El arte de la brevedad: un paseo por las palabras
El arte de la brevedad: un paseo por las palabras

El arte de la brevedad: un paseo por las palabras

Un aforismo de Elías Canetti me permite adentrarme en el mundo de la brevedad: “el arte consiste en leer lo suficientemente poco”. La brevedad es ese escaparate que puede mostrarnos casi todo donde al parecer no cabe casi nada. Otra forma de la experiencia escritural. En ella florece la imaginación, se explora y se estiran las posibilidades del lenguaje, se administran las palabras con disciplina espartana y austeridad monacal, un lugar donde conocimiento e ingenio entran con calzador, y donde subsiste, perdura y se amerita, la voluntad literaria.

El arte de la brevedad es un foro diminuto donde caben el aforismo, las greguerías -como las bautizó Ramón Gómez de la Serna-, los pensamientos a la manera de Pascal, la micro ficción, el micro ensayo, o el humor deletreado en unas pocas palabras de quien observa y se observa en la brega de todos los días. A la brevedad le tomamos de la mano para pasear por las horas cotidianas o por los pensamientos insomnes, para celebrar ciertos hallazgos verbales, o dejar por sentado las más simples ocurrencias.

La brevedad va al encuentro -o al desencuentro- de las minucias del idioma español, con sus perlas, sus canicas, sus pepitas, sus más hostiles rocas, o sus garbanzos de a libra. Es la brevedad un espacio para hablar con palabras de las palabras, para reírnos de ellas, para enamorarnos de ellas, para odiarlas. Para, como escribiera Octavio Paz: darles la vuelta y cogerlas del rabo, para azotarlas, para darles azúcar en la boca a las rejegas, para inflarlas y pincharlas, para sorberles la sangre y los tuétanos, para secarlas, caparlas, desplumarlas, destriparlas, arrastrarlas, para que las palabras se traguen todas sus palabras.

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Yo les llamo breverías a estos paseos por el arte de las palabras que hablan de las palabras, de las cosas, y de otros hallazgos insulsos. Comparto una selección:

