La naturaleza del poder y la necesidad de límites constitucionales
En un curso reciente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Lorenzo Córdova, ex presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), impartió una lección magistral sobre derecho constitucional, utilizando una metáfora poderosa: «La naturaleza del poder es ser como el agua. Y la naturaleza del agua es ser cabrona». Esta frase, que se ha convertido en un pilar de su obra intelectual y pública, subraya la idea de que el poder político tiende naturalmente a abusos, como hostigar a la prensa, amenazar a la oposición, acosar instituciones, capturar organismos autónomos, asaltar la democracia, promover retórica beligerante, y fomentar la corrupción e impunidad.
La ingenuidad de dar un cheque en blanco al poder
Córdova argumenta que otorgar un cheque en blanco al poder, incluso cuando está respaldado por las urnas, es una actitud ingenua. En su lugar, propone que lo esencial es acotar, dividir, vigilar y controlar al poder. De esta premisa surge la insistencia de los pensadores modernos en el Estado liberal, que se caracteriza por:
- División de poderes
- Imperio de la ley
- Derechos humanos
- Equilibrios constitucionales
Estos dispositivos institucionales buscan frenar los abusos del poder y maximizar sus bondades, creando un sistema que protege a la sociedad de los excesos gubernamentales.
La sabiduría antigua: Leyes vs. hombres
El problema del poder también puede analizarse desde la perspectiva de los antiguos, como señala Córdova, discípulo de Jorge Carpizo. En el Libro III de la Política, Aristóteles plantea una pregunta fundamental: «¿Conviene más ser gobernados por el mejor hombre o por las mejores leyes?». Los que ejercen el poder suelen preferir el gobierno de los hombres, pero Aristóteles advierte que los seres humanos, como animales, están dominados por pasiones como la ira, lo que corrompe su juicio.
En contraste, las leyes representan la razón sin deseo, lo que las hace superiores. Aristóteles concluye que es preferible ser gobernados por leyes, ya que estas limitan los caprichos de los gobernantes y previenen la tiranía. Los romanos, herederos del espíritu griego, entendieron esto al alegar que ser esclavos de la ley les permitía ser libres.
Democracia constitucional: Límites a la mayoría
Córdova enfatiza que toda democracia moderna es constitucional, lo que significa que incluso el poder de la mayoría debe estar acotado por la ley. «Más democracia» no siempre implica una mejora; si se atropellan a las minorías en nombre de los muchos, el resultado no es democracia, sino tiranía de la mayoría.
Existen tensiones inherentes entre constitucionalismo y democracia, pero la voluntad democrática debe someterse a los límites de la Constitución para evitar que el poder se desborde. Aquí es donde los controles de constitucionalidad y la independencia del poder judicial juegan un papel indispensable. En una democracia constitucional, jueces, ministros y magistrados deben poseer una excelente formación académica y una sólida trayectoria jurídica, y su lealtad debe ser, no a una mayoría cambiante o al demos sujeto a pasiones, sino a la Constitución y la ley, que sirven por definición al pueblo.
Legitimidad electoral vs. respeto institucional
La legitimidad electoral y el respaldo popular no son suficientes para ejercer el poder democráticamente. Lo crucial es el respeto a la Constitución, los derechos humanos y el pluralismo político. Córdova insta a los ciudadanos a no depositar sus esperanzas en individuos providenciales, sino en un diseño institucional eficaz e inteligente, y en leyes moderadas y justas.
En resumen, es preferible el gobierno de las leyes que rigen la voluntad personal—una democracia constitucional—al gobierno de la voluntad de un solo hombre—una autocracia o dictadura. Esta enseñanza de la Antigüedad clásica, rescatada por el profesor Córdova, nos recuerda la importancia de construir sistemas políticos robustos que prevengan los abusos y promuevan la justicia y la libertad para todos.