Cadena perpetua para el chileno Nicolás Zepeda por asesinato de exnovia japonesa en Francia
En una sala cargada de silencio en el tribunal de Lyon, al este de Francia, la justicia dictó este jueves una sentencia histórica: cadena perpetua para el chileno Nicolás Zepeda por el asesinato premeditado de su exnovia japonesa Narumi Kurosaki. Este fallo busca cerrar uno de los casos criminales más enigmáticos de la última década, marcado por la ausencia del cuerpo de la víctima y una década de sombras.
Un fallo que supera penas anteriores
La decisión del tribunal de Lyon supera las condenas anteriores dictadas en Besanzón y Vesoul, donde Zepeda había sido sentenciado a 28 años de prisión. En esta ocasión, los magistrados y el jurado popular elevaron el castigo a su máximo nivel, a pesar de que el fiscal, Vincent Auger, solicitaba únicamente 30 años. El acusado, vestido de negro, recibió el veredicto cabizbajo, ocultando su rostro entre las manos.
Horas antes, entre lágrimas, Zepeda había reiterado su postura: “No maté a Narumi”. Su defensa, encabezada por el abogado Robin Binsard, anunció de inmediato un recurso ante la Corte de Casación, la más alta instancia judicial francesa, que ya había anulado una sentencia anterior en 2023.
Un crimen sostenido por indicios sólidos
El caso, ocurrido en diciembre de 2016 en la residencia universitaria Rousseau de Besanzón, ha sido calificado como un “proceso sin cadáver”, pero no carente de pruebas. La acusación sostuvo que Zepeda viajó desde Chile por sorpresa tras la ruptura sentimental y asesinó a la joven en la habitación 106 durante la madrugada del 5 de diciembre. Posteriormente, habría ocultado el cuerpo —presuntamente en un bosque o río cercano— y manipulado las redes sociales de la víctima para simular que seguía con vida.
Los elementos que sostienen esta reconstrucción son múltiples y consistentes:
- Datos de telefonía y geolocalización que ubican a Zepeda en la escena del crimen.
- Compras sospechosas, incluyendo combustible y productos de limpieza.
- Movimientos logísticos incompatibles con una desaparición voluntaria.
La escena también habló: pertenencias esenciales de Narumi, como dinero, tarjetas, abrigo y teléfono, permanecían intactas en su habitación, descartando una fuga. Cinco días después de la desaparición, se compró un billete de tren a nombre de la joven entre Besanzón y Lyon, trayecto que nunca realizó. Más tarde, antes de abandonar Europa desde Barcelona, el acusado realizó búsquedas en internet sobre asfixia y muerte por ahorcamiento.
Dudas persistentes y recurso anunciado
Los abogados Sylvain Cormier y Robin Binsard intentaron desmontar la tesis acusatoria subrayando fallos en la investigación, como ADN sin identificar, testigos no interrogados y cámaras de seguridad no explotadas. Sin embargo, estas dudas no lograron erosionar la convicción del jurado. Para el tribunal, los indicios configuran una premeditación clara y una estrategia de encubrimiento sofisticada, considerando el cúmulo de pruebas suficiente para establecer la culpabilidad más allá de duda razonable.
Para la familia de Narumi, representada por la abogada Sylvie Galley, el fallo no borra la ausencia. Asumieron el proceso con una mezcla de resignación y esperanza contenida, reconociendo que no esperan una confesión, pero sí una “sepultura judicial” que permita dar reposo simbólico a una joven cuyo destino físico sigue siendo desconocido. La frase que marcó el juicio resume la dimensión emocional del caso: “El alma de Narumi yerra entre lloros”.
Un caso que desafió la justicia moderna
El proceso, que se extendió por casi diez años y atravesó tres ciudades francesas, movilizó a autoridades judiciales, jurados populares, traductores y medios internacionales. Un expediente judicial entrelazado entre Europa, Asia y América Latina, convertido en símbolo de los límites y alcances de la justicia moderna. Con esta sentencia, Francia cierra —al menos por ahora— un caso que desafió la lógica judicial tradicional: condenar sin cuerpo, pero con convicción.