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  • El idioma no se descompone, al contrario, se enriquece, si se desconchinfla.
  • Vieja, en desuso, fea y encantadora al mismo tiempo, me gusta esta expresión pueril, que aligera con afecto verbal a un sinvergüenza, y que resonó en los oídos de mi infancia: chingüengüenchón.
  • El español no había logrado encontrar mejor pretexto que el de Chuchita, cuando la bolsearon, hasta que se chingó la rodilla.
  • Hay una enorme distancia visual, verbal, lúbrica y lúdica entre la palabra braga y la palabra pantaleta. ¡Sí Chucha! ¿Y tus calzonzotes?
  • Dos palabras se incorporaron a la lista de muletillas habituales del español de los mexicanos más jóvenes, hasta casi desvirtuarse: obvio y literal.
  • La X es trans en su identidad fonética y gráfica: suena a j como en México, a sh como en Xola, a s como en Xochimilco, a ge como en xenofobia, y a x como en un café expreso. Es letra postrera del alfabeto, es un tache, una marca en el mapa del pirata, una señal de prohibición, y es número romano. La X es de andar esquizofrénico. La x es todo menos “x”, como le llaman los adolescentes a lo inocuo.
  • El buen español les permite a las parejas bien avenidas los apapachos, los arrumacos, el cuchareo y el empierne.
  • Advierto un atisbo poético en el nombre de una vieja gaseosa mexicana: Manzanita Sol. Involuntario Haikou de la nación refresquera. Advierto también la épica de la fonética en el nombre de otra gaseosa mexicana ya desaparecida: Titán de Toronja; y algo del surrealismo nacional -ése del que tanto descreo- en el nombre de otro refresco mexicano también extinto: “Pato de Grosella”, o bien una promesa castrense y refrescante que me remite al Yucatán mi infancia: “Soldadito de chocolate”.
  • Blando, maleable, que de tan frágil se parte, una pátina oscura que avanza sobre la mocedad verde de su carne, así es un aguacate aposcaguado.
  • Entre el kikiriki de los gallos, el mu de las vacas y el cucurrrucú de las palomas, la i y la u se emplean a fondo en el departamento de las onomatopeyas.
  • Acusado de ladrón, uno; de autor de fraudes electorales, el otro; y de robachicos el tercero: el cacomixtle, su primo hermano el mapache, y su vecino el tlacuache, reclaman se les haga justicia.
  • “Un amor baladí, eso fui para ti”, cantaba Manoella Torres -la mujer que nació para cantar- en la década de los setentas. Nunca más se volvió a usar la expresión “baladí” en una balada.
  • El español a veces nos permite decir lo mismo de una manera más rebuscada. Por ejemplo, si digo: “pronto caerá el caudillo populista”, puedo decirlo de esta otra manera: el adalid es baladí.
  • Pregunto a los comensales a una cena por el nombre de una golosina que admite una sola vocal en su flexible longitud de malvavisco y mermelada de fresa. Nadie responde. Fácil: bubulubu.
  • En el reino de la u, la canción: cucurrucucú; la golosina: bubulubu, el político: Uruchurtu.
  • La auténtica mala hierba que nunca muere es el epazote. Su fragancia resume todos los aromas de la cocina de mi madre. A través del epazote, hierba inmortal, mantengo vivo su recuerdo. “Dios nunca muere” es la canción compuesta en 1868 por el músico oaxaqueño Macedonio Alcalá, el epazote -también oaxaqueño- es resiliente como un Dios.
  • El huauzontle tiene alas, vuela en mi paladar.
  • De los nuevos usos del idioma. Dos expresiones mexicanas de los años setenta mudaron de código postal en los últimos años: “güey”, derivada de buey, y “neto”, que cambió por “neta” para asegurar algo que se asume verdadero y fidedigno. A otra más: “está cañón” (como sustituto “de está cabrón”) le pasó lo mismo de unos años para acá. Todas ellas ascendieron en la escala social del español de los mexicanos, mientras que el “¡Wey ya!” de la chica que expresa de esta forma su hartazgo y su abulia, se ahorró la diéresis y devino meme.
  • Hay objetos con mala fortuna lingüística, que a pesar de su uso extensivo y milenario no hay palabra grata que les nombre. Es el caso de la chancla, del huarache, y de sus primas la sandalia y la alpargata. La chancla es la chancla, aunque la vistan de seda. El huarache es el huarache, aunque lo pinte Diego Rivera en los murales que adornan el Palacio Nacional.
  • Me gusta la palabra chicharrón, con ese eco onomatopéyico de chicharra, que le delata. Un crepitar de la piel del cerdo sumergida en el cazo anegado de su propia manteca, que necesita de la doble r para cumplir su identidad crujiente. El que no me gusta es el chicharrón de los autoritarios, que sólo el de ellos truena. O el de Siqueiros, para quien no había más chicharrón que el suyo.
  • Como superlativo es insuperable y certero: un titipuchal
  • Me encanta la palabra rascuache, con esa ch de chafa y de chundo que la hace sonar tan rascuache.
  • Al tigre lo valoramos por sus rayas, por su nombre y por Borges. Pero hay otros animales cuyos nombres son una prolongación verbal de la belleza: el lince, el leopardo, el manatí.
  • Me gustan estas tres palabras: enclenque, mequetrefe y soquete, ¡Cuantas “e” caben para denostar a un individuo!
  • Me ofrecieron un Afore, pero prefiero los aforismos, que también saben de ahorros y de economía.
  • Sostengo que la Academia Mexicana de la Lengua debería pronunciarse sobre esta frase insufrible del nuevo español de los mexicanos: “lo mejor del mundo mundial”.
  • Toda la música del mariachi cabe en la palabra tololoche, como toda la música andina resuena en las palabras bombo, zampoña y charango, y todo el tango cabe en la palabra bandoneón.
  • La cocina de mi abuela oaxaqueña era un fogón lingüístico extraordinario: el nicoatole, el agua de chicozapote, las picaditas de asiento, los alverjones con carne de costa, el chilate, el amarillito, el coloradito (así, en diminutivo las dos), la salsa de guajes, el entomatado, la ropa vieja, las machucadas, las quebronas y el chile de gato. Todas esas palabras entraron por mis oídos antes que por mi boca.
  • Más por su alta sonoridad prehispánica, menos por el acento de menosprecio que anida, me encanta la palabra achichincle. Me gusta también la palabra canchanchán, algo a medio camino entre el amante, el amigo y el novio, cuyas sílabas ritman, a trompicones, los brincos alegres del chachachá.