a exigirse a sí mismo, cargar a otros con sacrificios que no se comparten, predicar sobriedad sin vivirla, y convertir la virtud en espectáculo mientras la excepción se vuelve regla.

No es que falten principios; lo que falta es someter el poder a los principios que proclama. No hay transformación posible cuando la ética es vertical y el sacrificio siempre es ajeno. La autoridad moral no nace del dogma, sino de la coherencia entre lo que se dice, lo que se pide y lo que se está dispuesto a perder. Los fariseos no cayeron por la ley que defendían, sino por la distancia entre lo que exigían y lo que estaban dispuestos a vivir. El poder que moraliza sin tocarse a sí mismo termina expuesto por su propia incoherencia, un recordatorio vigente en la política contemporánea.

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