La vigencia de 'Ascenso y caída de Mahagonny': una ópera que refleja el capitalismo actual
Vigencia de 'Mahagonny': ópera que refleja capitalismo actual

La ciudad imaginaria que sigue vigente: Mahagonny y su reflejo en la sociedad contemporánea

La ciudad de Mahagonny no existe en ningún mapa geográfico, pero habita persistentemente en el imaginario de las concentraciones urbanas posmodernas occidentales. Esta creación conjunta del compositor alemán Kurt Weill (1900-1950) y el dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956) surge como una advertencia inquietante sobre los límites del progreso y la moral en sociedades regidas por el consumo.

Un experimento social distópico

Mahagonny nace en medio del desierto estadounidense como un experimento social radical: una ciudad sin pasado ni memoria donde todo está permitido, siempre que pueda pagarse. En esta distopía de placeres y vicios, el dinero no simplemente regula la vida, sino que la sustituye por completo, eliminando cualquier otra moral u orden establecido.

La reciente producción de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny a cargo de la Compañía Nacional de Ópera del INBAL confirma que esta obra, estrenada originalmente en 1929 en Leipzig, mantiene una vigencia extraordinaria en su diagnóstico de las sociedades modernas. No se trata de una metáfora superada del pasado, sino de un relato de decadencia civilizatoria que nos interpela directamente en el presente.

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Una puesta en escena que rompe fronteras

En el montaje dirigido por Marcelo Lombardero, la ciudad imaginaria de Mahagonny trasciende el escenario del Palacio de Bellas Artes para invadir la sala y acercarse al espectador, incorporándolo como parte del dispositivo multimedial e intertextual de la obra. Esta producción cuenta con elementos destacables:

  • Dirección musical impecable de Srba Dinić
  • Visualidad arrobadora en escenografía y video de Diego Siliano
  • Vestuario de Luciana Gutman
  • Iluminación de Rafael Mendoza
  • Coreografía notable de Ignacio González Cano y Hugo Curcumelis

La coordinación entre cantantes, coros, músicos, bailarines y personal técnico alcanza una precisión milimétrica, creando una experiencia escénica donde la frontera entre ficción y espectador se desdibuja deliberadamente. Los intérpretes abandonan el escenario para acercarse a las butacas o pasear alrededor del foso orquestal, eliminando cualquier ilusión de distancia.

La trama: de la euforia al colapso

La historia comienza cuando tres fugitivos, rumbo a California, fundan Mahagonny después de que su automóvil se avería en medio del desierto. Crean una ciudad dedicada exclusivamente al placer y los excesos, una nueva Sodoma y Gomorra que atrae visitantes con una promesa simple:

  1. Comer hasta el hartazgo
  2. Beber sin límite
  3. Amar sin consecuencias
  4. Apostar sin freno
  5. Boxear como deber cívico

Inicialmente, el sistema parece funcionar: la abundancia produce euforia y la libertad genera vértigo. Pero pronto se revela que no hay exceso sin desgaste ni placer sin violencia. La ciudad comienza a desmoronarse no por catástrofes externas, sino por la lógica misma que la sostiene.

Cuatro leñadores llegan desde Alaska con sus ahorros, pero solo uno sobrevivirá para contar la historia. Sus destinos ilustran la crueldad del sistema:

  • Uno muere por gula desmedida
  • Otro fallece en una pelea de box contra uno de los fundadores
  • El tercero, que apostó todo su dinero en esa pelea y lo perdió, es juzgado y condenado a muerte por el único delito punible en Mahagonny: no tener dinero

El núcleo moral: la inversión radical del crimen

Esta inversión radical del concepto de crimen constituye el núcleo moral de Mahagonny. Lo imperdonable no es el daño infligido a otros, sino la insolvencia económica. En este punto, la obra deja de ser una simple sátira para convertirse en una alegoría exacta de ciertas dinámicas sociales.

Brecht y Weill no solo criticaron el capitalismo de su tiempo, sino que intuyeron un mundo donde el valor de la vida quedaría completamente subordinado a su valor de cambio. Un mundo donde todo -cuerpos, emociones, tiempo- podría convertirse en mercancía intercambiable.

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El colapso final del sistema no tiene nada de redentor: no hay aprendizaje, no hay retorno a un orden más justo, no hay posibilidad de reconstrucción. Solo queda el rastro de una destrucción que parecía inevitable desde el principio.

Mahagonny y Las Vegas: coincidencias perturbadoras

Existe una coincidencia histórica sorprendente entre la Mahagonny ficticia y el surgimiento de Las Vegas como ciudad real. Mientras la ópera se estrenaba en 1929, en 1931 se legalizaron el juego y los casinos en algunas ciudades estadounidenses, y una década después surgieron los primeros grandes hoteles y casinos en el desierto de Nevada.

No se trata de una relación de influencia documentable ni de una anticipación profética, sino de algo aún más inquietante: la emergencia simultánea de una misma lógica bajo formas distintas. Una ficticia y otra perturbadoramente real.

Mientras Brecht y Weill imaginaban una ciudad donde todo estaría permitido a condición de poder pagarlo, en Nevada comenzaba a consolidarse un experimento urbano que operaría bajo principios sorprendentemente cercanos. Las Vegas no reprodujo la pesadilla de Mahagonny, sino que la volvió habitable y perdurable.

Lo que en la ópera aparece como exageración crítica, en Las Vegas se consolidó como sistema: el exceso, las apuestas, el placer y el espectáculo como divisas fundamentales. Ahí donde Mahagonny formula su ley con brutal claridad, Las Vegas la administra con eficacia burocrática.

La diferencia crucial está en el desenlace: mientras Mahagonny colapsa bajo el peso de su propia lógica, Las Vegas ha aprendido a sostenerla mediante reinvenciones constantes, ajustes estratégicos y la absorción de crisis sin alterar su principio fundamental. No hay incendio final, sino una combustión constante y controlada.

Una advertencia que permanece

Más que una coincidencia histórica, lo que une a Mahagonny y Las Vegas es la aparición de una forma de mundo donde la vida se organiza como espectáculo y el valor de las cosas -y de las personas- se mide principalmente por su capacidad de ser intercambiadas.

Si el famoso lema de Las Vegas reza "lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas", lo que pasa en Mahagonny no se queda confinado a la ficción operística. Permanece como una advertencia singular en nuestro imaginario colectivo, recordándonos los peligros de sociedades donde el valor económico sustituye completamente al valor humano.

La vigencia de esta obra casi centenaria en el Palacio de Bellas Artes demuestra que algunas críticas sociales no pierden relevancia con el tiempo, sino que encuentran nuevos ecos en cada generación que enfrenta los excesos del consumismo y la mercantilización de la existencia.