El abatimiento de 'El Mencho': Más allá de un evento criminal
La noticia del abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como 'El Mencho', líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), no puede reducirse a un simple hecho que cierra una biografía delictiva. Este suceso representa un síntoma profundo de las peores dinámicas que afligen a nuestras sociedades, condensando con claridad perturbadora lo que la filósofa Hannah Arendt denominó la 'banalidad del mal'. Esta noción sugiere que el horror puede surgir no de la grandeza intelectual o moral, sino de una racionalidad instrumental eficaz, una voluntad adaptativa y una disposición a ejercer la violencia sin frenos éticos.
La trayectoria de un líder criminal en el México contemporáneo
La figura de 'El Mencho' no encaja en el arquetipo del genio criminal glorificado por la literatura o el cine. Su historia, al igual que la de otros capos como Miguel Ángel Félix Gallardo o Joaquín 'El Chapo' Guzmán, está marcada por la precariedad, la marginalidad estructural y una inserción temprana en economías ilegales. Estos individuos desarrollaron una inteligencia práctica que se despliega en entornos de riesgo, lealtad y violencia extrema.
Surge entonces una pregunta crucial: ¿Cómo es posible que sujetos sin capital cultural significativo logren, en el siglo XXI, construir estructuras de poder capaces de desafiar al Estado? La respuesta se encuentra en la textura misma del orden social, donde un mundo de la vida erosionado desplaza las categorías normativas del bien y el mal por lógicas de supervivencia, acumulación y dominio salvaje.
La violencia como lenguaje y la porosidad del Estado
En estos contextos, la violencia no actúa como una ruptura, sino como una continuidad de un estado caótico. Resulta inquietante que 'El Mencho' y otros líderes criminales hayan tenido vínculos directos con instituciones de seguridad pública, como haber sido policías. Este dato no es anecdótico; es una clave interpretativa que revela la porosidad del Estado, la fragilidad de sus fronteras éticas y cómo los dispositivos de control pueden transformarse en instrumentos del crimen.
Podría argumentarse que estas trayectorias manifiestan una forma radical de desarraigo, una caída en la inautenticidad donde el ser-en-el-mundo se configura no en relación con el cuidado, sino con la dominación y la destrucción. La violencia extrema, incluyendo decapitaciones y mutilaciones, no es solo un instrumento criminal, sino una inscripción simbólica del poder dirigida tanto al enemigo institucional como a la comunidad.
La dimensión estética y ritualística del terror
La violencia del crimen organizado trasciende su eficacia instrumental para adquirir una dimensión estética y ritualística. La exposición de cuerpos desmembrados y la teatralización del horror configuran una gramática del terror diseñada para paralizar, someter y deshumanizar. En este sentido, el odio se convierte en una tecnología de poder, y la 'banalidad del odio' adquiere pleno significado: no como pasión excepcional, sino como práctica cotidiana y burocratizada.
El sicario que ejecuta, el operador que transporta y el mando que ordena participan en una cadena donde la responsabilidad se diluye y la violencia se automatiza. Esto refleja un desplazamiento hacia un odio igualmente banal, ejecutado por individuos que pueden carecer de pensamiento crítico.
Contexto estructural y desafío ético
La figura de 'El Mencho' no debe ser mitificada ni demonizada, ya que su ascenso y caída son posibles gracias a un entramado social, económico e institucional que los produce y reproduce. La vida en entornos de violencia, precariedad, corrupción e impunidad crea las condiciones estructurales para que estas trayectorias emerjan y se consoliden.
Sin embargo, comprender este fenómeno solo desde factores estructurales resulta insuficiente. Es necesario reconocer su dimensión ética: la banalidad del odio implica una suspensión de la responsabilidad y una aceptación tácita de la violencia como forma legítima de relación social. Como señaló Octavio Paz, 'la violencia es el signo de una sociedad que no ha resuelto sus contradicciones'. Hoy, podríamos añadir que también es el signo de una sociedad que ha perdido la capacidad de nombrar el mal sin banalizarlo.
Conclusión: Más allá de la muerte de un capo
La muerte de un capo como 'El Mencho' no constituye, por sí sola, una victoria ética. En el mejor de los casos, representa un acto de restitución parcial del orden. Mientras las condiciones que hacen posible la banalidad del odio permanezcan intactas, el ciclo de la violencia continuará reproduciéndose. La tarea urgente es reconstruir el mundo de la vida, fortalecer las bases éticas de la convivencia y restaurar la capacidad del lenguaje para distinguir entre lo humano y lo inhumano.
Solo así podremos evitar que emerjan más figuras que, como 'El Mencho', encarnen no la excepcionalidad del mal, sino su inquietante normalización e incluso admiración, a menudo alimentada por una industria cultural que busca legitimarles. Este análisis, basado en investigaciones del PUED-UNAM, subraya la complejidad del desafío que enfrenta México en su lucha contra el crimen organizado y la erosión moral.