El próximo 29 de agosto, los ciudadanos de Islandia acudirán a las urnas para decidir si su país reanuda las negociaciones de adhesión a la Unión Europea (UE), un proceso que fue abandonado en 2013. La consulta, convocada por el gobierno de la primera ministra Kristrún Frostadóttir, busca obtener un mandato para explorar la opción de la plena integración al bloque comunitario. Islandia, con aproximadamente 400,000 habitantes, ocupa una posición estratégica en el Atlántico Norte y mantiene una economía profundamente integrada con el exterior, lo que la hace especialmente sensible a los cambios en las condiciones globales.
La decisión de someter a referéndum la reanudación de las negociaciones responde a un contexto de creciente volatilidad geopolítica y geoeconómica. Según el análisis del ex primer ministro sueco Carl Bildt, publicado por Project Syndicate, la soledad en un mundo inestable rara vez resulta reconfortante, y esa es la explicación sencilla detrás de la consulta. Sin embargo, cualquier acuerdo definitivo de adhesión requeriría una votación aparte, una vez que se concluyan las negociaciones.
Antecedentes: de la crisis financiera a la ruptura de 2013
Islandia solicitó su adhesión a la UE en 2009, poco después de sufrir una experiencia cercana al colapso económico provocada por la crisis financiera de 2008. En ese momento, muchos islandeses consideraban que vincular la moneda y la economía del país a la Unión era la apuesta más segura. Tras una evaluación positiva de la Comisión Europea, las negociaciones comenzaron en 2010 y avanzaron con rapidez hasta 2013. De los 33 capítulos de negociación, se habían abierto 27 y se habían cerrado 11, aunque quedaban pendientes cuestiones clave como el control de la pesca.
No obstante, el nuevo gobierno islandés elegido en 2013 rompió las negociaciones. La opinión general entre los responsables políticos era que la recuperación económica tras la implosión de 2008 había sido más fluida de lo esperado, y muchos llegaron a creer que Islandia podía valerse por sí misma. Desde entonces, la economía islandesa ha tenido un buen comportamiento, impulsada en gran medida por un sector turístico en auge. Además, el país se ha beneficiado significativamente de formar parte del mercado único de la UE a través del acuerdo del Espacio Económico Europeo (EEE), del que también son miembros Noruega y Liechtenstein.
La vulnerabilidad económica y la cuestión de la soberanía
A pesar de los avances económicos, la incertidumbre sobre la volatilidad de la moneda islandesa ha mantenido los tipos de interés —y, por ende, muchos otros costes— comparativamente altos. Quizá lo más importante es que, ante el aumento de las tensiones geopolíticas y geoeconómicas, muchos empiezan a temer que la posición de Islandia al margen de la UE se haya convertido en un punto débil. Por eso, el gobierno de Frostadóttir ha solicitado un mandato para reabrir las negociaciones de adhesión.
Por razones históricas, la soberanía ocupa un lugar destacado en los debates islandeses sobre la adhesión al bloque. Pero, dado que el país ya mantiene una relación económica de carácter satélite con la UE a través del Acuerdo EEE, la adhesión plena no haría más que reforzar su soberanía, al permitirle influir en decisiones que ya está obligado a aplicar. La política pesquera sería un aspecto fundamental y delicado de cualquier negociación, pero ahora que el Reino Unido ya no es miembro de la UE, y dado que la zona económica de Islandia no limita con la de ningún otro Estado miembro, parece haber margen para un compromiso. De manera similar, Suecia y Finlandia ya han conseguido acuerdos especiales sobre agricultura en las regiones del norte, lo que sugiere que Islandia podría recibir un trato igualmente favorable.
Seguridad y contexto geopolítico
Las prioridades de seguridad están marcando cada vez más el tono del debate. Islandia es miembro de la OTAN, pero carece de fuerzas armadas propias. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos gestionaba la importantísima base aérea de Keflavík en el país, pero se retiró de forma repentina y sin ceremonias en 2006. En la actualidad, las fuerzas aéreas europeas envían principalmente sus cazas a Keflavík de forma rotatoria para colaborar en la vigilancia del Atlántico Norte.
La situación se ha vuelto más compleja con las políticas de seguridad volátiles e impredecibles de la administración del presidente estadounidense Donald Trump. En enero, el candidato elegido por Trump para embajador de Estados Unidos en Islandia, aparentemente inspirado por las ambiciones territoriales del presidente, bromeó diciendo que el país debería convertirse en el estado número 52, antes de retractarse rápidamente. Además, en la actual era de guerras comerciales, el hecho de estar fuera de la unión aduanera de la UE también deja a Islandia en una situación vulnerable. Las grandes economías, como la UE y China, pueden tomar represalias contra los caprichos de la administración Trump, pero las más pequeñas carecen de influencia.
Perspectivas y próximos pasos
Si Islandia vota a favor de reabrir las negociaciones de adhesión, es muy probable que el proceso avance con rapidez y que la decisión final sobre la adhesión se tome probablemente en un plazo de dos años. No hay motivos para pensar que la UE —en particular los Estados miembros nórdicos y bálticos— no acogería a Islandia en su seno. La adhesión de Islandia a la UE probablemente obligaría a Noruega a reconsiderar su posición al margen del bloque, ya que un acuerdo del EEE en el que sólo participe Liechtenstein tiene poco sentido en ese contexto. Todas estas son cuestiones que podrían plantearse en el futuro, pero por ahora la cuestión es si los votantes islandeses decidirán poner en marcha el proceso.



