El minimalismo que abrazaron las marcas comienza a ceder terreno ante el maximalismo, una tendencia que ya redefine decisiones de negocio en la moda: desde el tamaño de los productos y la selección de materiales hasta la forma de exhibirlos. Firmas como Coach, Miu Miu y Loewe han incorporado dijes, ornamentos y referencias lúdicas en bolsos y accesorios, mientras que la joyería vuelve a colocar collares, anillos y pulseras como centro del atuendo.
El cansancio de lo discreto
El giro responde al desgaste de una estética discreta que logró expandirse a múltiples industrias. Líneas limpias, tonos neutros y reducción de elementos pasaron de la moda a la tecnología, la belleza, la decoración, los empaques y las tiendas. Las marcas utilizaron estos códigos para comunicar orden, modernidad y sofisticación, pero su adopción masiva provocó que numerosas propuestas comenzaran a parecerse entre sí.
“Hubo una sobresaturación de contenido y tendencias sobre cómo te debes ver y cómo no te debes ver. Esto generó cierto hartazgo porque todos nos vemos iguales”, dice Amai Moreno, fundadora y CEO de la marca mexicana de joyería Forchetta. La compañía busca responder a ese cansancio con una oferta construida alrededor del volumen, la mezcla de materiales y la expresión personal. Su catálogo supera las 350 piezas y el próximo lanzamiento añadirá más de 200 diseños de manera paulatina.
De la discreción al exceso controlado
El minimalismo cobró fuerza en la moda durante la década de 1990. Marcas como Calvin Klein, Jil Sander y Prada respondieron a la exuberancia de los años ochenta con prendas sobrias, estructuras sencillas y colores neutros. La recesión de aquel periodo también volvió menos aceptable la ostentación. La estética se convirtió luego en un código comercial que cruzó categorías: las tecnológicas simplificaron sus productos, las firmas de belleza limpiaron sus empaques y la joyería redujo el tamaño de cadenas, aretes y anillos. El lujo silencioso prolongó recientemente esa preferencia mediante artículos costosos sin grafías visibles.
Ahora el maximalismo regresa, pero no sustituirá por completo a la discreción. Moreno asegura que la oportunidad comercial está en lograr que ambos estilos convivan y que el consumidor los combine según su personalidad, estado de ánimo u ocasión. Forchetta calcula que entre 30% y 40% de su catálogo corresponde a piezas minimalistas. La marca las integra mediante capas: varias cadenas o pulseras discretas forman una composición más llamativa. “Un día puedo ponerme un collar que pesa dos kilos y otro usar tres cadenas sencillas. No creo que una persona deba casarse con una sola forma de expresión”, señala la fundadora.
Estrategia de catálogo y segmentación
Forchetta organiza su oferta en cinco universos: Musa, Mar, Esencia, Alquimia y Recreo. Cada uno reúne productos relacionados con diferentes personalidades para facilitar la búsqueda dentro de un catálogo amplio. La estrategia, según Moreno, ayuda a segmentar por afinidades en lugar de limitar la oferta a una temporada o una edad.
La empresa combina materiales como acero inoxidable, laminados de oro, circonias, esmaltes, acrílicos y resinas. Sus precios oscilan de 250 a aproximadamente 890 pesos, un rango con el que pretende ubicarse entre la bisutería de bajo costo y la joyería fina de alta gama. La marca vende por internet y acompaña sus piezas con guardapolvos, instrucciones de cuidado y cajas con presentación premium. Este modelo de negocio le permite destinar más recursos al catálogo y sostener precios accesibles sin asumir el costo de tiendas físicas.
Millennials y nostalgia: el color como detonante
La respuesta de las compradoras modificó las expectativas iniciales de la marca. Moreno pensó que las jóvenes de 18 años mostrarían mayor interés por los diseños grandes, pero encontró una participación relevante entre mujeres de 30 a 40 años, muchas de ellas madres. El color y las pulseras acumuladas conectan a las millennials con la moda de su adolescencia; la nostalgia se convierte en una vía para presentar el maximalismo como una experiencia conocida y no solo como una tendencia pasajera.
“Las personas que más ganas tienen de divertirse son muchas mamás jóvenes. Hemos visto que ellas recuerdan que antes usábamos un montón de pulseras y mucho color”, explica Moreno. La generación Z tiene otras preferencias: experimentan con resinas, acrílicos y brazaletes inspirados en los años ochenta, mientras que las millennials suelen valorar más las circonias, los engastes y los acabados asociados con productos de mayor precio. La CEO comparte que estas diferencias influyen en la selección de materiales, el desarrollo del catálogo y los mensajes dirigidos a cada público.
Oportunidad y riesgo del maximalismo
Para Moreno, el regreso del maximalismo abre una oportunidad para que las marcas recuperen códigos propios mediante el color, la escala, la personalización y los materiales. Pero la acumulación por sí sola no garantiza una identidad. “Cada quien debe encontrar una expresión reconocible para evitar que el exceso termine convertido en la siguiente fórmula que todas repitan”.
El lanzamiento de la nueva colección de Forchetta, que añadirá más de 200 piezas, refleja una apuesta calculada. “El lanzamiento fue precavido porque pensamos qué pasaría si a nadie le gustaba tanto el maximalismo. Pero hicimos un estudio de mercado y vimos que llamó mucho la atención”, comenta Moreno. La marca busca así capitalizar el cambio de tendencia sin perder su esencia, ofreciendo una propuesta donde lo grande y lo discreto coexisten para satisfacer a un consumidor cada vez más diverso.



