Un Día Histórico Marcado por el Descontento Popular
El 31 de mayo de 1970, exactamente hace 56 años, quedó grabado en la memoria colectiva mexicana como una jornada de contrastes emocionales profundos. Mientras el país se preparaba para recibir al mundo en el noveno campeonato mundial de fútbol, conocido como la Copa Jules Rimet, la atmósfera en el majestuoso Estadio Azteca se tornó densa con sentimientos encontrados.
La Breve Aparición Presidencial y el Largo Repudio
El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, acompañado por figuras como el regente Alfonso Corona, Guadalupe Díaz Ordaz de Nasta, el presidente de la FIFA Stanley Rours y Guillermo Cañedo, subió al podio para pronunciar el discurso inaugural. En apenas 17 segundos, el mandatario declaró solemnemente inaugurado el torneo, pero sus palabras fueron ahogadas por un ensordecedor abucheo proveniente de más de 100 mil personas congregadas en las tribunas.
Este gesto de repudio no fue casual ni aislado. Díaz Ordaz, responsable político de los trágicos eventos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, enfrentaba el descontento de una sociedad que aún llevaba frescas las heridas de la represión estudiantil. La multitud, que se alistaba ansiosamente para presenciar el partido inaugural entre las selecciones de México y Rusia, no escatimó esfuerzos para manifestar su rechazo hacia el jefe del Ejecutivo federal.
El Escenario: Un Coloso Lleno de Esperanzas Frustradas
El Estadio Azteca, descrito en las crónicas de la época como "un hermoso estadio repleto de alegría", presentaba una imagen imponente. El sonido marcial de las bandas de guerra resonaba en el aire, mientras globos de colores se elevaban hacia el cielo azul. El césped, fresco y verde esmeralda, parecía una alfombra mullida lista para la batalla deportiva.
El público mantenía un diálogo constante sobre lo que ocurría en la cancha: abucheaba cuando los jugadores rusos tomaban el balón y aullaba con fervor cuando lo hacían los mexicanos. El nombre de México era coreado miles de veces, creando una atmósfera eléctrica de expectativa nacional. "¡Cómo no ganar así!", reflexionaban los cronistas, capturando la euforia inicial.
El Partido: Una Lenta Desilusión Colectiva
Sin embargo, conforme avanzaban los minutos marcados por el reloj electrónico situado al borde del techo de aluminio, la esperanza comenzó a transformarse en angustia. La voz del público, que había sido un rugido constante desde antes de que el balón empezara a rodar, se hizo menos intensa, más esporádica, hasta diluirse completamente en un silencio cargado de decepción.
El encuentro terminó con un empate sin goles, un resultado que dejó a las 110 mil personas que abarrotaban el estadio en un estado de ánimo que sólo podía definirse con una frase: "Pudimos ganar...". La crónica periodística de Guillermo Ochoa para Excélsior capturó magistralmente esta sensación: "Todos esperábamos demasiado".
La Salida Silenciosa: El Fútbol como Traición
Al final del partido, aquellos espectadores que habían caminado sobre roca volcánica para llegar al estadio, que habían formado interminables hileras frente a las taquillas durante noches enteras, que habían saltado de emoción y llorado de frustración, abandonaron el coloso deportivo en completo silencio. Muchos aún llevaban los puños crispados, pero nadie quería hablar de fútbol. Sentían que el deporte, en el que habían depositado tantas ilusiones, los había traicionado.
Este momento histórico, preservado en archivos como el Histórico Excélsior y disponible en plataformas digitales como YouTube, representa más que un simple partido de fútbol. Es un testimonio vívido de cómo el deporte puede entrelazarse con el contexto político y social de una nación, reflejando tanto las pasiones colectivas como los descontentos profundos de una época marcada por la memoria de Tlatelolco y la esperanza de redención a través del balón.
