La Eterna Vigencia de los Remedios Caseros en la Salud Familiar
En el ámbito de la salud, los remedios caseros han perdurado como un legado invaluable, transmitido de abuelas a nietos a lo largo de generaciones. Aunque las campañas de vacunación, como aquellas lideradas por Salubridad para erradicar epidemias como el sarampión, el paludismo y la poliomielitis, marcaron hitos en la medicina pública, hoy enfrentamos el resurgimiento de algunas de estas enfermedades, como el sarampión, lo que nos lleva a reflexionar sobre el papel complementario de las prácticas tradicionales.
Recuerdos de Infancia: La Llegada de Salubridad y los Primeros Auxilios Domésticos
Corrían los años de 1961 o 1962, y en las escuelas, "las de Salubridad" llegaban con sus vacunas, prometiendo protección de por vida con un simple "pellizquito". Mientras tanto, en los hogares, las madres aplicaban sabiduría ancestral para aliviar dolencias comunes. Por ejemplo, para mitigar la comezón del sarampión, se usaba maizena Duryea y almidón como talco, evitando el rascado que podía dejar cicatrices o infecciones. Para el cansancio ocular, rodajas de pepino en los párpados eran la solución, práctica que hoy se mantiene con bolsitas de té de manzanilla.
Remedios Eficaces para Dolencias Cotidianas
Los dolores intensos, como los de muelas, encontraban alivio en el clavo de olor o en la hoja de llantén, un analgésico natural. Para problemas digestivos, un bebedizo de agua de limón con azúcar, almidón y vino tinto era infalible contra la resaca y la diarrea. El estómago adolorido se calmaba con cocimientos de estafiate, yerbabuena, boldo o ruda, y la Prodigiosa (Brikellia cavanillesii) se usaba para afecciones hepáticas y la amibiasis.
Estos remedios, aunque a veces eclipsados por la medicina moderna, representan un conocimiento profundo y seguro, probado a través de los años. No se trata de reemplazar a profesionales de la medicina alópata o homeópata, sino de reconocer su valor en casos no severos, donde la naturaleza ofrece soluciones efectivas.
Prácticas Antiguas: Desde Lavativas hasta Sangrías
Las generaciones pasadas también recurrían a métodos como las lavativas, las ventosas o incluso la introducción de agua en los oídos con cucuruchos de papel encendidos, siempre con precaución, para aliviar molestias. Las sangrías, mediante sanguijuelas colocadas en brazos y piernas, se usaban para mejorar la circulación, combatir várices y prevenir embolias, una práctica que hoy puede sorprender a los jóvenes pero que era común en su época.
Para golpes y moretones, la "madre de vinagre" de piña fermentada o un bistec aplicado en la zona afectada "chupaba la sangre olida", aliviando el dolor sin dejar huella. En casos de anginas, gargarismos de carbonato con sal y limón o toques de colubiazol eran remedios caseros antes de acudir al médico.
Remedios para Afecciones Respiratorias y Quemaduras
Los resfriados, faringitis y laringitis se trataban con cataplasmas de mostaza y jitomate caliente en los pies, y parches porosos calentados con velitas en pecho y espalda. Para quemaduras, frotar rebanadas de cebolla o aplicar clara y yema de huevo batido prevenía ampollas y aliviaba el ardor, con una eficacia comparable a productos farmacéuticos ya descontinuados.
En resumen, los remedios caseros, desde la maizena para el sarampión hasta las sangrías, son un testimonio de la resiliencia y sabiduría familiar. Aunque hoy contamos con médicos y farmacias bien surtidas, estas prácticas siguen siendo un recurso valioso, recordándonos que, a veces, la solución más efectiva está en la tradición transmitida de generación en generación.