La narrativa de la guerra contra el narco: ¿Una simplificación política que perpetúa la violencia?
Con cierta periodicidad, el escenario se repite en México. Un operativo militar de gran envergadura, la captura o eliminación de un capo del narcotráfico, un decomiso de drogas o armas espectacular. Las autoridades federales y estatales anuncian un golpe decisivo contra el crimen organizado y, durante algunos días, se instala en la opinión pública la sensación de que algo fundamental ha cambiado. El enemigo ha sido identificado, el Estado ha demostrado su fuerza y la narrativa pública se ordena nuevamente como un enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal, entre el gobierno y el narco.
Sin embargo, la experiencia acumulada en más de una década y media de conflicto obliga a analizar estas historias con mayor profundidad y escepticismo. No porque los operativos sean ineficaces o porque las organizaciones criminales no representen una amenaza real y letal para la población, sino porque las narrativas con las que explicamos la violencia cumplen también una función política crucial. Estas narrativas no solo describen la realidad; también organizan la forma en que la interpretamos colectivamente y, lo que es más importante, delimitan las respuestas que consideramos posibles y legítimas como sociedad.
El relato estable: una guerra entre el Estado y el crimen
En los últimos años, se ha consolidado en México una forma bastante estable y repetitiva de contar la violencia asociada al narcotráfico. En este relato dominante, el problema aparece esencialmente como una lucha entre el Estado mexicano y organizaciones criminales cada vez más poderosas y sanguinarias. La explicación privilegia casi exclusivamente la lógica del enfrentamiento directo: territorios disputados, líderes criminales que caen, organizaciones que se fragmentan y nuevas guerras internas que se desatan por el control de plazas y rutas.
Esta narrativa ha sido ampliamente adoptada por gobiernos, agencias de seguridad y una parte significativa del debate público y mediático. Se trata de un relato poderoso y atractivo porque simplifica un fenómeno multifactorial y extraordinariamente complejo, transformándolo en una historia inteligible y épica donde el Estado combate a sus enemigos a través de las fuerzas armadas y de seguridad.
Un elemento que complejiza el marco: el flujo transnacional de armas
No obstante, investigaciones académicas recientes introducen elementos que complejizan radicalmente este marco interpretativo tan simplificado. Un libro fundamental del investigador Carlos Pérez Ricart, titulado "La violencia vino del norte: Cómo el flujo de armas desde Estados Unidos alimenta la violencia en México", aporta una perspectiva transnacional esencial.
Su argumento central sostiene, con rigurosidad documental, que el aumento exponencial de la violencia en México a partir de 2007 no puede explicarse únicamente a partir de decisiones internas, como el lanzamiento de operativos militares, o de las disputas intestinas entre las propias organizaciones criminales. Está vinculado, de manera determinante, con la expansión masiva del mercado legal e ilegal de armas de fuego en Estados Unidos y con el flujo constante, y casi imposible de detener, de rifles de asalto y armamento de alto poder hacia territorio mexicano.
Durante demasiado tiempo, la explicación dominante sobre el narcotráfico y la violencia asociada se ha enfocado casi exclusivamente en las causas nacionales. El problema aparece como un fenómeno esencialmente interno, marcado por la corrupción local, la debilidad institucional, la militarización de la seguridad pública y el conflicto entre cárteles. El trabajo de Pérez Ricart recuerda con contundencia que este conflicto también está inscrito en un sistema global y transnacional más amplio, donde circulan de manera ilegal armas, dinero en efectivo y drogas a través de fronteras que ningún Estado, ni México ni Estados Unidos, controla plenamente.
Reconocer esta dimensión transnacional altera profundamente la distribución tradicional de responsabilidades. Si la intensidad y letalidad de la violencia dependen también, y en gran medida, de la disponibilidad masiva de armas de guerra en el mercado estadounidense, entonces la historia ya no puede contarse únicamente como un problema interno de seguridad pública que debe resolverse con más operativos y más fuerza militar. La ecuación se vuelve mucho más compleja.
Las ventajas políticas de una narrativa simplificada
Sin embargo, es crucial entender que el reconocimiento de nuevos datos y perspectivas más complejas no significa que cambie automáticamente la forma en que los actores políticos y la sociedad interpretan el problema. La narrativa de la "guerra contra las drogas" o "guerra contra el narco" sigue siendo el lenguaje dominante.
Este relato tiene ventajas políticas evidentes y resulta muy atractivo para los discursos oficiales y la comunicación gubernamental. Permite identificar responsables visibles e individualizables —los capos— y ofrecer a la ciudadanía resultados tangibles y espectaculares, como su captura o eliminación. Cada golpe contra una organización criminal puede presentarse mediáticamente como una victoria clara, como un nuevo capítulo en la épica de los "buenos contra los malos". Así, la guerra produce episodios discretos y dramáticos que se traducen fácilmente en anuncios triunfalistas, conferencias de prensa con arsenal exhibido y titulares contundentes.
Nada de lo anterior significa, por supuesto, que la violencia sea una ficción o un mero problema de discurso. Los homicidios y las desapariciones existen y persisten con cifras aterradoras, las armas circulan por toneladas y las organizaciones criminales ejercen un control territorial férreo en amplias regiones del país. El libro de Pérez Ricart pertenece, precisamente, a un registro distinto al de la retórica política o mediática; se trata de una investigación académica rigurosa que amplía el marco de análisis al mostrar, con datos, el papel protagónico del mercado de armas estadounidense en la escalada de la violencia.
Narrativas que delimitan soluciones
El problema surge cuando estas explicaciones más complejas y matizadas ingresan al debate público y suelen ser reorganizadas, diluidas o ignoradas dentro de narrativas más simples y maniqueas. Cuando un fenómeno social se interpreta predominantemente como una guerra contra enemigos criminales definidos, las soluciones imaginables tienden a ser también las de la guerra convencional: más operativos militares y policiales, golpes selectivos, inteligencia para eliminar líderes y una lógica de aniquilación del enemigo.
Aquí es donde el análisis sociológico y académico cumple una tarea modesta pero profundamente necesaria: recordar que las narrativas y los discursos públicos no son inocentes. Las historias que contamos colectivamente sobre el narcotráfico y el crimen organizado no solo buscan explicar la violencia; también delimitan, de manera sutil pero poderosa, las respuestas que una sociedad considera legítimas, posibles o incluso pensables. Y, en no pocas ocasiones, estas narrativas terminan reforzando los intereses, las agendas y las creencias de determinados actores políticos y económicos.
Quizá por eso la "guerra contra el narco" se ha convertido en el lenguaje casi hegemónico para hablar del problema. No necesariamente porque sea la explicación más completa, precisa o útil, sino porque permite administrar políticamente una realidad extraordinariamente compleja, fragmentada y dolorosa, ofreciendo una ilusión de control y progreso mediante victorias episódicas. Y quizá por eso, después de tantos años y decenas de miles de vidas perdidas, seguimos atrapados en el mismo relato circular, esperando que el próximo operativo o la próxima captura sea, por fin, la definitiva.
