La violencia como cimiento: Dos civilizaciones, un mismo principio fundacional
En manifestaciones recientes en Teherán, donde se exhibieron retratos del líder supremo fallecido Ali Jamenei y su hijo Mojtaba como sucesor, se evidencia una constante histórica: la transición de poder frecuentemente se vincula con narrativas de conflicto y renovación. Este fenómeno encuentra ecos profundos en mitologías ancestrales que exploran los orígenes del orden a través de la ruptura violenta.
Egipto y Mesoamérica: Paralelismos milenarios
Dos civilizaciones separadas por océanos y milenios —el antiguo Egipto y el mundo mexica— desarrollaron relatos fundacionales con una escena central idéntica: un cuerpo despedazado que da origen al orden cósmico y social. ¿Simple coincidencia o resultado de estructuras humanas universales?
En la mitología egipcia, Osiris sufre la traición de su hermano Set, quien lo engaña, encierra en un cofre y arroja al Nilo. Aunque Isis recupera el cuerpo, Set lo fragmenta y dispersa sus partes por el territorio. De esta ruptura nace una nueva realidad: Osiris no regresa a la vida terrenal, sino que se transforma en señor del inframundo y juez de los muertos. Su hijo Horus restablece el orden en la tierra y legitima el poder dinástico.
En el universo mexica, la narrativa presenta variaciones superficiales pero conserva el mismo núcleo estructural. Coatlicue concibe de manera prodigiosa, provocando la ira de sus hijos, encabezados por Coyolxauhqui. En el momento del ataque fratricida, nace Huitzilopochtli, ya adulto y armado, quien derrota a sus hermanos, decapita a Coyolxauhqui y arroja su cuerpo desde lo alto del templo. La fragmentación del cuerpo al impactar contra el suelo queda inmortalizada en piedra al pie del Templo Mayor.
El orden que emerge de la ruptura
Dos relatos, dos hermanos, dos cuerpos desmembrados, pero un mismo principio fundamental: el orden no surge completo y unitario, sino que se construye precisamente después de la ruptura violenta. En Egipto, las partes dispersas de Osiris permiten reconstruir simbólicamente la unidad en el más allá, estableciendo las bases del juicio postmortem y la continuidad dinástica.
En la cosmovisión mexica, el cuerpo fragmentado de Coyolxauhqui se convierte en representación permanente del triunfo solar sobre las fuerzas lunares, fundamentando literalmente la pirámide ceremonial y estableciendo los principios de la jerarquía cósmica. Vida y muerte, día y noche, continuidad y conflicto: todas estas dualidades quedan organizadas a partir de una violencia inicial que se ritualiza y memorializa.
El enemigo interior: Conflicto dentro del linaje
Un aspecto particularmente revelador de ambos mitos es que la violencia fundacional ocurre dentro del mismo linaje familiar. En Egipto, hermano contra hermano; en Mesoamérica, hermana contra hermano e hijos contra madre. El adversario no proviene del exterior, sino que emerge desde el núcleo más íntimo: la familia, el origen mismo.
Estas narrativas mitológicas no ocultan la violencia, sino que la documentan explícitamente, transformándola en enseñanza colectiva. La encauzan ritualmente y la convierten en cimiento simbólico. No se trata de cualquier violencia, sino de una que, al ser narrada, repetida y ritualizada, adquiere legitimidad y aparece como casi necesaria para la fundación del orden.
Del mito a la realidad contemporánea
Sin embargo, existe una diferencia crucial entre aquellos relatos ancestrales y nuestro presente histórico. Las civilizaciones antiguas comprendieron la ruptura fundacional y la transformaron en símbolo cultural, mientras que hoy corremos el riesgo de repetir patrones de fragmentación sin comprender su significado profundo.
Las guerras modernas ya no se justifican mediante referencias a dioses o ciclos cósmicos, pero frecuentemente obedecen a la misma lógica subyacente: la necesidad psicológica y política de un enemigo, la ambición que destruye, la incapacidad de contener conflictos antes de que escalen irreversiblemente.
Si en los mitos el cuerpo debía fragmentarse para explicar el origen del orden, nuestro desafío contemporáneo es diferente: evitar que esa fragmentación se vuelva permanente en el tejido social. Como intuyó Marco Aurelio, "El hombre encuentra en sí mismo tanto al enemigo como al aliado". El verdadero adversario no siempre está en el exterior; a veces, habita dentro de nuestras propias estructuras, instituciones y psiques colectivas.



