Maternidad postmoderna: desafíos y cambios en México
Maternidad postmoderna en México: desafíos y cambios

Hace varias décadas, cuando las labores laborales requerían más fuerza que destreza, las oportunidades de empleo para las mujeres eran limitadas. Estaban condicionadas, tanto económica como culturalmente, a dedicarse a las tareas del hogar. Desde pequeñas, aprendían los quehaceres domésticos, que tenían su propio nivel de especialización. Por ejemplo, hoy obtener una tortilla es tan simple como ir a la tienda; antes implicaba desgranar el maíz, ir al molino, encender el comal, tortear y calentar.

El oficio de ama de casa

Ser ama de casa requería años de instrucción rigurosa, con un toque artesanal. La madre sabía un poco de todo y era responsable de mantener el orden y la funcionalidad del hogar. Alimentaba, vestía y cuidaba a los niños, al esposo y, a menudo, a los abuelos. Además, las condiciones sanitarias a principios y mediados del siglo XX eran precarias, y la medicina no estaba tan avanzada, especialmente en prevención. La natalidad era alta, pero la mortalidad infantil también lo era; muchos nacían, pero pocos sobrevivían. La sociedad necesitaba que las mujeres tuvieran muchos hijos para mantenerse demográficamente. La esperanza de vida femenina era corta, y morir en el parto era común.

Incorporación al mercado laboral

Dos revoluciones industriales y la tecnificación del hogar permitieron que las mujeres se integraran al trabajo. El Estado moderno ya no requería madres abnegadas, sino más contribuyentes. Los gobiernos necesitaban financiar trenes, carreteras, empresas estatales, clínicas y escuelas. Esta burocracia tenía una gran demanda de impuestos. Los hombres no eran suficientes, así que desde las élites se pensó: ¿por qué no incorporar a las mujeres? Más que madres, el sistema necesitaba obreras, dependientas y oficinistas. Había suficientes niños, gracias a los avances científicos y la seguridad social.

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Cambios culturales y económicos

En los años ochenta, en México se repetía el lema: “La familia pequeña vive mejor”. Tener menos hijos y usar electrodomésticos como estufas de gas, lavadoras y planchas liberó a la mujer del hogar. Incluso un hombre con educación básica podía valerse por sí mismo, ya sea superando el machismo o por necesidad. Luego llegó la globalización, que intensificó el consumismo. La vida se encareció no solo por el aumento de precios, sino por la multiplicación de bienes y servicios. El confort pasó de ser un lujo a una aspiración generalizada. El salario del esposo ya no alcanzaba para cubrir hipoteca, auto, servicios, cable, vacaciones, cursos, etc.

Educación y empleo femenino

A las niñas y jóvenes se les enviaba a la escuela para que aprendieran lo básico y pudieran emplearse rápidamente, incluso en maquiladoras, para contribuir a los gastos del hogar. Ya no había prisa por casarlas, pero sí por que aportaran económicamente. En la postmodernidad, el discurso progresista y feminista exigió romper los roles de género tradicionales: el matrimonio y la maternidad debían ser opciones, no destinos. ¿Hijos para qué? Se argumentaba que esclavizan y son caros. Tal vez uno por curiosidad, máximo dos, para ajustarse a las viviendas urbanas.

Nuevas perspectivas sobre la maternidad

Las nuevas corrientes intelectuales sugieren que, si existe el instinto materno, se puede satisfacer con una mascota: un “perrijo” o un “gatijo” bastarían. Las estadísticas muestran que el 37.1% de las mujeres mexicanas en edad fértil no tienen hijos. Sin embargo, el resto sí los tienen, y siguen siendo un número importante. Décadas atrás, una adolescente ya estaba casada y con varios hijos. Hoy, formar un hogar para toda la vida ya no es la norma: solo el 36.3% de los mexicanos están casados. La idea de la boda de blanco ya no es el sueño de muchas: solo el 30% de los matrimonios incluyen ceremonia religiosa.

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Mujeres en la educación y el trabajo

Las jóvenes mexicanas ya no están en casa aprendiendo a ser esposas y madres; ahora están en las universidades. El 51% de la matrícula de licenciatura y posgrado corresponde a mujeres, y de ellas, el 45% está en el mercado laboral. Ser madre en la postmodernidad es una proeza: la maternidad es desvalorizada por el discurso progresista, que la ve como sumisión, en una era de individualismo que prioriza el autocuidado. La autorrealización es el proyecto de vida, y las condiciones modernas son hostiles para la madre: es difícil equilibrar la crianza, la educación de los hijos y el desarrollo profesional.